Letras agrandadas
Por primera vez, Carrió tuvo que retroceder y olvidarse de ser candidata en provincia de Buenos Aires. Si Cristina es postulante cambia el mapa

Domingo 28 de Mayo de 2017

Era una noche desapacible, en la que una fuerte llovizna acentuaba los primeros fríos hace un par de semanas. El bar de la estación de servicio de Entre Ríos y 3 de Febrero estaba desierto, había apenas uno de los playeros y un hombre que leía el diario encorvado, sosteniendo una lupa, en el taburete que da a una pared de vidrio. Luego de un rato se enderezó y se marchó.

El viejo Alejandro leía con una lupa. Había llegado a Rosario escapándole a las balas nazis cuando comenzó la Blitzkrieg que sometió a Polonia en un santiamén al inicio de la Segunda Guerra.

Alejandro trabajaba de lavacopas en un histórico bar del Saladillo. Allí vivía, tenía una cama en un galpón del fondo, una pequeña biblioteca y alguna ropa. Aprendió el idioma solo, leyendo con una lupa (odiaba los anteojos) los diarios y novelas de Corín Tellado que le había regalado quién sabe quien. Dos veces al año, por dos o tres semanas (a veces más) se iba al Chaco a cosechar algodón. Cuando volvía, más flaco, con la piel tostada, que resaltaba sus ojos celestes, se pasaba días en silencio, cavilando.

Cuando le preguntaban por qué había venido a la Argentina respondía que quería conocer el calor.

A veces, muy pocas, el vino le hacía perder su eterna pelea con fantasmas terribles. Esas veces gritaba al aire palabras incomprensibles. Afable, reservado, hablaba en voz baja, llena de matices, y se pasaba largo tiempo mostrando cómo podía cortar una botella con un piolín para fabricar vasos, entre tantas otras cosas.

Un día se fue a la cosecha de algodón y nunca más apareció. Dejó un camastro vacío, algunos recortes de diarios y cuatro o cinco novelas. La lupa se desvaneció con él.