Sábado 16 de Octubre de 2021
La decisión de Luis Contigiani de abandonar la alianza con Jorge Boasso pone al descubierto, en un espacio chico, uno de los grandes problemas de la política argentina: la ausencia absoluta de acuerdos programáticos que vaya más allá de un turno electoral y, como desprendimiento de este mal, la crisis de representación de los partidos frente a la sociedad. En las últimas Paso, que dirimieron candidaturas para las generales del 14 de noviembre, operó con la lógica de una UTE electoral: una unión transitoria de intereses que se desvanece una vez que terminan las elecciones o que de persistir presentan problemas para mantener cohesionadas las piezas débilmente pegadas.
Esta anomalía sistémica, en la que impera el cortoplacismo y el oportunismo, es transversal. Se puede observar tanto en la oposición como en el oficialismo. Ciertos dirigentes o partidos se unen sin convicciones de fondo. Lo que prima en esas alquimias electorales es conseguir un cargo o mantenerlo. Y lo que debería ser una regla, es una excepción: generalmente esas uniones no persiguen el bien común, sino el personal o sectorial. La descomposición social y económica en la que está sumida la Argentina exhibe dramáticamente ese destino.
El martes pasado, asLaCapitalxs publicó una nota del periodista Mariano D'Arrigo que tomó como base un “paper” de la consultora Zuban Córdoba & Asociados. Ese estudio describe que en la Argentina predominan las identidades políticas negativas: la mayor parte de la sociedad es antikirchnerista o antimacrista. No se apoya a un partido o un frente por convicción, sino por rechazo a lo que expresa el “otro”. Ese componente emocional nocivo de la sociedad es llevado racionalmente por buena parte de la dirigencia política, que la empuja y cava más hondo la grieta porque la antinomia ha generado un gran negocio político.
Cuando la hegemonía política la tenía el kirchnerismo, se armó una coalición opositora que llegó a ser gobierno. Gran parte del fracaso de la gestión de Cambiemos (ahora Juntos por el Cambio) se debió las pobres convicciones de los socios unidos: el PRO, la UCR y la Coalición Cívica.
Lo mismo ocurre ahora con el Frente de Todos, que se unió para enfrentar y derrotar al macrismo. Ahora que es gobierno, y luego de un mal resultado electoral, las diferencias entre las distintas vertientes del peronismo se hacen más clara y dificulta la gestión.
En ese juego pendular es por donde transita la campaña, que empobrece el debate, descompone a la sociedad y divorcia cada vez la relación entre representante y representado. La política es tensión, no todos tienen que estar de acuerdo, pero muchos dirigentes, cebados por un marketing berreta, la llevan hasta un límite peligroso. La violencia suele empezar con las palabras y terminar con marcas en el cuerpo.