Opinión

La singularidad del momento político

Actualidad. El afán de marcar semejanzas y continuidades de Cambiemos con gobiernos del pasado cancela la posibilidad de identificar lo que tiene de novedoso.

Domingo 29 de Julio de 2018

El triunfo de Cambiemos en 2015 resultó sorpresivo para una gran parte de los argentinos, pero no lo fue en cambio para un grupo de estudiosos (Vommaro, Morresi, entre otros), que venían observando el lento y silencioso proceso de construcción que lo precedió. La sorpresa ante lo inesperado generó perplejidad y negación entre quienes descontaban la continuidad del oficialismo –los desacuerdos invocados como excusa por CFK para transferir los atributos del mando expresan ese estado de ánimo–, pero en otro sector de la sociedad esa incredulidad pronto se trocó en una genuina expectativa, abriéndole un crédito temporario que explica el respaldo que recibió en las elecciones del año pasado

Aquellos estudios confirman las bondades de una aproximación desprejuiciada ante algo nuevo. Para ello es preciso resistir la tentación de reducir lo desconocido a lo conocido. Este suele ser el principal obstáculo cuando se caracteriza a Cambiemos, pues el afán por marcar sus semejanzas y continuidades con otros momentos cancela la posibilidad de identificar lo que tiene de novedoso. Resulta cómodo y tranquilizador asociarlo con el neoliberalismo de los 90 o la debilidad de la Alianza, pero esas etiquetas ocultan cierta pereza intelectual que impide captar matices, y sus límites y fortalezas. Conviene repasar algunos rasgos que le otorgan singularidad.

Se trata del primer gobierno democrático que no es radical ni peronista y el primero que triunfa en segunda vuelta. Aunque el radicalismo sea un aliado decisivo de la actual coalición gobernante y tampoco falten funcionarios provenientes del peronismo, ellos integran una alianza (Cambiemos) liderada por un partido pequeño (PRO) que surge tras la debacle del 2001 nutriéndose de dirigentes de variada extracción política (radicales, peronistas, conservadores), de cuadros empresariales y del mundo de las ONG's. Si el colapso de comienzos de siglo significó el derrumbe del polo no peronista, dejando huérfano a un amplio sector de la sociedad referenciado en ese espacio, el triunfo de Cambiemos revirtió esa orfandad, anunciando la irrupción de una coalición competitiva que restableció el equilibrio perdido tras el declive del radicalismo.

Desde su llegada al gobierno, las expresiones más críticas de la oposición no demoraron en denunciar sus afinidades con el neoliberalismo de los 90, mucho antes que el endeudamiento externo adquiriera las dimensiones actuales y que el FMI regresara al centro de la escena política, dos rasgos que reconocen un indudable aire de familia con aquellos tiempos. Es cierto que muchos dirigentes y funcionarios del PRO no disimulan sus preferencias por el mercado ni su apuesta por una mayor apertura al mundo. Sin embargo, esta orientación promercado no convierte a este momento en una mera réplica de la década de Menem. Abusar de esta homologación no sólo impide distinguir los diferentes contextos que rodean a cada una de estas experiencias sino también advertir algunos topes políticos y sociales que definen márgenes de maniobras muy distintos para cada gobierno. El clima de época de los '90, dominado por la implosión de los socialismos reales y el Consenso de Washington, creó un ambiente ideológico que, conjugado con factores domésticos muy críticos (hiperinflación galopante, endeudamiento externo y déficit fiscal), favorecieron la adopción de un programa de reformas considerado inaceptable hasta entonces. Pero éste a su vez no habría resultado viable si no hubiese contado, además, con una amplia y heterogénea coalición social y política que reunía fuerzas y actores que parecían inconciliables (recordemos la alianza entre el PJ y la Ucedé, o la designación de un gerente de Bunge&Born en el Ministerio de Economía). Todo ello se tradujo en una holgada mayoría parlamentaria que aseguró al Ejecutivo el apoyo indispensable para impulsar su ambicioso programa de reformas. El gobierno de Cambiemos no sólo se mueve dentro de otro clima de ideas –aunque cierto rechazo a la sobre-regulación estatal de los años previos generó un sentido común antiestatal que recuerda a los '90–, sino que debió ingeniárselas para gestionar sin los recursos con los que contó Menem y sin el robusto apoyo parlamentario que éste mantuvo a lo largo de una década: una debilidad que subsiste incluso tras mejorar su representación parlamentaria en 2017.

Este gobierno no sólo tiene topes políticos sino también sociales. La sociedad que recibe en 2015 contiene un tercio de pobres y eso fija un límite que exige atenuar la ortodoxia que muchos descontaban de antemano, lo que explica no sólo la continuidad sino incluso la ampliación de las políticas sociales impulsadas por los gobiernos anteriores. Esa cruda realidad social no admite una lectura dogmática como la que reclaman ciertos exponentes del fundamentalismo de mercado, y explica la fuerte dosis de pragmatismo que ha mostrado el gobierno.

Todo esto crea un mix difícilmente encasillable en los estereotipos que dominan el debate político actual: algunos rasgos mantienen afinidad con el pasado (el primado de la lógica financiera, el fuerte endeudamiento externo, el monitoreo del FMI), pero ellos coexisten con topes que explican tanto la continuidad de una política social gestada bajo otro clima de ideas –asociado a la expansión de derechos y mayor protagonismo estatal–, como la imposibilidad de intentar privatizaciones indiscriminadas como las que desmantelaron al Estado en los 90.

También se asocia a Cambiemos con la experiencia de la Alianza, agitándose el fantasma de la inestabilidad e ingobernabilidad que puso fin a su gobierno. Esa imagen, alentada interesadamente, no carece de asidero en una región en la que, desde el 2000 al presente, once presidentes electos no completaron sus mandatos, mostrando un patrón de inestabilidad presidencial que excede a nuestro país. A ese cuadro regional se suman motivos locales que vuelven verosímil ese presagio, especialmente cuando se trata de la estabilidad de un gobierno no peronista. Se suele evocar a Alvear como el último presidente no peronista que logró concluir su mandato allá por 1928, y como contrapartida, los antecedentes más recientes de Alfonsín y de la Rúa como ejemplos cercanos de inestabilidad presidencial en gobiernos no peronistas. En los 35 años de vida democrática transcurridos desde 1983 hemos pendulado, como sugiere María M. Ollier, entre presidentes dominantes que completaron sus mandatos (Carlos Menem, Néstor Kirchner y CFK) y presidentes inestables que entregaron anticipadamente el gobierno (Alfonsín y de la Rúa, pero también Duhalde, con la particularidad de no haber sido electo por el voto popular sino por una Asamblea Legislativa tras la crisis del 2001). El gran desafío de Cambiemos reside en completar su mandato. De ese modo aportaría un valioso faltante a la experiencia democrática abierta en 1983, pues si bien hemos asistido a varios momentos de alternancia en el gobierno (1989, 1999, 2015), ella ha sido "imperfecta", como sugiere Juan Russo: hasta el presente, sólo algunos presidentes finalizaron sus mandatos. Que esto resulte posible depende de una constelación de factores, especialmente de los recursos de gobierno que logren reunirse. Éstos no sólo provienen de los instrumentos legales que la Constitución prevé para todo presidente electo, sino también de los apoyos políticos y sociales que pueda sumar con su gestión y liderazgo. Esos apoyos pueden ser institucionales (mayoría parlamentaria, número de gobernaciones, resultados electorales), y no institucionales (sondeos de opinión, niveles de popularidad, respaldo de organizaciones sociales, sindicales y empresarias).

Cambiemos no posee los recursos que tuvieron algunos presidentes dominantes (Menem o CFK), pero tampoco padece la misma debilidad que aquejó a gobiernos inestables como el de la Alianza. Si la suerte de De la Rúa quedó sellada en las elecciones de octubre del 2001, en las que el gran protagonista fue el "voto bronca", el gobierno de Cambiemos obtuvo un respaldo en las legislativas del 2017, aunque parte de ese capital político se haya diluido en los meses siguientes. De los resultados de sus políticas públicas dependen sus chances de ampliar su activo político y aspirar a un nuevo período. Eso nos revelará si las elecciones de medio término se comportan como un predictor confiable de las presidenciales. La derrota del radicalismo en 1987 anticipó el triunfo del PJ en 1989; la de Menem en 1997, el de la Alianza en 1999; y lo mismo sucedió con el revés de CFK en 2013, dos años antes de la victoria de Cambiemos. Algo similar ocurrió con los triunfos oficialistas en las elecciones previas a la reelección de Menem en 1995 y a la victoria de CFK en 2007. La regularidad observada en ambos casos sugiere que las elecciones de medio término poseen cierta capacidad predictiva. ¿Sucederá lo mismo en esta ocasión? Eso aún está por verse pues Argentina es un país muy volátil e inestable y el humor de esta sociedad varía con extrema facilidad. La única situación en la que aquella regularidad resultó desmentida fue cuando CFK ganó las elecciones presidenciales de 2011 por el 54% de los votos, luego del revés sufrido en las elecciones intermedias de 2009. Es cierto que entre uno y otro momento mediaron circunstancias excepcionales (entre otras, la muerte de Néstor Kirchner), pero muestra cuán abierto e indeterminado puede ser el futuro en nuestra experiencia política.

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