Opinión

La tragedia de Salta 2141

Santiago tenía 25 años, era hincha fanático de Independiente, estaba de novio y quería ser médico. Estudiaba en Rosario y la tragedia de Salta 2141 cegó su vida.

Jueves 06 de Agosto de 2020

Hoy no pude abrazar a Claudia Vaio. Es un 6 de agosto particular, atravesado por esta pandemia que nos hace vivir como si estuviésemos dentro de una pesadilla permanente y nos obliga a salir lo menos posible. A Claudia la pandemia no debe afectarla porque su pesadilla comenzó mucho antes en Salta 2141 y no terminará nunca. Intuyo que es lo que debe sentir cada mañana, cuando abre los ojos y se enfrenta a la vida.

Claudia es la mamá de Santiago Laguia, una de las 22 víctimas fatales de la explosión de Salta 2141 hace siete años. La conocí dos o tres días después de la tragedia, mientras esperábamos que los bomberos lo rescataran con vida de debajo de los escombros. Unos días después de que encontraran el cuerpo de Santiago abrazado a Luisiana Contribunale (otra de las víctimas) en el último recoveco de lo que quedaba del edificio, nos vimos en Pergamino. Hablamos dos horas en unas oficinas del centro de la ciudad bonaerense mientras mi compañero Sergio Toriggino retrataba a una madre, un padre (Carlos) y una hermana (Maca) destrozados por el dolor. Me contaron quién era Santiago, qué hacía, cuáles eran sus proyectos. Se conmovieron varias veces, se rieron de a ratos, lo recordaron con ternura. Cuando Sergio y yo volvimos a las ruta para regresar a Rosario lloré un buen rato, en silencio, casi a escondidas. Sentía una opresión espantoss y al mismo tiempo sabía que no había manera de sentir el mismo dolor de ellos.

Santiago tenía 25 años, era hincha fanático de Independiente, tenía novia y quería ser médico. Para conseguir ese objetivo estudiaba en Rosario y alquilaba un departamento en Salta 2141. El escape de gas y la explosión aquella trágica mañana del 6 de agosto de 2013 pusieron fin a su vida y cambiaron para siempre muchas otras. Entre ellas, la de Claudia.

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El dolor de esta mujer sufrida y valiente no es distinto al de todos los padres, abuelos, esposos, hijos, amigos, vecinos o conocidos que perdieron a alguien en ese episodio tan dramático. Pero es el que, por razones profesionales, conocí más de cerca. Nunca perdimos contacto y fue una de las primeras que una vez me dijo: "Por esas 22 muertes no van a condenar a nadie. O a lo sumo van a culpar a un perejil, como pasa siempre con la Justicia de este país". Recordé ese comentario premonitorio el día que se conoció la sentencia, demasiado tiempo después porque, ya se sabe, los tiempos de la Justicia son siempre muy especiales: habían condenado sólo al gasista que manipulaba el regulador de gas del edificio cuando la explosión pulverizó tantas vidas.

Muchas veces Claudia y yo volvimos a abrazarnos, porque después de aquella nota casi podría decirse que nos hicimos amigos. Hoy no pude verla y tampoco hubiese podido abrazarla, ni a ella ni a los demás familiares de las víctimas. Es una pena, aunque nunca será tan grande como la que sienten todos ellos por las ausencias que cambiaron sus vidas para siempre.

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