Opinión

Lo imposible y lo improbable

Claves. Macri pudo sacarse de encima a Dujovne, la cara y la voz del fracaso económico. Peña quiere aferrarse al cargo. Fernández construye el fernandismo. El futuro económico es un gran interrogante.

Domingo 18 de Agosto de 2019

En el gobierno saben que dar vuelta el resultado de las Paso no es imposible, pero sí es improbable. Y deberían recordar una cita de Einstein: "Locura es esperar resultados diferentes haciendo siempre lo mismo". Lo demás es perorata.

"Para que Mauricio (Macri) se saque de encima a (Nicolás) Dujovne y a (Marcos) Peña tendríamos que perder las Paso por mucho", esa era la reflexión de una fuente calificada de la Casa Rosada cada vez que una crisis ponía en alza los rumores sobre las salidas de los dos funcionarios que más rechazo tienen en la sociedad. El escenario tan temido llegó. Y Dujovne se fue.

Para Macri, sacarse de encima al jefe de Gabinete es un incordio. En él, depositó el día a día de la gestión. Entre el despecho del presidente u el de Peña sólo media una puerta. ¿Se irá Peña ahora que el presidente necesita una descomunal toma de decisiones hasta el 27 de octubre? Si no se va, es que todo ya pasó. No haría falta ni reparar en la cita de Einstein.

Lo de Dujovne es distinto. Ya ni se lo mencionaba en el laberinto de Balcarce 50. Fue el hombre que estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Para tener alguna chance de mostrarse competitivo de aquí a la primera vuelta Macri debe reconocer todos los días que lo suyo fue un error. Que la falta de empatía ahora muta en populismo rubio y de ojos celestes. Y Dujovne era la imagen y la personificación del ajuste. Es uno de los grandes responsables de que Macri termine su mandato con más pobreza, más inflación, más recesión. No tuvo una sola a favor. Como tampoco tiene la mayoría de su patrimonio en la Argentina.

Pero la realidad no cambiará por la suerte de dos o tres ministros. El presidente-candidato está en problemas. O es presidente o es candidato. Las dos cosas pueden hacerlo terminar mal, pero peor puede terminar el país. Es más, la única chance que tiene de mejorar en los números (algo extremadamente difícil) está linkeada directamente con el resultado de los días por venir. Léase: lo que haga como presidente, no como candidato.

La estrategia de Alberto Fernández es la de los presidentes electos, aunque todavía no sólo que no fue electo, sino que no traspasó la primera vuelta. Pero está sentado arriba de once millones de votos.

Se necesita un acuerdo más que verbal, un tránsito documentado previamente que evite un final con hiperinflación y retiro anticipado del poder. No es una ilusión. Ocurrió en 1989 con Raúl Alfonsín. ¿Aprendieron la lección los políticos?

Ese tránsito hacia la Jefatura de Estado tendrá un especial acompañamiento de los gobernadores. Si alguno tenía alguna duda, la victoria del Frente de Todos la disipó. Y si no que lo diga Omar Perotti, un político que hace un frente común con la prudencia, la toma de distancia y el no involucramiento antes de tener la partida asegurada. Y el rafaelino vio la batalla de Fernández ganada. Eso explica por qué ya se reunió tantas veces con "Alberto", como se lo llama ahora en todo el campus peronista.

Se escribió aquí que los mandatarios provinciales eran para Fernández el mejor apoyo, el que le permitiría hacer la diferencia. Los gobernadores le escenifican la nueva realidad y le permiten soñar con un gobierno alejado de la influencia de la dueña de los votos, Cristina Kirchner.

Esa referencia teórica quedó demostrada desde lo empírico el viernes, cuando los gobernadores susurraron en los oídos del candidato que la extinción del IVA en el precio de los alimentos les haría tener problemas de caja en lo inmediato, algo que no les ocurrió durante todo el mandato de Cambiemos. Eso también debe decirse.

Fernández está convencido de que no sirve para él ninguna foto con Macri ni ninguna aproximación melosa en pos de la "unidad nacional". Fernández es un político clásico en campaña y no quiere que nadie piense en una mimetización con Macri, que hoy es el fruto envenenado de la política argentina. No hay que echarle toda la culpa al ex jefe de Gabinete. En Santa Fe, el gobernador que está y el que viene no se reunieron ni una sola vez, al menos públicamente. Es lo que hay.

Para que el país llegue al 10 de diciembre en condiciones más o menos tranquilas, toda la clase política deberá estar a la altura de las circunstancias. Un fósforo puede hacer volar todas las instalaciones. No hay ningún margen para el Macri crispado ni para el presidente que actúa como un niño al que le están a punto de sacar su juguete preferido. Macri debe dedicarse a gobernar. Si logra hacerlo bien, mejorará sus chances en octubre y podrá entregar el poder en diciembre. De lo contrario, volverá la encarnación del fantasma no peronista que no termina los mandatos.

Una buena gestión de ahora en más, obligará al peronismo a mantenerse en calma y no intentar tirar del mantel. Pero Macri no ha gobernado bien desde el mismo momento en que asumió.

Fernández se mueve como lo hacía Néstor Kirchner en el intermezzo de la primera vuelta y el frustrado ballottage. Recibe a gobernadores y dirigentes peronista, envía señales (como con la posible presencia de María Eugenia Bielsa en el gabinete) y deja alimentar rumores sobre incorporación a la grilla de dirigentes no peronistas.

El ganador de las Paso está en la etapa de acumulación de poder propio. Se asiste a la génesis del albertismo, a la observación de escenas pornográficas de panquequismo político y periodístico. Aun de aquellos que aseguraban una performance estupenda de Macri. Recuérdense los diez puntos de diferencia que se anunciaban, a favor del presidente en Santa Fe. O de las tres encuestas que, en plena veda, pronosticaban empate. Pero eso ya fue.

En la víspera del ingreso a otra campaña electoral, la realidad sólo ofrece interrogantes. Nadie en su sano juicio podría aventurar que lo peor ya pasó. Desde acá hasta diciembre.

Todo está por verse.

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