Los cien días de Milei: terminado el período de prueba, el gobierno entra en una nueva etapa
El libertario atravesó la barrera psicológica de los cien días. Límites y desafíos de una gestión que pretende resetear la Argentina

Martes 19 de Marzo de 2024

Javier Milei atravesó la barrera psicológica de los cien días. Un período vertiginoso donde reafirmó su centralidad en un sistema político en ruinas. Pero que también expuso los límites y riesgos de su método de ejercicio del poder.

Desde el minuto uno, Milei se encargó de subrayar que no era un político más. Tanto por las formas como por el contenido. Después de una jura que duró lo mismo que un video de TikTok, habló de espaldas al Congreso y de cara a la gente. Escenas de populismo explícito para anunciar una larga travesía por el desierto para dejar atrás décadas de estancamiento. Después sí, la tierra prometida.

Más obsesionado por las métricas de las redes sociales que por los votos en ambas Cámaras, Milei consideró negocio entregar sus principales iniciativas legislativas, el DNU y la ley Bases, a cambio de exponer a quienes forman parte de la casta. Una etiqueta que la Oficina del Presidente aplica a quienes se atreven a enfrentar a un líder que no oculta su mesianismo y que suele compararse con Moisés.

Debajo del planteo de Milei y su núcleo de apoyos subyace una visión ingenua, pero que también choca con la forma democrática y republicana de gobierno. Es la idea de que, impulsado por el 56% de los votos del balotaje, el presidente es el único protagonista legítimo de la escena pública y el resto de los actores -diputados, senadores, gobernadores, y la lista sigue- son extras que deben limitarse a seguir el guión escrito en Casa Rosada.

Todavía en shock, el sistema político no termina de descifrar al más outsider de los outsiders, que consigue mantener niveles de aprobación que rondan el 50% a pesar de la licuación inédita de los salarios y las jubilaciones, producto de la devaluación con que abrió Luis Toto Caputo el gobierno y la desregulación que dio rienda suelta a alimenticias, y prepagas, que integran el selecto club de beneficiarios de las políticas económicas del gobierno.

En la siempre compleja y nada lineal relación entre performance económica y apoyo al gobierno, Milei y la oposición dura elaboran teorías opuestas.

Quienes rechazan el experimento libertario postulan la hipótesis del delay: en algún momento, la inflación que pincha los ingresos también agujereará la popularidad del presidente.

Por el contrario, en el núcleo de fieles de Milei creen que pueden despegar, al menos por un tiempo suficiente, la imagen del jefe de Estado de los resultados de la economía y sobrevivir a los meses de sangre, sudor y lágrimas exprimiendo el jugo del relato y medidas simbólicas, como el anuncio del cierre del Inadi y la poda en el Estado.

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Lanzado en una fuga hacia adelante a la espera de que la recesión baje sin misericordia la inflación y que los restos de lo que fue Juntos por el Cambio no tengan otra alternativa que subirse al tren, Milei busca ganar tiempo para resetear tanto la economía como la política. Ahí entra, por ejemplo, el casi olvidado Pacto de Mayo.

De todos modos, para que el ambicioso plan tenga éxito Milei necesita que la actividad económica efectivamente dibuje una V, y no una U, o mucho menos una L. Y que su verborragia e incontinencia tuitera no aleje al PRO, la mayoría de la UCR y de Hacemos, que están dispuestos a acompañarlo, con distintos niveles de compromiso. Ya sea porque ven a Milei como alguien que puede hacer el trabajo sucio acumulado durante décadas, o porque su electorado mira con expectativas la administración libertaria y no tienen más remedio que mostrarse cooperativos.

Sin gobernadores ni intendentes, un contingente legislativo raquítico y un armado político en tiempo récord y proclive a las intrigas palaciegas, a Milei sólo le queda para protegerse el escudo popular. El favor de la opinión pública disuade por el momento el ataque frontal de un sector no menor de la dirigencia que anota en su cuaderno cada una de las ofensas del minarquista.

Tiene la ventaja provisoria del desprestigio de la clase política, y del peronismo en particular, y que quienes se oponen a sus medidas aparecen como un archipiélago de reivindicaciones puntuales.

Sin embargo, el amateurismo orgulloso del elenco oficial, las dificultades para gestionar el mismo Estado que buscan desmantelar, la falta de empatía, la justificación de todos los sacrificios en el altar de un déficit cero sumamente difícil de sostener y un estilo sobrador de comunicación política abren la puerta a eventos críticos para un gobierno que, finalizado el período de prueba de los cien días, ingresa en una nueva etapa.