Miradas

Lo que pasa cuando nos sacamos el barbijo

¿Cómo era tener que saludar a los que te cruzabas por la calle sin tener donde esconderte? Una reflexión sobre costumbres, miedos y "nueva normalidad"

Martes 21 de Septiembre de 2021

Escucho al gobierno nacional anunciar que ya no será obligatorio usar barbijo al aire libre y pienso en cuánto deseamos que llegara este momento. Y, sin embargo, ahora dudo: no sé si quiero salir sin barbijo.

¿Cuánta influencia hay de expertos sanitarios y cuánta de expertos en política o comunicación en esta decisión? ¿No era que estaba llegando la temible variante Delta? ¿No era que el barbijo ya formaba parte de la “nueva normalidad”?

Recuerdo haber visto gente revoleando barbijos en otras partes del mundo, solo para volver a colocárselos semanas más tarde. Y ahora dudo: quiero sacarme el barbijo, quiero una foto revoleando el barbijo, quiero que se note que estoy feliz de que llegue finalmente la "nueva normalidad". Aunque dure unas semanas. O unos meses. Y me lo tenga que volver a colocar.

Recuerdo el primer barbijo que compré. Lo vi en Instagram, lo encargué a una chica que me pidió que me midiera la cara. Unos días más tarde me lo trajo el novio, que los repartía en su auto. Fue en los primeros días de la cuarentena. Hace un año y medio, aunque parece otra vida. Hoy es un barbijo más de la colección. Tengo un par caseros, uno elegante para salidas de ocasión, en mi cartera incluso tengo uno descartable. Y por supuesto que me compré el del Conicet. El rosa, al negro nunca llegué.

Veo mis barbijos apilarse, unos sobre otros, en el “bowl de barbijos” que antiguamente seguro tenía otro objetivo en la vida, que hoy ya olvidé. Ya olvidé cómo era vivir sin barbijo.

¿Cómo era usar maquillaje y que no quedara oculto?

¿Cómo era llevar lentes sin que se empañaran?

¿Cómo se sentía correr sin la respiración pegada a la tela de la mascarilla?

¿Cómo era tener que saludar a todos los que te cruzabas por la calle sin tener donde esconderte?

Salgo a la calle. Me saco el barbijo. Miro a la gente que camina, todos van con barbijo. Me lo vuelvo a colocar. Intuyo que no importan anuncios o normativas, la liberación será gradual.

Recuerdo la primera vez que salí a la calle y vi gente con barbijos. Se sentía como una angustiante escena de ciencia ficción. Hoy genera alivio la posibilidad de no usarlo. Pero también acelera el corazón. Porque en esta pandemia, como en la vida misma, no hay certezas. En este tiempo complejo y confuso, el barbijo se convirtió en nuestra mantita de apego. Habrá que llenarse de coraje para -cuando sea el momento oportuno- volver a caminar "desnudos" por la calle. Como hicimos toda la vida, sin saberlo.

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