Los que silban por la calle
No hace tantos años (o sí, veinte siglos en el cosmos de la informática) la gente se sorprendía al ver a alguien que iba caminando y hablando solo. ¿Cuáles fantasmas lo atormentaban? Ninguno. El otro tenía carnadura y un celular parecido al protagonista de la entonces extraña situación.

Lunes 23 de Enero de 2017

No hace tantos años (o sí, veinte siglos en el cosmos de la informática) la gente se sorprendía al ver a alguien que iba caminando y hablando solo. ¿Cuáles fantasmas lo atormentaban? Ninguno. El otro tenía carnadura y un celular parecido al protagonista de la entonces extraña situación.

Ahora se agregó otro que compite con el dechado de tecnología, el que silba por la calle. La costumbre estaba desaparecida. Recordar una canción es un salvavidas fantástico para no ahogarse en el mar del aburrimiento, para espantar las tenebrosas sombras, para imaginar todos los mundos posibles a los que se llega tras trepar la escalera a la felicidad; silbar cuando se tiene miedo y cuando se está contento.

Pero claro, el silbo fue reemplazado primero por los walk man y después por los iPod, es imposible competir con una orquesta completa que toca solo para cada quien, y no molesta a nadie.

Por estos días aparece reverdecida la costumbre, ala que se agregaron las niñas, que pasan del canto al silbo sin transición.

Estos silbadores son, por lo general, jóvenes, caminan apurados hacia un lugar al que tienen que llegar en poco tiempo. Extraño, se nota que no piensan en una canción sino en algo que tienen que hacer, su rostro no está distendido. Es la imagen opuesta a las que muestran las películas argentinas de hace cincuenta, sesenta años, de la llamada época de oro del cine argentino, donde los protagonistas expresaban su alegría silbando una canción, interpretación a la que se sumaban un coro de vecinas chismosas.

No. Parece que ahora silban por silbar nomás.