Lluvia de hojas
El otoño no sólo regala días magníficos, con un Sol suave que calienta y amodorra, que difumina todos los contornos en los atardeceres, que tiñen todo de oro, también muestra el espectáculo multicolor que dejan las hojas al morir.

Lunes 22 de Mayo de 2017

El otoño no sólo regala días magníficos, con un Sol suave que calienta y amodorra, que difumina todos los contornos en los atardeceres, que tiñen todo de oro, también muestra el espectáculo multicolor que dejan las hojas al morir.

Apenas una brisa sacude las ramas se desata una lluvia de hojas doradas que caen morosamente, como en cámara lenta, acariciando a la gente que acierta a pasar debajo.

Es raro, de la nada forman una cortina ondulante, por momentos densa, silenciosa, que excluye a cualquier cosa, como un telón pintado por un puntillista. Es un instante mágico que transporta a cuentos de la infancia donde los colchones de hojas pueden convertirse en criaturas fantásticas tomando diversas formas.

En las plazas las lluvias de hojas desatan el delirio de los chicos, que corren con los brazos levantados tratando de agarrarlas antes que toquen el suelo, como si fuesen un tesoro. Poco tardan, después, en juntar manojos y tirárselos como bolas de nieve, pero estos no mojan, no pegan, no son fríos.

El piso parece pintado de amarillo, desaparecen las baldosas rotas, grises del hollín que dejan miles de autos por día, los pozos, los bordes de cemento que levantan las raíces de los árboles, todo queda debajo de esa alfombra efímera que cambia de un plumazo el paisaje urbano.

Una alegría impensada que se da solo una vez al año, cuando los árboles deciden que se cansaron de sostener las hojas y las sueltan, unas pocas primero y la mayor cantidad después. El desquite de las hojas también es inexorable, dejan las ramas desnudas, exponen la tosquedad de sus nudos y formas; al fin, avergonzado, el árbol no tiene más remedio que volver a llamarlas, una y otra vez.