Martes 03 de Enero de 2017
Son increíbles, sugerentes, hermosos, extravagantes, persistentes, aterciopelados, pesados, agobiantes, los perfumes son los que más acercan, junto con la comida, ofrecen una paleta extensa y a veces indescifrable de fragancias que pueden disparar las más disímiles respuestas en la mente y en el cuerpo, por lo general relacionadas con el placer, algo perseguido hasta el hartazgo por estos días. Se destapa el frasco y casi de inmediato el ambiente se llena de sensaciones que transportan a distintos mundos asociados a formas y colores, porque los olores trascienden la mera excitación del sistema sensorial olfativo, casi siempre van asociados a otras cuestiones igual de etéreas pero más tangibles, y en cada quien desata percepciones únicas, íntimas, algo formidable si se tiene en cuenta que es un objeto de producción masiva. Patrick Süskind lo entendió cuando escribió "El perfumista". Porque la búsqueda de un aroma se acerca mucho a la alquimia y a todo el universo que la rodea.
Pero el perfume reserva otro disfrute, el del propio envase, cuya concepción, diseño y materiales lleva casi la misma búsqueda que la fragancia que habrá de atesorar. Y así está la vara trunca combada de Kenzo con una flor adentro, o su hoja ámbar; el símil plato volador con mástil de Calvin Klein, las manzanas azules y rosadas de Nina Ricci, el diamante caoba de Paco Rabanne, que insiste con una copa trofeo, el maniquí de Jean Paul Gaultier, la lágrima de Agatha Ruiz de la Prada, la pirámide invertida rococó de Lancome... ¿Para qué seguir? Como dicen los que saben, hay un maridaje entre continente y contenido, como si se quisiera obligar a los ojos a advertir al olfato lo que vendrá apenas se saque el tapón, y en ese momento los ojos dejarán de ver, solo existirá un olor.