Opinión

Lo mataron por lo que sabía

Complicidades. El crimen del periodista saudi Jamal Khashoggi muestra la hipocresía de las potencias, que anteponen los negocios a la defensa de los derechos humanos.

Viernes 26 de Octubre de 2018

El asesinato brutal del periodista saudí Jamal Khashoggi ha levantado una enorme ola de indignación que contrasta paradójicamente con los habituales silencios hacia el país saudí y, sobre todo, su casa reinante. La pregunta es por qué y qué sabía este hombre para que alguien ordenase su asesinato. Como en los viejos tiempos de la Guerra Fría, el periodista, enormemente incómodo para quienes ordenaron su muerte, fue asesinado, ejecutado atrozmente.


Las cancillerías europeas han reaccionado casi al unísono, pero cuánto hay de verdadero y cuánto de cinismo y perfectamente medido en cada declaración aparentemente de condena, es la gran incógnita. El país árabe no es cualquier país. Muchos estados occidentales tratan de tener unas relaciones óptimas, conscientes como son de su riqueza petrolífera y el potencial de sus inversiones y relaciones comerciales, sumamente apetecibles para las grandes empresas. Otra cuestión es la pleitesía que a veces, hemos visto, se ha profesado a su rey.

El mundo árabe evoluciona lentamente hacia un cambio. La mordaza y el adoctrinamiento lineal y amórfico a millones de jóvenes ya no es posible, como en la generación de sus padres. Los jóvenes ansían unas libertades que no llegan, pero que ven en las redes sociales. En estos países no se pueden poner el filtro y los lentes de la democracia occidentales porque sus estructuras sociales y cultura son diametralmente distintas.

Desde el respeto a sus tradiciones, no debemos bendecir satrapías y gobiernos autoritarios que suman a sus pueblos en un vasallaje medieval y los dejen exentos de toda la riqueza. Donde los derechos son una quimera, donde la dignidad humana no tiene ni se le da o arroga valor alguno.

Aun sabiéndolo Europa, Estados Unidos, China, juegan su peculiar póquer de cinismo y de cartas interesadas. En el fondo, late un equilibrio cada vez más roto en Oriente Próximo, donde Arabia Saudí, cuna y motor actual del wahabismo, trata de preservar un papel y protagonismo que ya no tiene y debe compartir con su tradicional enemigo Irán, al igual que con Turquía, que aprovecha este episodio en su beneficio. Egipto está desaparecido. Y la batalla se ha librado en suelo sirio, pero también en Yemen, destrozado y martillado desde el país árabe. Estados Unidos escenifica su condena, pero limitará al mínimo cualquier intento de castigo. Es un aliado clave en la región y un gran cliente armamentístico, así como tiene una de las llaves del petróleo.

Pero ¿por qué era tan molesto el periodista asesinado? No lo era por publicar un artículo para pedir libertad de expresión. Esta es una quimera y entropía en prácticamente todo el mundo árabe. Hasta la primavera árabe había colaborado y trabajado para el gobierno. Jefe de prensa del gabinete de personas vinculadas a las alturas del régimen y también de los servicios de inteligencia. Probablemente aquí nazcan las razones que a muchos se nos escapan. Una voz disidente no deja de ser eso para un régimen, disidencia. Y el daño es mínimo por mucho que, de cuando en cuando, algunos presten algún micrófono o algún altavoz.

Solo hay que ver los recibimientos que al príncipe heredero se le han dispensado en cada capital europea para medir el valor y el grado infinito de cinismo hacia el respeto de los derechos humanos. Y se busca la oportunidad de negocio. No importa que no haya ciudadanos en sus países ni libertades. Tampoco en otros gigantes económicos. Es el dinero, el motor que mueve hipocresías.

Se censura, se insinúa, y la sombra de sospecha se cierne donde se quiere cernir en estos momentos. Pero algo no cuadra en este encaje de espionajes y licencias para matar. Y saber lo que ha sucedido en verdad a muy pocos interesa realmente. Riad no ha podido manejar de manera más catastrófica toda la información y excusas o vaguedades hasta el momento proferidas. Habría también que replantear, más allá de convenciones de Viena, el papel y rol que hoy embajadas y consulados desempeñan, más agentes económicos y de inteligencia que otra cosa.

Khashoggi fue asesinado por lo que sabía y por lo que callaba. Era molesto. Alguien ordenó que trajeran su cabeza. Y lo hicieron. Estos asesinatos han pasado y pasan en todo el mundo en tramas, complots, espionajes, tráficos varios y muchas otras cosas que se nos escapan. Pero por qué ha trascendido este y a qué se debe la amplitud de su repercusión es un interrogante que alguien debe al menos plantear. El resto, hipocresía. También tratar de desestabilizar un tablero ya roto. Horroriza pensar lo que le hicieron, pero más que lo hayan ordenado. Pronto se apagarán los focos.


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