Opinión

Los libros de la buena memoria

El escritor español Carlos Ruiz Zafón, autor de la saga literaria de "La sombra del viento", murió a los 55 años en la ciudad de Los Angeles. Sus novelas recrean una Barcelona mágica, donde, como en el cine, todo puede suceder y sucede.

Viernes 19 de Junio de 2020

“La sombra del viento” llegó a mis manos sin querer. Me lo dio mi cuñado un domingo después del almuerzo familiar y me lo llevé desganado. Me había hablado del libro con un entusiasmo que para mí, que suelo dejarme llevar por el prejuicio, me resultó sospechoso, pero como no tenía ánimo de polemizar y mucho menos ser descortés con el dueño de casa di las gracias y me fui seguro que la novela quedaría olvidada en un rincón de la biblioteca.

No fue así, pese a que cuando la leí, varios meses después, sabía que era un best seller, y no puedo evitarlo, siento una desconfianza acérrima por las listas de ventas, los hits pegadizos y el éxito instantáneo. Es así desde mi más tierna edad, cuando escuchaba a los Beatles en el Winco de mi hermana y los discos de colores de “Alta tensión” me provocaban náuseas. Está mal, nadie lo sabe mejor que yo, que por eso mismo no bailo cumbia.

La primera escena de “La sombra...”, en la que Daniel se despierta sobresaltado en medio de la noche y le confiesa a su padre que tiene miedo de olvidar el rostro de su madre muerta, me conmovió. Esa idea de la pérdida, del amor, que encerraba la angustia del chico, que tenía más o menos la edad de mi hijo, era la mía, acaso la de todos. Me acababa de separar, mis hijos no vivían conmigo y temía que me olvidaran, ese sentimiento me estrujaba el corazón.

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Entonces Zafón, de él estoy hablando, acomete el gesto heroico del padre, el Señor Sempere, de quien nunca sabremos su nombre de pila, que levanta a Daniel de la cama y lo lleva de la mano a descubrir un mundo mágico, el Cementerio de los Libros Olvidados, que está ahí nomás, a unas pocas cuadras de su casa, que también es una librería, en medio del ajetreo de un Barrio Gótico, hoy tan misterioso como entonces, a pesar de los turistas.

Y hablo de Zafón, porque creo que hay que hacerle justicia, mal que le pese a los dueños de la literatura, y porque esta mañana, al despertarme, me enteré que había muerto, a los 55 años, en la ciudad que había elegido para vivir, Los Ángeles, algo que los amantes de su Barcelona nunca entendimos. Carlos Ruiz Zafón, sí, el autor de “La sombra del viento”, que se tradujo a 50 idiomas y vendió 10 millones de ejemplares, acá, allá y en todas partes.

Ni bien cerré el libro, después de leerlo de un tirón, que es como da gusto leer las novelas de aventuras, se lo pasé a mi hijo, en unos días se iba con la madre a Cariló y me pareció una buen plan para las vacaciones. No fue un regalo inocente, ninguno lo es, la historia de los Sempere, al menos ese primer capítulo, es una historia de padre e hijo, como “El gran pez”, la película de Tim Burton, que también habíamos visto ese verano.

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Después vinieron El Borne, la Basílica del Mar y “El juego del ángel”, que no vendió como “La sombra...”, pero que desanda la desgracia de uno de los personajes más logrados de Zafón, David Martin, un escritor de poca monta que vende su pluma al mejor postor y, casi sin querer, hace un pacto con el Diablo. El es el autor del folletín de pistoleros “La ciudad de los malditos”, un éxito que tampoco puede disfrutar porque la firma con un seudónimo.

En ese punto ya no hace falta cruzar el océano para amar la Barcelona de Zafón, pero lo hicimos, como tantos otros fans de la saga del Cementerio de los Libros Olvidados que caminaron las calles del Gótico, las Ramblas, subieron en funicular al Montjuic y hasta creyeron ver asomando en la ventana de la vieja casona del Parc Güell la silueta de Andreas Corelli, el diabólico editor al que le vende el alma el pobre David Martin.

>> Leer más: A los 55 años falleció el reconocido escritor español Carlos Ruiz Zafón

Las novelas de Zafón, “La sombra...”, “El juego del ángel”, “El prisionero del cielo” y “El laberinto de los espíritus”, las más reciente que cierra la serie, hicieron las veces de guías de turismo de Barcelona y descubrieron, a la luz de las idas y venidas en el tiempo de la historias, una dimensión de la ciudad que Michelin, por exhaustiva que sean sus descripciones y consejos no puede dar, simplemente, porque le falta la magia, la literatura.

“Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia”, escribe Zafón, o debería decir, confiesa Zafón, en el comienzo de “El juego del ángel”, y va más allá: “Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene un precio”. Sus palabras resumen el trasfondo mercantil del mundo de la literatura, que no por serlo es menos encantador.

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