Opinión

La sociedad, en suspenso

Miradas. Lo grave de permanecer en "espera" es la parálisis, el seguir debatiendo problemas superados por el conocimiento. Entre las urgencias y la falta de reflexión.

Miércoles 22 de Mayo de 2019

Hace unos días escuché a un periodista en Buenos Aires afirmar que la sociedad argentina está anestesiada. Que está dormida bajo la influencia de la zozobra económica, la premura y el poder sedatorio del acostumbramiento.

Afirmaba que esto no pasaría en las sociedades avanzadas donde los reflejos éticos de las personas reaccionarían ante los numerosos —y agobiantes— problemas que vive nuestra sociedad. La tesis del periodista es que la sociedad argentina está dormida. Acostumbrada.

En gran medida esto es cierto. Hace tantos años que venimos soportando la desidia, la carencia de oportunidades y, en fin, el desprecio hacia las normas básicas de desarrollo y convivencia, que parecemos no reconocer la zozobra en la que nos encontramos.

Y no solamente por la cuestión económica. Ello forma parte central del problema. Pero, sobre todo, por el impacto cultural que produce no poder acceder establemente a los estímulos necesarios para vivir, crear y pensar.

La zozobra no proviene de la urgencia, del reflejo inmediato, sino de sus consecuencias. De la lejanía que supone concebir un mundo complejo, con conflictos, pero también con proyectos. La urgencia desintegra la esperanza porque no existen los medios. No hay medios con los que pensar en el futuro. Y entonces todo queda suspendido.

A diferencia de la sociedad anestesiada, quizás sea más exacto pensar en una sociedad en suspenso. En una condición de coyuntura donde las carencias estructurales condicionan el futuro. Lo reducen a un estado de "espera" hasta que las cosas vayan mejor.

¿Cuál es el riesgo de permanecer en la espera? ¿Qué dice esto de la Argentina como sociedad? Pues que no hemos sido capaces de entrar en el desarrollo. Que estamos discutiendo, aún, problemas superados por el conocimiento, el esfuerzo y la experiencia. Ser uno de los países con mayor riesgo de inversión en el mundo debe decirnos algo.

Y no me refiero al gobierno actual, ni aún al pasado. Me refiero a lo que el historiador argentino José Ignacio García Hamilton llamó la "encrucijada histórica". El pensar qué han hecho las generaciones pasadas para desembocar en este estado de cosas. En el suspenso de no saber qué sucederá mañana.

Los clásicos (Platón, Aristóteles, Séneca) tenían una preocupación. Cómo puede haber un orden, un sistema de relaciones humanas, que desembocara en la felicidad. Pero la felicidad no como término absoluto, sino en términos de seguridad. En la convicción de que el "orden de cosas" no permitirá el desastre. Por el contrario, buscará distribuir equitativamente las cargas cotidianas.

Y nuestra sociedad está dando muestras de lo contrario. Está deteniéndose en el suspenso aguardando qué pasará con el futuro. Qué harán los gobernantes para que podamos salir. Cuándo nuestros recursos podrán generar crecimiento, desarrollo y producción.

Esto es lo grave del suspenso. La parálisis. El no creer. El no confiar. Pero ello no es gratuito. Las personas no confían cuando no tienen reglas. Cuando lo que hoy es negro mañana es blanco. En filosofía política esto se llama inestabilidad. Más profundamente, falta de confianza. Anomia.

La pregunta luego es cómo salir de ello. Cómo respirar. Pensar. Proyectar. No se puede si la urgencia nos colma. Si todo lo que pensamos se reduce al sólo día. Necesitamos poder imaginar. Tener la confianza suficiente para salir de donde estamos hoy y llegar más arriba. Progresar. Y esto es imposible si no tenemos la posibilidad (los recursos) que hagan de ello algo creíble.

En grandes trazos parece que la Argentina está a contramano. Está saturada de urgencia, de coyuntura, y carente de reflexión. Y esto la detiene. La pone en un lugar de espera. Como cuando esperamos que suceda algo para poder avanzar. Y éste es el peor estado de la sociedad. El del suspenso.

Una sociedad en suspenso no avanza. No arriesga. No invierte. Y se queda esperando a que venga un tiempo mejor. Luego los tiempos vienen. Pero mientras tanto estamos detenidos. Suspendidos por el temor, la falta de perspectivas y la especulación. Nunca esto dio resultado. Lo que resta preguntarse es cómo será la salida.

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