Opinión

Las ideas políticas de San Martín

La icónica figura del General José de San Martín invita a reflexionar permanentemente sobre su pensamiento y acción, no sólo en la historia argentina sino en la de todo el continente sudamericano.

Viernes 18 de Agosto de 2017

La icónica figura del General José de San Martín invita a reflexionar permanentemente sobre su pensamiento y acción, no sólo en la historia argentina sino en la de todo el continente sudamericano. No obstante la talla del prócer que liberó medio continente, la exaltación de su figura como Libertador adquirió mayor relevancia a partir de 1950, año del centenario de su fallecimiento. Hasta entonces, la actual Avenida que lleva su nombre en la ciudad de Buenos Aires llevaba el de quien fuera uno de sus rivales en la política de nuestro país, Carlos María de Alvear. Asimismo, en las estampillas de correo que se utilizaban aparecía la efigie de otro enemigo declarado, Bernardino Rivadavia. Es notorio que hasta fines del siglo XIX hubiese más monumentos a San Martín fuera de la tierra que lo viera nacer en 1778.

El primero en introducir su figura desde la historiografía oficial fue Bartolomé Mitre a través de las páginas de su obra "Historia de San Martín". Pero en la versión mitrista el héroe se nos presenta como un estratega genial desde el punto de vista militar pero despojado, llamativamente, de opiniones políticas ¡justo en los años de nuestras mayores convulsiones internas! Si bien esta visión pretendidamente aséptica pudo haber tenido en miras presentarlo a la posteridad por encima de las disidencias civiles, en los hechos operó como un escamoteo de la trascendencia acabada de su acción en los primeros años posteriores a la Revolución de Mayo.

La presentación realizada por Mitre, y copiada sucesivamente en formato escolar, de un San Martín genio militar pero supuestamente despolitizado impidió a través de las generaciones comprenderlo en su verdadera dimensión histórica. Es que el Libertador tenía convicciones políticas, las cuales, a poco de su llegada a Buenos Aires, en 1812, lo enfrentaron con otros actores de peso del momento. Así, las disidencias con Alvear quedaron claras en ocasión de convocarse la que sería conocida como Asamblea del año XIII. En efecto, para San Martín y sus seguidores, ésta debía declarar inmediatamente la independencia de las Provincias Unidas, para luego constituir políticamente el nuevo Estado. Alvear por su parte, con mayoría numérica tanto en la Logia Lautaro como en la Asamblea, pretendía someter la Revolución a los vaivenes y conveniencias de la política exterior británica. San Martín perdió frente a su contrincante (que fue nombrado presidente de la Asamblea, a la cual sometió) y la declaración de independencia se postergó por tres años. En 1815 Alvear se encargaría de dejar en claro a qué intereses servía.

La derrota política en los círculos de poder de la ciudad puerto de Buenos Aires no hizo sino acrecentar en San Martín el convencimiento de implementar de manera urgente un plan estratégico de alcance continental. De ahí que se estableciese en Cuyo y comenzara los aprestos del cruce de los Andes para caer sorpresivamente sobre los realistas asentados en Chile y, una vez liberado el pueblo trasandino, desalojar al enemigo exterior de su bastión central en el Perú. En esos años de febriles preparativos, su popularidad en Mendoza, donde formó el Ejército de los Andes, compuesto por miles de soldados de todas las provincias y también por chilenos, contrastaba con el desprestigio de los políticos que bajo la denominación de "directoriales" alternaban entre planes monárquicos para coronar a cualquier príncipe europeo, la falta de coraje para detener la invasión portuguesa y la ausencia de vínculos con la realidad social rioplatense.

Lo que la versión de Mitre omite es la decisión política adoptada en Buenos Aires, sobre todo cuando Bernardino Rivadavia se convirtió en hombre fuerte de ese Estado, asegurado el manejo de los recursos procedentes de la aduana del puerto, de negar sistemáticamente los recursos financieros y bélicos que requería una empresa libertadora como la que San Martín intentaba llevar a cabo.

La enemistad entre San Martín y Rivadavia no obedecía tanto a cuestiones personales, sino a formas antagónicas de interpretar la idea de independencia y la mirada hacia el gran espacio continental sudamericano. Es que como enseñara el pensador uruguayo Alberto Methol Ferré "con el colapso definitivo del Imperio Español, abiertos los procesos emancipatorios desde México a Chile y la Argentina, hubo dos grandes líneas: la que lideraron José Gervasio de Artigas y José de San Martín, que apostó siempre a mantener la unidad de las ex colonias para formar una Patria Grande que no se desmembrara en minúsculos estados insignificantes; y otra, la comandada por Carlos María de Alvear y luego por Bernardino Rivadavia, que siguiendo dócilmente los dictados del Foreign Office apostó a pequeñas unidades políticas ligadas al comercio de los puertos del continente".

Luego de las luchas por la independencia, cuyo protagonismo San Martín tuvo que ceder a Simón Bolivar precisamente por carecer de respaldo de Buenos Aires, nuestro personaje partió rumbo a su residencia en Francia, donde habrá de morir en 1850, en compañía de su hija Mercedes. Volvería en 1829 al Río de la Plata pero no pudo desembarcar en Buenos Aires, donde el ambiente político se había vuelto irrespirable desde que el 1º de diciembre de 1828 el gobernador federal Manuel Dorrego había sido derrocado por los unitarios y el general Lavalle había ordenado su fusilamiento, lo que alentó la hoguera de la guerra civil. En esas circunstancias San Martín recibió de Lavalle el ofrecimiento de hacerse cargo del gobierno, lo que rechazó. Pero en carta a su amigo y confidente chileno Bernardo O'Higgins demostraría estar perfectamente al tanto de la realidad política criolla, al expresar que "…los autores del movimiento de diciembre son Rivadavia y sus satélites, y a Ud. le constan los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo al país, sino al resto de América con su infernal conducta; si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honra ha sufrido de estos hombres, pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado".

Radicado definitivamente en Europa, el Libertador tuvo un último gesto cargado de simbolismo, sobre todo tratándose de un militar profesional. Dispondrá en su testamento que "el sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur, le será entregado al Excmo. Señor General de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas como prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla".

Eran tiempos en los que nuestro país sufría la agresión combinada de las dos potencias militares y económicas del momento, Inglaterra y Francia. Acaso comprendiera que lo que se libraba era una segunda y definitiva guerra por la independencia.


Pablo Yurman (*)

(*) Director del Centro de Estudios de Historia Constitucional Argentina "Dr. Sergio Díaz de Brito", Facultad de Derecho, UNR.


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