OPINIÓN

Las vacunas, armas poderosas

Rusia y China obtienen influencia y ventajas geopolíticas sobre los Estados Unidos

Sábado 22 de Mayo de 2021

La lucha por el poder e influencia geopolítica de las grandes economías mundiales no se ha detenido durante la pandemia. A las habituales formas de guerra comercial, como las de Estados Unidos y China durante estos últimos años, se le han sumado la producción y distribución de las vacunas contra el coronavirus. La puja, como siempre, es entre los más grandes, pero también hay viejos conocidos, como Rusia, que intervienen en la disputa.

“Sputnik V está ahora autorizada en 65 países con un total de población por encima de los 3.200 millones de personas”, indica el texto del cuadro que ilustra esta nota y que fue subido al perfil @sputnikvaccine de Twitter del Instituto Gamaleya, creador de la vacuna.

Si bien el área de influencia de la Sputnik no incluye a ninguna potencia económica, comprende a casi la mitad de la población mundial, estimada entre 7.700 y 7.800 millones de personas. Según las Naciones Unidas, 4.700 millones viven en Asia. Unas 1.300 millones en África y otras 750 millones en Europa. Latinoamérica y el Caribe tienen 650 millones, América del Norte 370 millones y Oceanía sólo 43 millones.

China, otro gran jugador mundial en todos los rubros, produce varias vacunas, dos de las cuales ya se han aplicado en Chile y en nuestro país. Ni las chinas ni la rusa se emplean en los países centrales del Hemisferio Norte.

Sin valorar la eficacia y seguridad de ninguna vacuna, que es tema de los expertos y no de los periodistas ni panelistas de TV, sí se puede hacer una lectura política de la situación.

Estados Unidos sólo aprobó en su país el uso de vacunas “made in USA”, como las de Pfizer, Moderna y Johnson & Johnson. Ni siquiera ha autorizado todavía la de AstraZeneca, anglosueca, aunque ha anunciado que lo hará próximamente. Sin embargo, unas 60 millones de dosis con que cuenta de esa marca las donará a terceros países y no serán para el consumo interno.

La única vacuna no occidental aprobada hasta ahora por la Organización Mundial de la Salud es la china Sinopharm, inoculada ya en el organismo de muchos argentinos y con posibilidad de producirse en un futuro en el país, como también la Sputnik. La Argentina podría convertirse en un productor y distribuidor de vacunas no occidentales para toda Sudamérica, una situación que es mirada con recelo por Estados Unidos ante la implicancia política que generaría si se concretaran esos proyectos.

Tal vez por eso, esta semana, Joe Biden anunció que donaría millones de vacunas al Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid 19, conocido como Covax, algunas de las cuales llegarían a Latinoamérica.

Además de entender Biden con buen criterio que Estados Unidos no podrá salvarse solo de la pandemia y que es necesario vacunar al resto de la población mundial, tiene la típica mirada del gran imperio cuando le están merodeando en su patio trasero. Por eso, envió un claro mensaje a China y Rusia: “Buscan influenciar al mundo con sus vacunas, pero Estados Unidos no usará las dosis para conseguir favores”, advirtió.

Esa frase de Biden contiene el verdadero motivo por el que se ha visto últimamente un poder de lobby importante para que la Argentina adquiera también vacunas producidas en Estados Unidos. Es que la influencia rusa y china, hasta ahora los mayores proveedores de vacunas en el país, tendrá un efecto importante en las relaciones políticas y sobre todo económicas con esos dos grandes países.

China fue la única Nación del planeta cuyo producto interno subió el año pasado. Ni la devastadora pandemia impidió, aunque moderado, su crecimiento económico. Tiene el PBI más grande del mundo después de Estados Unidos, superó al de Japón y Alemania, y seguramente no tardará en ser el primero en el futuro. Su punto débil es la falta de democracia, con un partido único que implementa una extraña asociación entre comunismo y capitalismo que, sin embargo, le ha dado muy buen resultado. Decenas de millones de chinos salieron de la pobreza en las últimas décadas.

El otro gran jugador en el mundo de las vacunas, Rusia, viene acelerando rápidamente su paso para restaurar su otrora gran imperio tras el colapso político y económico que le siguió a la caída del Muro de Berlín. Rusia está entre las once economías más importantes del mundo, es un gran productor de petróleo y gas y cuenta con un enorme desarrollo cultural, ininterrumpido por zares, comunistas o capitalistas, y una historia científica reconocida. Su vacuna se podrá aplicar en la mitad de la población del planeta y le sirve como un estilete para penetrar y alcanzar objetivos políticos y económicos.

Los rusos siempre tuvieron una mirada hacia Occidente y por eso el zar Pedro el Grande fundó la ciudad de San Petersburgo en 1703 sobre el mar Báltico como puerta de entrada a Europa. Rusia también tiene su debilidad en el sistema político personalista con poco recambio y la posibilidad, reforma constitucional mediante, de que Vladimir Putin permanezca en la presidencia hasta 2036.

Las vacunas se han convertido en otro eje de disputa política para ejercer influencia en el mundo, en una especie de Guerra Fría del coronavirus. No saldrá nada bueno de esta confrontación.

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