Opinión

Las secuelas de la Segunda Guerra Mundial en Alemania

Cuando el pasado revive. Después de la destrucción causada por los bombardeos aliados, la reconstrucción continúa en marcha, no sin polémicas.

Jueves 14 de Febrero de 2019

Poco o nada conocido fuera de Alemania será el hecho de que todavía en 2019 es muy raro el mes del año que pase en que no se encuentren bombas arrojadas sobre su territorio en la última Gran Guerra. Estas aparecen por doquier, sobre todo donde se excava para hacer nuevas construcciones. El desactivado de bombas es "pan de todos los días" a lo largo y ancho de Alemania.

A 74 años del fin del conflicto esto, que parecería increÍble, es muestra de la total desproporción que tomaron los bombardeos aliados sobre todo hacia fines del conflicto, cuando toda defensa razonable del país ya era imposible.

La dimensión de este Apocalipsis en el que sucumbieron entre otras Nuremberg, Dresde, Wurzburgo y Hildesheim (todas invalorables ciudades del pasado europeo) se revela al pensar que de ninguna forma las bombas acertaban "selectivamente" sobre los nacionalsocialistas, sino sobre cualquier ser humano, hombre, mujer o niño, secuaz o no del odioso régimen nazi. Sin beneficio visible alguno, el mundo perdió mucho de lo mejor que culturalmente había logrado en su historia: esto en cuanto al daño humano y "material". El daño espiritual llega hasta hoy y los alemanes, que desgraciadamente desataron la guerra, han quedado con un complejo de culpa entendible y legítimo (culpa que el país reconoce en todo momento), pero que les produjo un bloqueo mental que no logran superar y que pesa negativamente sobre la sociedad.

A quienes no entienden que la Unión Europea es fruto no de un sueño sino de una pesadilla, estas bombas deberían dejarlos pensando. El odio y la venganza del odio con más odio nunca llevaron a otra cosa que a tragedias y catástrofes inimaginables para quien no tuvo que sobrevivirlas —el resto sucumbió y, como está muerto, nada puede decir—.

Alemania respeta su tradición musical, pero no hace lo mismo con su patrimonio arquitectónico. Claro está que los innumerables sitios históricos del país se encuentran en envidiable estado de conservación, pero no se suelen valorar ni dar a conocer como sin duda lo merecerían. Si alguien plantea hoy reconstrucciones, hay que superar barreras psicológicas e ideológicas casi infranqueables. Conviene observar los casos particulares, ya que por ejemplo Dresde logró reconstruir la imponente iglesia de Nuestra Señora, principal templo luterano del barroco Europeo. Pero en Dresde los comunistas pudieron hablar durante cuatro décadas de la destrucción de la ciudad como "crimen de guerra", cosa que ninguna ciudad de Alemania occidental se atrevió siquiera a sugerir.

Frankfurt acaba de reconstruir el corazón de la ciudad vieja entre la catedral y el Römer, sobreponiéndose a una letal lluvia de críticas que cayó desde los muchos que creen que, resurgiendo la antigua arquitectura, resurgirá el nazismo. Esta idea tan primitiva como insostenible resume la política cultural que sostiene hoy la ciudad de Nuremberg. En vez de valorarse los extraordinarios logros del pasado de esta bella ciudad, se reduce todo al "agujero negro" de 1933 a 1945 y al juicio posterior que el mundo bien conoce.

Si no fuera por la iniciativa privada, no se hubiera podido terminar de reconstruir en 2018 el patio renacentista de la Casa Peller (foto), por cierto contrariando la explícita oposición del intendente, de la encargada de Cultura y de la oficina de Conservación de Monumentos. Piedra por piedra tallada a mano, los "Amigos de la Ciudad Vieja" consiguieron concretar la obra para la que se precisaron once años de trabajo. Esta asociación privada es considerada por muchos como de "gente de derecha": sin duda reina una gran confusión de términos y, como si fuera poco, muchos creen que el castigo por la culpa de la guerra debe extenderse hasta la resignación de no recuperar joyas perdidas durante la misma.

Los alemanes se comportan en esto en forma muy característica y difícil de entender por los extranjeros. En lugar de interpretar reconstrucciones como "cura de heridas", se las demoniza como evocadoras de los malos espíritus del siglo XX. Sin embargo, resulta objetivamente discutible seguir haciendo pagar al Gótico o al Renacimiento los desvíos de una época varios siglos más tardía.

Reconstruir y valorar con objetividad nada tiene que ver con "nacionalismos". Alemania está muy lejos de mirar hacia atrás, aunque sea un innegable derecho recuperar obras perdidas de su pasado positivo, del que nadie de buena voluntad puede dudar. Es de esperar que si esto hoy no se entiende, se pueda hacer en un futuro cercano.


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