Sábado 07 de Mayo de 2016
El avance de los partidos de extrema derecha en Europa no parece ya una casualidad. Tampoco responde sólo a un electorado marginal que siempre les dio el voto a los políticos que propician terminar con la Unión Europea, cerrar las fronteras a los refugiados y vigilar cuidadosamente a los millones de extranjeros o hijos de inmigrantes que ya viven en su territorio.
A este panorama se le agrega el complicado capítulo de los Estados Unidos, donde un magnate que está más a la derecha que sus propios correligionarios del Partido Republicano, será seguramente nominado candidato presidencial.
Primero Austria. Los recientes atentados en París y Bruselas son aprovechados por la ultraderecha para ganar posiciones, a tal punto que en Austria el triunfo del xenófobo Norbert Hofer del Partido para la Libertad (FPO) volvió a encender las luces de alarma en un país donde no es la primera vez que esa agrupación lidera una elección. En el año 2000 el abiertamente pronazi Jörg Haider llegó a colocar al partido en la coalición de gobierno por un tiempo.
Haider fue gobernador de una provincia austríaca y su discurso xenófobo, mucho antes de la crisis actual de los refugiados, ya ganaba adeptos. Su carrera política terminó cuando murió en un accidente de tránsito al manejar borracho por la ruta a 140 kilómetros por hora.
Pero los casos austríacos de Hofer y antes Haider son excepciones, cada vez más habituales, en un país que luego de la Segunda Guerra Mundial siempre fue gobernado por una coalición socialdemócrata y conservadora, que ahora fue relegada a un tercer puesto en las preferencias del electorado. Hofer obtuvo el 35 por ciento de los votos, seguido por el Partido Verde con el 19 por ciento y muy atrás el oficialismo con apenas el 10 por ciento. Si se confirman estos resultados en la segunda vuelta del 22 de mayo, la ultraderecha austríaca llegará al gobierno, con lo que puede configurar el inicio de un cambio de paradigma de los últimos setenta años en Europa.
Sigue Francia. Los postulados de la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad suenan como "démodé" en una nación donde el Frente Nacional de Marine Le Pen tiene chances de pelear la presidencia en los comicios del próximo año. Viene obteniendo buenos resultados en los comicios regionales y para el Parlamento Europeo, donde conformó un bloque de ultraderecha de 38 eurodiputados (sobre 751) de siete países. Esto le permite tener presupuesto para campañas políticas y una voz amplificada en todo el continente.
Marine Le Pen es hija de Jean Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional, una agrupación xenófoba, racista y antisemita. Hoy, a los 87 años, Jean Marie Le Pen todavía integra el Parlamento Europeo aunque no en el mismo bloque que su hija. En 2002 llegó a disputar el ballottage presidencial con Jacques Chirac, cuando perdió por 82 por ciento a 17 por ciento, en una reacción a tiempo del pueblo francés que repudió a un personaje que hace responsable de todas las miserias del país a los inmigrantes (sobre todo a los musulmanes), que no se cansa de decir que las cámaras de gas nazi fueron un "detalle" de la historia y que con "tres meses del virus del ébola se pueden arreglar la explosión demográfica mundial y detener la inmigración masiva a Europa". De este padre ominoso mamó la política Marine Le Pen, quien astutamente lo apartó del partido para moderar su lenguaje con el fin de captar más voluntades, no únicamente las execrables de siempre, que la lleven al Palacio del Elíseo de París. El descontento por la marcha de la economía, los atentados terroristas, la creciente población musulmana y la constante inmigración abona las bases del partido que, de llegar al poder en 2017, causaría una conmoción no sólo en el Viejo Continente, por su abierta posición euroescéptica, sino globalmente por el peso de Francia a nivel mundial.
"La gente es más consciente de que la Unión Europea es una estructura antidemocrática que subyuga al pueblo", dijo hace poco Marine Le Pen. Pero no mencionó que desde la creación de la entonces Comunidad Económica Europea en 1957, con seis miembros fundadores, a la actual Unión Europea de 38 países, el continente no volvió a tener conflictos armados a gran escala continental y el bienestar de su población ha sido notable.
El resto se suma. Distintos partidos o grupos de ultraderecha europea, con más o menos caudal electoral, saludaron con énfasis el triunfo de Norbert Hofer en Austria. Matteo Salvini, secretario general de la Liga del Norte de Italia, dijo que los austríacos, "al igual que nosotros quieren reglas, orden, puestos de trabajo y tranquilidad".
En Holanda, Geert Wilders, del Partido de la Libertad y miembro del Parlamento, calificó de "fantástica", la elección de Hofer. Lo mismo que Filip Dewinter, del derechista partido belga Vlaams belang.
En España, Santiago Abascal, de la ultraderecha Vox, dijo que estos resultados "muestran el camino que está tomando toda Europa. Se han terminado los discursos prohibidos, las oligarquías políticas y periodísticas que han tratado de imponer a los ciudadanos lo que debían pensar y a quién debían votar. Los refugiados y la invasión islámica —agregó— han llevado al pueblo a una reflexión acerca de quién los estaba defendiendo". En una España convulsionada, en crisis económica y sin poder formar gobierno, ese discurso seguramente es movilizador en las masas acríticas.
En Alemania, con dos juicios simultáneos a grupos neonazis y de ultraderecha, la agrupación xenófoba Alternativa para Alemania (AFD) sacó ventaja del triunfo en Austria. "Tenemos una relación de hermandad, nuestros aliados políticos en ese país han lanzado una importante señal, que son la expresión del vuelco político que está dando Europa", dijo el líder del partido, André Poggenburg.
Alianza peligrosa. En la convención republicana de julio próximo seguramente Donald Trump será nominado como el candidato republicano para las presidenciales de este año en Estados Unidos. Su discurso agresivo, sus promesas xenófobas y ultranacionalistas se encuadran perfectamente con la nueva ola de derecha que va en ascenso en Europa y parece que cruza el Atlántico hasta los Estados Unidos.
Ted Cruz, que abandonó la primarias y dejó solo a Trump para que sea ungido, se diferenciaba sólo en los modales pero no en el pensamiento político y ya asoma como parte de un eventual gobierno de Trump. En caso de ser presidente (para eso tendrá que ganarle a Hilary Clinton) en noviembre imprimiría un decisivo giro hacia posiciones políticas más extremas en todo el mundo.
Un personaje de gran importancia en este cuadro de situación, como el presidente ruso Vladimir Putin, no puede ser soslayado. Rusia apoya a la dictadura siria de Bashar al Assad, financia a los rebeldes ucranianos y tiene vínculos muy fuertes con los ayatolás iraníes. No por eso deja de mantener buenas relaciones con el gobierno alemán ni con Estados Unidos. Es un jugador que puede inclinarse para cualquier lado de acuerdo a sus intereses estratégicos.
Este panorama llevó al político conservador británico Michael Gove a sincerar su opinión ante un periódico ruso (www.Pravda.ru). Dijo que "la unión que se está formando entre Vladimir Putin, Marine Le Pen y Donald Trump puede propagar el caos por todo el mundo y destruir nuestra democracia".
Con eventuales gobiernos simultáneos de esos tres políticos en Estados Unidos, Europa y Euroasia, ¿puede esperarse una política de distensión de los conflictos armados, de una solución al problema del drama de los refugiados y de la pobreza global?
Si la extrema derecha llega al poder y se convierte en una opción política mundial en una sociedad que viene perdiendo valores solidarios, puede significar el retroceso a situaciones donde el desprecio por la vida humana y el culto a lo material sean una práctica conceptual corriente.