Opinión

Los riesgos del todo o nada

Claves. El gobierno ve cumplirse el deseo de Peña y Durán Barba: disputar la reelección de Macri en un mano a mano con el peronismo, sin tercera vía. Los riesgos de la polarización que nadie evalúa.

Domingo 14 de Julio de 2019

Por lo único que puede ganar la fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner es por la mala economía del gobierno. Por lo único que puede ganar el binomio Mauricio Macri-Miguel Pichetto es por el rechazo al kirchnerismo.

Lo que el gobierno siempre se propuso, lo consiguió: tener enfrente, mano a mano, sólo al kirchnerismo. De haberse mantenido en pie la idea de hacer de Alternativa Federal una tercera vía potente, hoy la historia sería otra.

Pero esa opción intermedia terminó en la nada, porque el gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, operó al límite para regalar en bandeja a Macri la disolución. Con la inestimable colaboración de ese personaje político tan extraño, como es Roberto Lavagna, quien pretendía ser ungido rey antes que precandidato.

Al menos en los papeles, otra vez se impuso la teoría de Marcos Peña, quien siempre argumentó que el final del camino tenía sólo dos vectores: macrismo vs kirchnerismo. El rechazo a Cristina y el rechazo a Macri son las dos caras de una misma moneda. Así como existe el anti cristinismo, existe el anti macrismo. Que en el medio no haya casi nada anticipa los tiempos, convierte a las Paso en una encuesta fenomenal que le dará a unos y otros los argumentos para que la primera vuelta de octubre opere como un ballottage.

En problemas

Fernández está en problemas. Por primera vez debe ser la cara visible, el ariete, el candidato y no el jefe de campaña. Para ser candidato presidencial hay que tener el cuero duro, como la crosta del pescado salvaje. Debe saber el postulante peronista que la impresionante muralla mediática del gobierno no le va a dejar pasar ninguna floritura. Así le ocurrió con algunos movileros oficialistas, ante quienes el candidato se posicionó de manera poco armoniosa, como convocando a los fantasmas del pasado.

El gobierno busca por todos los andariveles vincular a la fórmula opositora con el pasado de intolerancia que hubo durante los gobiernos kirchneristas. Se ha dicho en esta columna más de una vez: Macri podrá ser reelecto por el rechazo al pasado, pero nunca por el estado de la economía durante su gestión.

Es más, sería casi inédito que logre una victoria con la economía en recesión durante la mayor parte de su mandato y con índices en retroceso para los trabajadores por la merma de la capacidad adquisitiva del salario. Sin embargo, podría lograrlo.

El gobierno tiró por los aires el intento de atraer algún peronista suelto con los "diez puntos para el consenso". Toda esa movida ocurrió hace muy poco tiempo. Ya no le sirve para su objetivo electoral. Ahora se trata de vincular al adversario con lo peor de la política, tensar la cuerda, abrumar con adjetivos. Lo hicieron Macri, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, el trío que va por cuatro años más, cada uno en su cargo.

Fernández tiene que dejar de estar a la defensiva y encontrar un discurso que, además de hacerlo confiable, atraiga el voto de quienes son víctimas de la política económica. Ahí hay una mayoría clara. Pero no puede el ex jefe de Gabinete planear todo el tiempo sobre la duda de las bondades o maldades de los gobiernos kirchneristas. O va para adelante con un programa claro y contundente de recuperación de lo perdido en materia económica o quedará atrapado en los gambitos que le proponen los movileros porteños.

El candidato del Frente de Todos necesita más que nunca del aval de los gobernadores. Es ahí donde se juega su resultado final. Necesita de los votos que, sin ser kirchneristas, se encuadran en el peronismo de las provincias. Algo de eso le pidió Fernández a Omar Perotti. Necesita del rafaelino cuando recorra la provincia de Santa Fe.

Al fin, necesita del voto anti macrista. Por cuerda separada, el colaborador todoterreno de Cristina, Oscar Parrilli, le solicitó el voto a los socialistas santafesinos, sabedor de que muchos progresistas jamás votarían la fórmula Lavagna-Urtubey.

Para el gobierno es clave la estabilidad de la cotización del dólar, la baja relativa de la inflación y la imposición mediática de encuestas que hagan creer que todo está en "empate técnico". Se repite: el único sondeo sin margen de error será el 11 de agosto. Para lo único que sirven las Paso que vienen es para saber donde está parado cada frente. Un absurdo argentino.

A cuatro semanas de las primarias, está claro que ninguno de los candidatos presidenciales se ocupa de bosquejar programas de gobierno o de articular algunas propuestas que dejen de lado las tensiones, los agravios. La crispación, al fin, no era propiedad solamente de Cristina. Está hoy instalada entre los candidatos y funcionarios del gobierno, como una pieza de acción política-electoral. Y lejos está la oposición de poner la otra mejilla.

La escalada de las tensiones y de los discursos grandilocuentes se da en medio de una gran incertidumbre respecto de los resultados, pero debería empezar a preocupar

El día después de las elecciones el triunfador deberá hacerse de masa crítica para llevar adelante la administración. Y no hay buenas noticias en el horizonte inmediato: habrá que pagar deudas y reprogramar otras. Sin consenso político y social, la polarización, la grieta, la antinomia, prepararán sus propias venganzas.

Y aquí viene la pregunta del millón: ¿cómo van a hacer para gobernar este país después del 10 de diciembre, gane quién gane, con semejante nivel de intolerancia, odio recíproco y mala onda?

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