Opinión

La reacción de los líderes ante la crisis global de salud

La gente que controla el dinero tenía la esperanza de que ocurriera algo mucho más sustancioso.

Sábado 07 de Marzo de 2020

La gente que controla el dinero tenía la esperanza de que ocurriera algo mucho más sustancioso. La noticia de que los países más ricos del mundo estaban intentando convocar una respuesta en contra del brote del coronavirus había resonado en todas las economías como el zumbido de los helicópteros cuando llevan ayuda a una zona de desastre.

Pero la ayuda fue decepcionante. Cuando terminó la reunión improvisada de los líderes del G7 y concluyeron con una vaga declaración de solidaridad en lugar de comprometerse a realizar acciones concretas revelaron una verdad incómoda que motiva los temores sobre el virus: los encargados de implementar políticas públicas parecieran estar trabajando con el supuesto de que casi no les quedan estrategias.

En Washington la Reserva Federal anunció que iba a bajar medio punto porcentual las tasas de interés a corto plazo, un placer momentáneo para los mercados bursátiles. Pero los inversionistas retomaron pronto la venta cuando se dieron cuenta de que el dinero barato es un recurso limitado para combatir la crisis.

Según los economistas, los gobiernos tienen herramientas que podrían limitar los costos, pero han sido reacios a usarlas. Podrían darles efectivo a los empleados cuyos lugares de trabajo están cerrados, otorgar créditos a las pequeñas empresas y ofrecer paquetes de rescate a las industrias más afectadas, como las aerolíneas y otras empresas relacionadas con el turismo. Su poca disposición para poner en marcha estas estrategias parece reflejar una aversión a aumentar la deuda pública.

En EEUU, hace dos años, el gobierno de Trump presentó un paquete de reducciones fiscales por 1,5 billón de dólares —sus beneficios iban dirigidos de manera abrumadora a las familias y corporaciones más ricas— y luego comenzó a advertir la necesidad de reducir déficits presupuestarios y cancelar programas que ofrecen atención médica y vivienda a la gente pobre.

La crisis ha expuesto el último destello de una verdad consabida en las economías más grandes del mundo: el dinero público con frecuencia se puede usar para recortes fiscales, pero luego desaparece entre una neblina de advertencias sobre los peligros de los déficits mientras se discute el gasto para casi cualquier cosa.

"Si no gastas dinero en la gente que no es culpable de no estar trabajando porque hay una clara virtud de salud pública que beneficia a los trabajadores cuando se quedan en casa para que no se propague el virus, entonces en comparación todo lo demás es un desperdicio total", opinó Adam S. Posen, presidente del Instituto Peterson de Economía Internacional en Washington.

"Creemos que siempre estamos gastando de más, pero al final de cuentas solo lo hacemos en asuntos relacionados con los negocios y los grupos de interés con enormes privilegios. Nunca gastamos lo suficiente en el trabajador promedio".

La amenaza más importante a la economía mundial es que el coronavirus siga expandiéndose. El brote inicial paralizó sectores muy grandes de la industria de la manufactura en China, lo que puso en riesgo la cadena global de suministros de una gran cantidad de bienes, desde autopartes a productos electrónicos. Después, el virus se hizo global, con lo que industrias de Corea del Sur a Japón y de Italia a Alemania fueron afectadas.

Desesperados por frenar el virus, los gobiernos impusieron cuarentenas, alentaron a los trabajadores a quedarse en casa y, en general, asustaron a las personas para que evitaran viajar, ir a restaurantes, exposiciones comerciales y participar en más actividades que los pusieran en riesgo de estar en contacto. Todo eso ha causado daños económicos: da señales de una posible recesión global.

El episodio del coronavirus, visto como un evento económico, presenta una combinación inusual: daña al mismo tiempo tanto al suministro como a la demanda. Limita la producción industrial y genera caos en la cadena de suministro mientras reduce el gasto del consumidor, pues un viaje al centro comercial o un vuelo en avión se sienten como actividades imprudentes.

Al mismo tiempo, los bancos centrales están operando con opciones limitadas debido a que aún están posicionados para luchar en contra de la última gran amenaza: la crisis financiera mundial de 2008. Desde EEUU hasta Europa y Asia, los bancos centrales bajaron las tasas de interés a cero e incluso menos en un intento por estimular el comercio.

El brote afectó la industria de la manufactura en China, lo que amenazó la cadena de suministro global para una amplia variedad de productos.

La Reserva Federal de Estados Unidos no parece haber actuado por un sueño mal encauzado de que las tasas bajas de interés son un antídoto para el contagio económico, sino con la esperanza de alterar la psicología a su alrededor. La reducción de las tasas envía el mensaje de que los adultos están preocupados y nos cuidan.

Sin embargo, la psicología tiene impactos distintos. Hay quienes consideran que la medida tomada por la Reserva Federal estadounidense —su primera reducción a las tasas desde la crisis financiera— es una señal de que el problema es peor de lo que se temía.

"Esta maniobra tiene el beneficio de parecer una acción, aunque a primera instancia huele a pánico", mencionó en un comunicado Jeremy Thomson-Cook, economista jefe en Equals. La medida "podría ser contraproducente al dar la impresión de que algo muy negativo está a punto de ocurrir, posiblemente una recesión".

"Las herramientas disponibles que tienen las autoridades son un tanto limitadas", dijo Richard Portes, un economista de la Escuela de Negocios de Londres. "Pero un estímulo fiscal coordinado del lado del gasto y orientado a los individuos a nivel nacional podría ser algo bueno", remató.

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