La única libertad es la compartida por todos
Mirar el horizonte libertario solamente desde nuestras narices es un error o como mínimo un gesto de egoísmo.

Jueves 03 de Septiembre de 2020

Miguel tiene 50 años, es rosarino y necesita trabajar cuanto antes porque no llega a fin de mes. Pero no puede hacerlo. Le encantaría llevar adelante una intensa vida social, ir al cine, comer en restaurantes con amigos, salir de compras al shopping y subirse a un avión para tostarse en alguna playa de revista. O como mínimo embarcarse en una lancha el fin de semana para cruzar a las islas entrerrianas y probar suerte con la caña y el anzuelo. También le es imposible.

Por supuesto que daría todo porque sus hijos puedan tener su viaje de egresados y elegir una carrera universitaria. Pero hoy no es una opción. Los domingos rogaría por poder ir a la cancha, a las tribunas del Coloso del parque Independencia o el Gigante de Arroyito, para disfrutar en vivo de su pasión por el fútbol. Le es prohibitivo. Tampoco tiene la chance de conectarse vía Zoom para proyectar ideas laborales pospandemia. La señal de internet deja mucho que desear en el barrio periférico en el que vive.

Claro que, por sobre todas las cosas, es feliz mirando a los ojos a Marisa y con que ella le devuelva la misma mirada llena de sol. A esta altura, vale la aclaración de que Miguel no padece estos problemas desde marzo cuando comenzó la cuarentena y el aislamiento preventivo que se instauró con la pandemia. Para él, tener trabajo digno y formal, acceso al esparcimiento y sentido de pertenencia social es una carencia que arrastra desde que nació, cuando la palabra coronavirus ni existía.

Tal vez como sociedad se debería pensar en que la única libertad real es la colectiva, la compartida, a la que todos deben tener acceso siempre. Mirar el horizonte libertario sólo desde nuestras narices es un error o como mínimo un gesto de egoísmo. Sea antes, durante y después del coronavirus.