Opinión

La vuelta al mundo en el 218

Viajar en colectivo para un pibe nacido y criado en Bella Vista en los 70 era una experiencia reveladora en la que un cartel y una bicicleta podían significar más que "Las enseñanzas de Don Juan"

Sábado 24 de Julio de 2021

Le gustaba ver el cartel cuando surcaba Sarmiento hacia el sur en el 218, sentado en una ventanillas del lado derecho, yendo desde el corazón de Bella Vista hasta el Politénico “por el absurdo”, diría el Cabezón Pereyra, en alguna de sus legendarias clases de Matemáticas de 4º año, con las que se había empeñado en que sus alumnos entendieran el concepto de límite sin darse cuenta que lo único que querían ellos era cruzarse al quiosquito de la Tere a comprar cigarrillos sueltos y fumar o escaparse al Farol a probar suerte con la nueva apertura que les había enseñado el ñono ése que no asomaba las narices de la biblioteca ni para ir al baño, pero que jugaba al ajedrez como los dioses.

El colectivo arrancaba el recorrido en el sur profundo, en lugares de los que solo los pioneros del Saladillo conocían el nombre, pasaba frente al cementerio La Piedad, bordeaba la vieja Estación de Ómnibus y llegaba al centro, el centro de verdad, el de La Favorita y casa Escasany, el de las cabinas de teléfono público anaranjadas y con forma de huevo de Entel y las chicas en minifalda y botas de caña alta que parecían salidas de un happening de Carnaby St. en la Londres de los Beatles, Twiggy y la psicodelia y la verdad es que con suerte se daban una vuelta a ver vidrierias por las pilcherías de calle San Luis y remataban la tarde escuchando un long play de “Alta Tensión” en las cabinas de Tal Cual.

El bondi siempre lucía cansado, frenaba chirriando las gomas, abría la puerta trasera resoplando como un toro viejo en Las Ventas y, cuando se llenaba, y eso pasaba indefectiblemente un par de cuadras antes de que doblara Balcarce hacia San Lorenzo y después , cuando ya había cruzado la Jefatura de Policía, se blindaba y corría con el acelerador a fondo hasta Sarmiento, sin parar en las esquinas, sin onda verde, en un sprint digno de un velocista del Giro de Italia. Mientras tanto los pasajeros contenían la respiración y rezaban entre dientes para que no se cruzana nadie. Nunca pasaba nada, salvo que la muchachada de a bordo, que aguantaba como podía que le exprimieran el corazón, perdía un par de años de vida.

Nadie se quejaba, que eran un par de años menos en el geriático si se podían disfrutar un par de minutitos más en la cama calentita, con frazada hasta la nariz y un mate caliente en la mano, nada, el precio de la felicidad. De ahí hasta 9 de Julio era un paseo, con paradas en cada esquina y el pavoneo de las filigranas de la carrocería, una obra de arte que hubiera sido la envidia del gran Miguel Angel, y del chofer, lentes oscuros, pucho en los labios, una mano en el volante y la otra en cortando boletos y contando sin mirar las monedas para dar el vuelto justo, un rey que las chicas soñaban acompañar acodadas a su espalda mientras Él las charlaba mirándolas por el espejo por el que vigilaba su mundo de 20 asientos.

Conseguir asiento era un milagro, no había tanta “frecuencia” (ni frecuencia modulada había, la radio era toda AM, con un ruido metálico a fritura que te perforaba los tímpanos) ni “cuándo llega”, viajar en bondi era un deporte extremo que los héroes de la clase trabajadora y sus hijos practicaban a diario sin esperanza de podio ni medalla, los bondis iban tan llenos que se conseguías lugar en el estribo, con el tablero en una mano, la regla T en la otra y el viento helado arrancándote la piel a jirones festejabas con bailecito y todo, como en Fortnite pero sin recompensa en metálico. Así el mundo, rara vez veía el cartel, pero con saber que estaba ahí, en el cielo con estrellas, valía el viaje.

No era la gran cosa, hay que decirlo, ni competía con el de la Mercantil Rosarina, que en sobre la fachada oeste del viejo Hotel Roma, recreaba una escena dantesca, un edifico en llamas y los bomberos con largas escaleras combatiendo las llamas, todo en hierro forjado y chapa pintada en vivos colores que con el tiempo fueron perdiendo su esplendor, pero jamás su presencia ominosa. Menos con e de Airoldi que, en los tiempos incipientes de internet, se la jugaba por la publicidad callejera con un gigantesco teclado de computadora incrustado contra la fachada del local y sobrevolando un par de carriles de calle Corrientes sobre la cabeza de los automovilistas que pasaban desprevenidos bajo su sombra amenazante.

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A veces se alineaban los astros y el colectivo se vaciaba en la peatonal, no subían ninguna embarazada ni ninguna abuelita de Tweety y pescaba un asiento de la ventanilla del lado derecho del pasillo y lo veía y le encantaba. Era el cartel de la bicicletería Dominicis, que la llamaba Emporio, tenía una hermosa fixie delgada y elegante en el tope y apuntaba directo a la entrada de la galería. El negocio estaba en uno de los locales que daban a la calle, pero adentro, ese laberinto oscuro, ocultaba otros tesoros, en el subsuelo había un estudio de televisión donde Roberto Caferra grababa los pisos de “Elemental Watson”, antes, mucho antes, de que le hiciera la nota al Negro Fontanarrosa a volante de un taxi.

En el corazón de la galería había un bar de la vieja escuela, mesas de nerolite blanco, fluorescentes titilantes, azucareras de vidrio. Era el refugio donde un joven periodista se sentaba a leer con la compañía de un café negro y un cigarrillo rubio, todavía se permitía fumar en los bares y eso y un libro de Castaneda le bastaba para ser feliz. Nunca se animó a admitirlo, pero cuando cerraba los ojos y se dejaba llevar se imaginaba tocando el contrabajo en la banda de Miles Davis en un bar de mala muerte del Greenwich Village. Era un soñador, como el pibe que daba la vuelta al mundo en el 218 con el sueño de ganar del Nobel de Química, pero caminaba sin levantar la vista, reconcentrado en sus pensamientos turbios. Nunca vio el cartel del Emporio Dominicis, se lo perdió, ya no existe más.

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