Opinión

Legitimidad

Lunes 02 de Diciembre de 2019

Desde que el hombre se formuló preguntas, dejó abierta la posibilidad de la verdad o falsedad de sus respuestas; y por tanto, la existencia de la duda que obligó a la investigación. Quedó dado así el "hecho" del conocimiento. Y desde que atribuyó sus propósitos a un propio yo, capaz de vetarlos o permitirlos, quedó dado el "hecho" de su vida moral. "Hechos" posibles en virtud de un medio en el que convive con otros. Vale decir, en una misma realidad todos ellos, en dependencia recíproca. Requerida ésta por tanto de un ordenamiento que haga los contenidos de conciencia compartibles y las conductas previsibles. El cual se asegura con la existencia de reglas que vinculan situaciones con formas de comportamiento, socialmente esperadas y tenidas por obligatorias. ¿Y cómo verificar que lo son? Porque de defraudarse tales expectativas surgirán consecuencias de desaprobación, colectivas o institucionales. Ahora bien: ¿le bastan a esas reglas la vigencia, para que tengan además legitimidad cultural?

Es que al Derecho que tales reglas integran le es inherente un sentido de obligatoriedad reconocido. Ahora bien, si hablamos de un Derecho en sentido objetivo, y a éste le atribuimos obligatoriedad, ¿es que cabe admitir una obligatoriedad objetiva? ¿Y en qué plano o dimensión de la objetividad residiría, de ser ello admisible? No en el sustrato físico de la realidad, por cierto: no hay espacio ni tiempo físico alguno en que quepa una obligación objetiva, en que pueda encontrarse; el concepto no refiere entonces a lo físico sino a lo relacional y lo es respecto a la conducta humana. Es pues, relación entre la conducta como es y como debe ser. En otros términos: es un "deber ser" que se imputa a ella. Lo que quiere decir que, entre las alternativas posibles que las situaciones deparen, habrá alguna tenida por necesaria, otra como prohibida y otras como permitidas; y aquélla tenida por necesaria lo será, no como lo que no puede no ser, en sentido físico, sino como lo que es obligatorio.

Pero… ¿tenida por quién? ¡Pues por la sociedad! ¿Y cómo podemos saber cuál es esa, tenida por tal? ¡Por sus consecuencias! Ya lo tenemos dicho: ante su incumplimiento comprobamos que surgen manifestaciones de desaprobación; que en el curso de la evolución de una sociedad que se hace compleja, se van institucionalizando en órganos y mecanismos de aplicación que irán reemplazando aquella reacción colectiva.

En todo caso, ¿basta con esto? ¿No sería preciso que, ya desde antes, existiera en esa sociedad una actitud de consenso a su respeto, tanto en el obligado como en los demás, de lo tenido como esencial para la armonía colectiva? Será entonces legítimo el Derecho de una sociedad, cuando sea considerado por sus integrantes como la expresión auténtica de una conciencia del deber en general, que la interdependencia en que viven les muestra como necesaria. Porque supongamos lo contrario: que todos pretendan derechos y nadie asuma responsabilidades. ¿Podría siquiera funcionar esa sociedad?

Y no es que se pretenda que todos debamos pensar lo mismo: asunción de la responsabilidad significa respeto a principios fundamentales y a las reglas de organización de los órganos encargados de crear y aplicar las normas de conducta particulares; de modo que las perspectivas puedan compatibilizarse por sujeción a los mecanismos de solución de conflictos, por la interdependencia que existe. Si ello se tergiversa o nadie asume sus responsabilidades, entonces se carece de legitimidad para exigir respeto a un sistema rebajado a mero amparo de privilegios de políticos profesionales.

Es que hay un fundamento más profundo, que reside en la vida personal; en la libertad de su conciencia y en el hecho de su vida moral.

La conciencia no presenta estructura fija; nada en ella está determinado, ¡y cómo observarla sin alterarla! En cuanto a la creatividad, ¿se conocen sus reglas? Se puede partir de la neurología; pero ya serían más las interacciones entre neuronas que sus propiedades individuales, las que hacen surgir la mente. Y de ahí, el conocimiento. ¿Admisión pues de su libertad? Lo que no puede negarse es que la conciencia ha conducido al conocimiento, y de que éste requiere atención y memoria. En donde se verifica que no se atiende siempre a la misma figura aunque el estímulo sea el mismo, acaso por desplazamientos de la conciencia. De ahí la posibilidad de nuevas combinaciones. Habría pues una "inestabilidad esencial" que apunta a la estructura y al sistema. Entonces, la libertad y sus construcciones. Pero la conciencia muestra ser un emergente: impredecible e irreductible. Que a nivel individual, parece "regir" el azar. Lo que sí se entiende comprobado, es que ya hay actividad cerebral y suelen originarse propósitos antes de que la mente tome conciencia de ellos. Pero que es ésta la que los "consiente, veta o responde a ellos de otras formas".

Conclusión: si los propósitos pueden formarse antes pero es la conciencia la que los acepta o rechaza, es que somos a la vez libres y responsables por lo que hace nuestro cuerpo. Relación ésta que toma la forma del deber: lo que debemos, lo que podemos o no hacer, lo que no debemos hacer.

No obstante parece reinar en nuestro tiempo el relativismo moral. Como que la diferenciación interna propia de organizar la complejidad conduce a una individualidad que, si bien internaliza una moralidad, hace posible que sea distinta en cada uno. Y por último, irrelevante para la sociedad, donde privan la operatividad y los resultados.

Pero lo malo no es que se haya evolucionado a una moral más personal. Sí lo es la gravitación actual de los intereses materiales. Son éstos los que han empujado al consumo excesivo, a la masificación política, a la vulgarización cultural y hecho poner en riesgo la vida en el planeta. Olvidando que no somos más ricos cuanto más tenemos sino cuanto menos necesitamos. Ni es malo que los motivos y fines de nuestras acciones nos pertenezcan. Somos por esto más libres. Sí lo es haber descuidado el primer compromiso que tenemos con nuestra sociedad: el cumplimiento de nuestros deberes. Es esto lo que nos da recién, derechos en ella. Y nos acuerda, por fin, nuestra dignidad; la que consiste en sabernos merecedores de lo que tenemos.

En nuestro país se dijo que había menos pobres que en Alemania porque nuestros registros así lo indicaban. Paradójicamente, se acusó después que nos habíamos empobrecido cuando nuestros registros se sinceraron. Mejor hubiera sido tomar el modelo de ese país pero en el sistema más elaborado de la ética de la Ilustración que él produjo: el kantiano, con su enseñanza fundamental del deber moral.

Empezamos esta columna con la existencia de la duda en el sujeto inteligente. De lo que no podemos dudar al concluir, es de la existencia del deber en el sujeto moral.

Por Juan Alberto Madile / Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales www.juanalbertomadile.com

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