Opinión

Luisito, el hombre que no debía morir

Jueves 13 de Febrero de 2020

El viernes 7 de febrero a las 21.15 la mujer a la que dos delincuentes intentaron arrebatarle la cartera en Cochabamba entre Corrientes y Paraguay y su acompañante demoraron unos minutos en darse cuenta de lo que acababa de pasar. En la calle y en los hogares todo estaba oscuro porque había un corte de luz que abarcaba varias manzanas. Ella y una amiga habían estacionado el auto y recién se animaron a bajar en esa "boca del lobo", así lo definió, cuando vieron a alguien en particular. Esa persona era Luisito, un hombre que cuidaba autos en esa cuadra desde hace tiempo. Los vecinos lo conocían bien. Y no solo eso: lo respetaban, lo querían y por sobre todo confiaban en él.

"Qué suerte, está Luisito", le dijo la mujer que instantes después sería asaltada a su acompañante cuando llegaron en auto en medio de la tremenda oscuridad, según ella misma le contó al periodista Alberto Lotuf. Eso las animó a bajarse para entrar a la casa a la que iban. Luego todo sucedió a una velocidad impensada: un auto que se detuvo, un hombre que se bajó, el intento de arrebato de la cartera, un gesto de Luisito, un ruido "como si hubiese explotado una bolsa con aire a mis espaldas" y un cuerpo caído a centímetros de la mujer a la que quisieron robarle la cartera. Ella y su amiga tardaron en darse cuenta que el cuerpo que yacía sobre la vereda era el de Luisito, y todavía pasó un rato más hasta que supieron que estaba muerto: lo habían asesinado de un balazo. Si la sorpresa y la conmoción suelen hacer difusa la secuencia de hechos violentos para quienes los padecen, en este caso la oscuridad potenció la confusión y el estupor de las víctimas del arrebato y testigos de un asesinato.

Luisito era Luis Alberto Becerra Serra. Había nacido en Perú y vivía en Rosario desde hace algunos años. Se sustentaba económicamente con lo que le daban los automovilistas que estacionaban en la misma cuadra donde lo asesinaron. Los vecinos lo ayudaban. Él se lo había ganado por ser un tipo derecho, según el testimonio coincidente de varios residentes de la zona. "Era extremadamente bueno y honesto", dijo la mujer a cuyas espaldas murió para defenderla del robo.

Luisito es una de las 31 víctimas de asesinato en apenas 44 días. Tenía una historia, una familia, seguramente proyectaba un futuro. Quien sabe si no soñaba con regresar algún día a su país. Como todas las personas asesinadas, no importa en qué contexto, la suya fue una vida truncada, con el agravante de que lo mataron y un detalle que estremece: lo hicieron porque él decidió intervenir para defender a otra víctima. Fue el gesto final de alguien a quien muchos coinciden en describir como una persona solidaria.

La forma más fácil de hablar de la inseguridad es contar la cantidad de asesinatos. Pero aunque sea revelador, eso también puede convertirse en algo tan natural como sumar los puntos del equipo del que uno es hincha o contar los días que hace que no llueve. Los números cuantifican los crímenes y permiten entender la magnitud del fenómeno, pero también deshumanizan y convierten a cada muerto en eso, un dato más en una estadística a la que todos nos vamos acostumbrando. Como si fuese el índice del riesgo país o la sensación térmica.

Cada persona asesinada es una vida que se apagó para siempre. Cada víctima tenía un padre o un hijo, tenía sueños o alguna enfermedad que lo martirizaba, tenía un recorrido y una identidad. Era alguien. Los números no hablan de esas historias, ni de las pasadas ni de las que ya no serán. Los números son fríos y certeros, pero lo que se perdió constituye un vacío irrecuperable.

No hay que dejar de mirar las estadísticas. Tampoco hay que perder de vista lo más importante: antes de que alguien truncara sus vidas, las víctimas de asesinato no eran un número sino personas.

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