Opinión

Las voces de la memoria

Aniversario del atentado terrorista a la embajada. Jorge Cohen, que era agregado de prensa de la sede diplomática de Israel en Buenos Aires cuando ocurrió el ataque en 1992, se encontraba en el segundo piso del edificio al momento de la explosión y sobrevivió. Aquí opina sobre sus sensaciones 26 años después.

Miércoles 21 de Marzo de 2018

El que sigue es un hecho, no una interpretación: aquel martes 17 de marzo de 1992 la casona de la embajada, en la esquina de Arroyo y Suipacha, voló por el aire con nosotros adentro. Y con otras víctimas que estaban en la vereda, en la calle, enfrente, a la vuelta, al lado, cerca o lejos, que los criminales se ocuparon de que también estuvieran dentro del edificio. La explosión y el terror nos alcanzaron por igual, los escombros fueron los mismos. La pena y los desgarros, el vacío.

Fue un horrible privilegio: el del primer atentado, hasta ese momento el más terrible de este tipo, el que abrió la puerta del tercer milenio en nuestro país.

Y de ahí en más, los reclamos, desde entonces hasta hoy. Y tres palabras que se entrecruzan y cuestionan la cultura de la impunidad.

Esa esquina del viejo Barrio Norte porteño, hoy la Plaza de la Memoria, es la representación territorial de lo que (nos) dejó aquel 17 de marzo. A nosotros, al país de la bandera celeste y blanca.

Cito otro hecho, en línea con el anterior: en el ataque hubo 22 muertos identificados; 9 trabajaban en la embajada, 13 eran transeúntes o vecinos. Ciudadanos argentinos, israelíes, bolivianos, paraguayos, uruguayos e italianos. Es decir, seis banderas.

Muchas veces percibo como poco útiles los discursos, pero nunca los recuerdos. Me acompañan y me ayudan a ser el testigo -que antes fue una víctima y un fantasma de tierra y sangre- que se levanta y da testimonio.

Recuerdo que aquel 17, acostado en una camilla, arriba de una ambulancia del Cipec que arrancaba rumbo al hospital, tomé una parcial conciencia de lo sucedido. Y aturdido, al no saber quién manejaba la ambulancia y suponer que eran terroristas, con los pies golpeé las puertas traseras, las abrí y me tiré. Estaba herido y en shock pero con las defensas altas, me dijeron días más tarde los médicos que me atendieron.

Más recuerdos (viene de re-cordi, volver a pasar por el corazón): hace seis años, el aniversario también cayó en sábado y según la tradición judía, este día se reserva al descanso y al esparcimiento, a la alegría. Por eso el acto del 17 se corrió, como este año, al viernes anterior. Pero hace seis años, aquel sábado, a las tres menos cuarto -hora de la explosión- quienes trabajábamos en la embajada nos encontramos en la esquina de Arroyo y Suipacha, en ese que había sido nuestro lugar, nuestra casa. Los sobrevivientes argentinos y muchos de los israelíes, que habían viajado para el aniversario. Fue un día de calor, parecido al original. Y el más emocionante. Dany Carmón -cónsul en 1992, quien pierde a su mujer en el atentado, y él tuvo graves heridas- lo dijo esa tarde, entre lágrimas: "Este es nuestro acto, el acto central". Este sábado pasado fue igual, allí estuve, acompañado de esas palabras emocionadas de Carmón, por la voz, los rostros, los gestos de mis ex compañeros. Ese volvió a ser el acto central.

Con el paso del tiempo no dejo de aguardar para saber quiénes fueron y cómo lo hicieron y, como consecuencia, que los criminales vayan a la cárcel.

Y vuelvo, entonces, a las tres palabras citadas más arriba que, a costa de toda esperanza, se presentan entre signos de pregunta: ¿Se hará justicia? Y que alguna vez se escuche, en una sala de los tribunales "Será justicia".

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