La soberanía nacional no se relativiza, no se negocia y no admite ambigüedad
06:05 hs - Jueves 02 de Abril de 2026
La imagen llegó desde París y recorrió el mundo: un diplomático argentino se negó a hablar ante el Parlamento francés mientras en la sala permanecía expuesto un mapa que presentaba a las Islas Malvinas como territorio británico. Un gesto cuya convicción demuestra que nuestra soberanía no se relativiza, no se negocia y no admite ambigüedad. Esa actitud no es otra cosa que el ejercicio cotidiano de una causa que los argentinos venimos sosteniendo desde hace casi dos siglos.
Las Malvinas no son una abstracción, son el nombre concreto de una injusticia que continúa. El 3 de enero de 1833, la fuerza sin derecho del Imperio Británico desplazó a las autoridades argentinas de Puerto Soledad. Desde ese día, la República no ha dejado de reclamar. Y ese reclamo, que nuestro ordenamiento constitucional elevó a la categoría de objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino, esta hoy tan vigente como entonces.
Lo que se disputa es la soberanía argentina sobre una parte de nuestro territorio nacional, ocupada por una potencia extranjera desde hace casi dos siglos. Y al mismo tiempo está en juego un principio más amplio, que en el mundo ningún país puede pretender imponer sus intereses por la fuerza ni perpetuar enclaves coloniales en nuestra región.
Quienes combatieron en 1982 merecen toda nuestra admiración y gratitud. Eran jóvenes, en su inmensa mayoría conscriptos provenientes de diversas zonas del país, la mayoría de ellos de hogares humildes y sin preparación ni formación adecuada para semejante responsabilidad, lo que resalta aún más la actitud patriótica de nuestros héroes.
La herencia de Palacios
Hay quienes pretenden que el socialismo, por su vocación internacionalista, miraría con distancia la cuestión Malvinas y este es un error histórico que necesita ser corregido. Nuestro centenario Partido Socialista fue pionero en la defensa de la soberanía sobre las islas, y lo fue con la seriedad y profundidad que le son propias.
En 1934, el senador nacional Alfredo Palacios, el abogado de los pobres, fundador del Nuevo Derecho, pronunció en el Senado de la Nación un alegato valiente e impecable en defensa de la soberanía argentina. Su intervención era al mismo tiempo una clase magistral de historia, un análisis jurídico riguroso y una declaración moral sin concesiones. Su propósito fue “que todos los habitantes de la República supieran que las Malvinas son argentinas y que Gran Bretaña, sin título de soberanía, se había apoderado de ellas por un abuso de fuerza”. Y agregó: “Que el pueblo argentino sepa que nuestro país es el soberano de las Malvinas, tierra irredenta, sometida al extranjero por la ley brutal del más fuerte”.
En la misma casa de Palacios funcionó la primera Junta Pro-Recuperación de las Islas Malvinas. Uno de sus proyectos promovió la traducción al español de la importante obra del escritor francés Paul Groussac, “Les Îles Malouines”, y su distribución en las escuelas de toda la República, para que ningún niño argentino creciera ignorando la historia de esas islas.
El libro de Palacios es una obra de enorme valor, tanto por el estudio sistemático de la cuestión y por los argumentos que despliega para contrastar punto por punto las pretensiones británicas. Una obra que, releyéndola hoy para este aporte a los excombatientes de la querida ciudad de Rosario, parece más necesaria que nunca en un contexto en el que algunos parecen dispuestos a negociar lo que hasta hace poco parecía ser un amplio consenso democrático cuyo mandato resultaba irrenunciable.
En esa misma tradición se inscribe la mirada de Guillermo Estévez Boero, quien sostuvo que la causa Malvinas debía ser asumida como una política permanente de afirmación soberana frente al colonialismo. Para uno de nuestros grandes referentes y amigo, la ocupación británica constituía una agresión que no sólo afectaba a la Argentina sino al conjunto de América latina, por lo que el reclamo debía articularse con una estrategia de unidad regional y movilización democrática de la ciudadanía.
Al mismo tiempo, advertía contra cualquier intento de “desmalvinizar” la conciencia nacional después de la guerra de 1982: el rechazo a la aventura militar de la dictadura no podía implicar el abandono del reclamo histórico ni la indiferencia frente a la persistencia de un enclave colonial en el Atlántico Sur. Por el contrario, sostenía que la defensa de la soberanía debía sostenerse en la participación popular, en la integración latinoamericana y en una acción diplomática firme y persistente que reafirmara el carácter irrenunciable de los derechos argentinos sobre las islas.
El socialismo no solo habló de Malvinas sino que gobernó en consecuencia. Quienes vivimos los años de la gestión del Frente Progresista en la provincia y en la ciudad lo sabemos y estamos orgullosos de recordarlo.
En Rosario fue durante la gestión de Hermes Binner cuando los combatientes de Malvinas desfilaron por primera vez en los míticos actos del Día de la Bandera junto al Monumento. Ese reconocimiento público, en el lugar más emblemático de la ciudad que dio nacimiento a nuestra enseña patria, fue el resultado de una política de memoria y reparación sostenida. Y fue también durante la gestión socialista en la ciudad cuando se construyó el Monumento a los Caídos en Malvinas, inaugurado en 2005 durante la intendencia de Miguel Lifschitz. El cenotafio sobre el Parque Nacional a la Bandera, con los nombres de todos los caídos grabados en mármol negro, es hoy el corazón simbólico de los homenajes en Rosario. Su inauguración fue un acto de justicia que la ciudad le debía a sus héroes.
En la provincia, el gobernador Antonio Bonfatti impulsó y promulgó la ley que extendió la Pensión de Honor de Veteranos de Guerra de Malvinas a los hijos de los beneficiarios, sin límite de edad, en caso de muerte del titular. Recuerdo que esa legislación fue valorada por veteranos de otras provincias y les dio el pie para impulsar proyectos similares.
En tiempos en que desde el gobierno nacional se escuchan declaraciones que siembran confusión sobre nuestra posición soberana, o que revelan admiración por quienes nos siguen ocupando políticamente, la firmeza diplomática no puede ser la excepción sino que debe ser la regla.
La continuidad del acto de barbarismo que implica la ocupación de Malvinas, situación reconocida por la resolución 2.065 de la ONU en tiempos de Arturo Illia como una disputa de soberanía que obliga a establecer una mesa de diálogo, hace imperativo rediseñar la arquitectura de las relaciones internacionales para asegurar una solución pacífica y garantizar el cumplimiento efectivo de los mandatos internacionales.
Cualquier negociación que saque el eje de la soberanía argentina sobre estos territorios del Atlántico Sur resultará perjudicial, no hay zona gris en esto. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino.
Se puede acceder a la publicación completa en el archivo digital de la Fundación Estevez Boero (https://estevezboero.com.ar/); fundación que atesora los libros del dirigente y entre ellos conserva dos ejemplares históricos del libro “Las Islas Malvinas. Archipiélago Argentino” de Alfredo Palacios, que fueron consultados para este texto. Véase:
https://estevezboero.com.ar/index.php/archivo-historico/blog-with-1-column/236-desmalvinizar-nunca