Opinión

La tentación de romper manuales

Claves. Parte de lo acertado del presidente, se perdió por la insólita decisión de ir contra lo que el mismo gobierno y los especialistas pregonaron.

Domingo 05 de Abril de 2020

En Argentina, tiene eterna vigencia la ley de Murphy: "Si algo puede salir mal, va a salir mal".

El creador de la frase no era político ni economista ni sanitarista, se trataba de un ingeniero aeroespacial: Edward Aloysiu Murphy. Desde esta columna y desde otros espacios destinados al análisis político se hizo hasta el domingo pasado una lectura positiva, elogiosa, del pulso y acción con los que Alberto Fernández y el gobierno en general llevaban adelante los protocolos y las medidas respecto de la pandemia por coronavirus.

Es más, se escribió el domingo pasado aquí que Fernández sabía, por sus correctas decisiones, que los efectos de la pandemia lo habían empoderado. Ya nadie hablaba del peso y contrapeso potencial de Cristina Kirchner. Pero, y ahí empezaba a sobrevolar la ley de Murphy, el riesgo era que se la creyera, hacer una de más, como esos futbolistas que estando para el overol se engolosinan con la pelota y terminan silbados por la tribuna. Y algo de esto pasó.

Hace una semana atrás, casi a la hora de la cena, el jefe del Estado lució con cierta soberbia, desafiante, ramplón. No dudó en calificar de "miserables" a los empresarios que querían seguir ganando plata en tiempos de pandemia y cambió por un momento la búsqueda de la unidad de clases para enfrentar el coronavirus. Todas las encuestas bañaban (y bañan) al presidente en altísimos índices de imagen positiva, una revista semanal lo calificó como "SuperAlberto" y la oposición parecía reeditar aquel título literario de Osvaldo Soriano: "A sus plantas rendido un león".

Recuerde el lector que el jefe de los diputados nacionales radicales, Mario Negri, desbordó su retórica de bronce y le dio a Fernández el generalato en la lucha contra la pandemia. ¿Se produciría el milagro argentino de evitar por una vez la ley de Murphy? La respuesta llegó el viernes: no.

Como entremés semanal a las anárquicas escenas en las puertas de los bancos, el mandatario infló de adjetivos a Hugo Moyano (uno de los adversarios más nítidos de un sector de clase media). "Dirigente inmenso", le dijo Fernández al cacique camionero, necesario para los gobiernos a la hora de garantizar paz en las calles y las rutas.

Pero volvamos al viernes: todo lo que se recomendaba hacer a la sociedad lo violentó el gobierno. Mandó a la calle al grupo de riesgo más riesgoso (permítase el juego de palabras) la noche más fría del año para que se entremezclen con otros ancianos y no se respeten las distancias. El Estado acicateando una marabunta peligrosa, casi demencial.

Si las buenas fueron para Fernández, las malas también, aunque las responsabilidades más directas sean del titular del Banco Central, la Ansés y la conducción de la Bancaria.

Hay que volver al radical Negri, porque sirve como abstracción. De los almibarados elogios al "general Fernández" pasó a sostener que lo ocurrido con los jubilados podrá hacer perder el sacrificio que se hizo en la cuarentena. "Le pido al presidente que actúe de inmediato y que los responsables sean separados", tuiteó. Así es de inestable y bamboleante la Argentina, no solamente Negri.

¿Nadie previó que sacar a los ancianos a la calle era romper todo? Cuesta creerlo. Hasta un estudiante de medicina hubiera aconsejado frenar esa medida. ¿O hubo alguna maldad incubada en internas políticas? Todas las fuentes consultadas rechazan cualquier posibilidad de zancadilla interna hacia el presidente. "No hubo nada de eso, fuimos así de pelotudos, nada más. Lo que es peor", despejó un dirigente santafesino con entrada periódica a Casa Rosada.

El gobierno tiene que volver a ser lo que fue. Impedir que el descalabro en las puertas de los bancos sea tomado como un parteaguas en la cuarentena, que se aflojen las disciplinas. Ayer, sábado, las cosas estuvieron más ordenadas.

El sociólogo francés Emile Durkheim fue quien acuñó el término "anomia", al definirla como ausencia normativa, no porque las normas no existan sino porque su cumplimiento no es percibido como obligatorio. Esa situación en la que se borran los límites y desaparecen las fronteras entre poder, autoridad y sociedad. No fue esto lo que ocurrió el viernes. Allí no hay que arrojar culpas a los jubilados, para los que siempre se hace demagogia proselitista y discursiva, pero al fin se los castiga con decisiones empíricas. La anomia, créase o no, fue del propio gobierno. Del que hace las normas. Un oxímoron gigante.

Fernández comenzó a bajar un poco en las encuestas. No está mal que las mediciones se sinceren. El presidente deberá conducir al país de ahora en más con un crédito lógico, y quedarán como estúpidos los que le atribuyeron poderes especiales. No hay "SuperAlberto". Nadie gana el cielo en tres meses.

Nunca como ahora en la historia la sociedad argentina estuvo tan pendiente de su propia responsabilidad. Que no lo arruinen los políticos. Se calificó aquí de injustificada la tentación cacerolera que se dio antes del domingo pasado. Que la clase dirigente no le ofrezca pretextos a las clases medias para enfocarse en otra cosa que no sea el cumplimiento de la cuarentena.

En los días que vienen, se necesitará que los gobernantes gobiernen, los especialistas en salud tomen decisiones sanitarias y los economistas y empresarios no infundan más temor del que ya hay. Eso se hizo hasta que el domingo pasado el presidente rompió su actitud repleta de sentido común.

Nadie, con honestidad intelectual, desea que en medio de una pandemia al país le vaya mal. Los primeros que tienen que entenderlo son los que tienen responsabilidades de gobierno.

Aclaración: Por error, ayer se atribuyó a Carlos Alberto Yelin la autoría de la nota "Por qué es necesario el aislamiento en la pandemia" cuando el autor fue Gustavo Giusiano.

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