política

La que tocó

El 2 de diciembre de 2019, publicamos en la revista Panamá un artículo llamado "La que toca".

Sábado 30 de Mayo de 2020

El 2 de diciembre de 2019, publicamos en la revista Panamá un artículo llamado “La que toca”. Allí, intentábamos encuadrar el sentido del clima de asunción de Alberto Fernández. Palabra más, palabra menos, el espíritu del texto es este párrafo: “Se siente, se acerca, el nudo del siglo XXI, el fin de un largo y tortuoso preámbulo anticipado en 2001 y confirmado en la crisis mundial de 2008, el momento en donde se juega la época. Para decirlo en términos del siglo anterior: estamos entrando en la guerra del 14. Todo se sintetiza y se unifica: la crisis ecológica, política, social y geopolítica, en una amalgama común que habla del fin de los pequeños relatos de la era noventista y de la necesidad de analizar sin fragmentar”.

“La que toca” era el intento de nombrar la membrana invisible que flotaba en el aire: algo está pasando y algo tiene que pasar. Se trataba menos de un ejercicio de originalidad que de la síntesis de un espíritu de época que derramaba en nuestra cultura, política y sociedad, que hizo de la distopía su género favorito. “Imagínate tu propio Apocalipsis”: zombies, catástrofes naturales, invasiones extraterrestres o desbordes de la inteligencia artificial.

Pasado un tiempo desde aquel diciembre, nos encontramos (no solo los argentinos, sino el mundo) con esta amenaza: el coronavirus. Una amenaza que podríamos definir así: no humana, extranjera, alienígena, con la cual no es posible “dialogar” y frente a la cual la política carece de herramientas. El coronavirus encarna una lucha a muerte integral y global. Un desafío que al final apareció bajo el formato perturbador de lo común y conocido, pero deformado y amplificado: lo cotidiano hecho monstruo, en el estilo de Stephen King.

Nacida en el epicentro de la globalización contemporánea –Wuhan, una suerte de Manchester con ojos rasgados– la nueva Peste no tardó en usar esos mismos canales para distribuirse a sí misma. El virus circuló por las mismas autopistas de China a Occidente. Un viaje global previsible. La reacción de los gobiernos puso en evidencia las paradojas del siglo: casi todos fueron una versión caricatural, grotesca, calcada de sí mismos. Veamos.

China y su Estado totalitario y tecnológico –leninismo con algoritmo– inventor de la cuarentena de masas, recupera también la idea de la supremacía de la decisión política por sobre la lógica económica, develando el uso instrumental y no ideológico que hace de la economía de mercado. ¿Se podía cerrar la fábrica del mundo? ¿Es “cerrable” la globalización? Por lo menos durante unas semanas, el politburó asiático derrumbó las certezas automáticas del determinismo económico. Una idea –la de la “reversibilidad” de procesos sociales y económicos a partir de la decisión política, entre ellos el medioambiental– destinada a calar hondo. La disminución de la emisión de dióxido de nitrógeno les devolvió a millones de chinos en las ciudades el regalo de volver a ver el cielo azul. El gas que emiten las instalaciones industriales fue apagado por un rato. La NASA tradujo en imágenes satelitales la disminución de esa nube de contaminación que cubre el mapa de las ciudades chinas.

Fue el reverso del camino de Donald Trump en EEUU, quien a pesar de su retórica “populista” está mucho más preso del sistema que lo vio nacer. Tanto, que parece reacio a “cerrarlo”. No quiere o no puede, para el caso da igual. Reformulando la frase histórica de Frederic Jameson como un mandato (“es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”), efectivamente Trump prefirió el fin del mundo al fin del capitalismo. Sabe que lo suyo no es la apelación al “sacrificio” y al altruismo patriótico: su corona es económica y su reino el del consumo. Fue elegido para mantener esa ilusión, el “no pare, sigue, sigue” del modelo americano. Y está dispuesto a ejercitar las más despiadadas formas de darwinismo social: la lógica del mercado aplicado a la salud pública y que sobreviva el más apto. Su disrupción, después de todo, fue crepuscular: muros y más muros, en la potencia que supo hacer del mundo entero su patio trasero y hoy es el nuevo epicentro del coronavirus. La epidemia funciona como una máquina de rayos X que revela de manera cruel la verdad profunda de todos los poderes.

El coronavirus puso a la política mundial frente a una decisión que toca su médula ósea, y sin tiempo ni espacio para procesarla. Política de tiempos de guerra. Y no sólo a la política profesional; la sociedad entera se vio obligada a realizar “elecciones” (con quién estar, con quién vivir, qué priorizar) que acotaron el mito de las opciones infinitas de la modernidad líquida. Fue el retorno de lo real. El coronavirus implantó no sólo un legítimo terror a la muerte, sino también, en su avance, borró los protocolos y ritos con que los vivos despiden a los muertos. Cada enfermo parece pasar a un “otro lado”, en el que la ciencia y la atención médica intentarán curarlo pero en un aislamiento total. No se trata sólo de vivir aislados, sino de morir aislados. Sin despedida. Una fragmentación que alcanza la relación de los vivos con los muertos. En esa mortificación esta “guerra” juega también su mito siniestro.

Y también, el coronavirus pateó el tablero, rompió la inercia histórica del automatismo del sistema y abrió la cancha de las posibilidades de cambio político como solo una guerra puede hacerlo. Una vieja relación, la de guerra y revolución, que estructuró el siglo XX. ¿Podrá el coronavirus terminar con el ciclo iniciado a mediados de la década de 1970, el de “todos somos neoliberales” y el del “No hay alternativa” de Margaret Thatcher? ¿Y si lo termina, será lo que viene mejor o peor? Un fantasma recorre el mundo con fiebre y tos convulsa. Vuelve inevitable la impresión de cambio. Y habrá dos grupos de urgidos: los que querrán que cuando “esto pase” todo vuelva a la normalidad; los que querrán que cuando “esto pase” todo haya cambiado. Ninguno de estos reflejos podría posponer la tarea más lenta, meditada, voluntariosa y humana de hacer un mundo que viene. Se balbucean cosas a mitad de camino: la reivindicación de los Estados, la crisis del globalismo, la desmercantilización de la salud pública, y así. Cualquier cosa que suceda no será automática ni mecánica: una lección de esta crisis es mirar con desconfianza a todos los determinismos. A la Filosofía de la Historia también le entró una bala. Por lo pronto, el mejor reflejo será dejarse invadir por la incertidumbre. Estamos a la intemperie.

Por eso, la discusión global sobre la cuarentena desnuda la opción de hierro de una época: la bolsa o la vida. Bolsonaro y Trump saben o intuyen cuáles son los efectos inmediatos de su instauración: la cuarentena implica –con su socialismo de cuartel– una suerte de “nacionalización” implícita de los pobres propios, imposibles de ser librados ya a la mano invisible del derrame y al océano del mercado. Ayer, Sudáfrica e India declararon su propia cuarentena y casi al mismo tiempo el Ministerio de Finanzas indio anunció un paquete de estimulo que incluye entregas mensuales de grano y lentejas para 800 millones de personas que viven del cuentapropismo y la informalidad. Irlanda, uno de los países emblema de la desregulación en Europa, nacionalizó su sistema de salud. Y en todos lados se vive un “revival” de keynesianismo a los ponchazos en un escenario que terminaría de un plumazo, por ejemplo, con el plan económico de Paulo Guedes en Brasil. Si en la Segunda Guerra Mundial se forjó el Estado de Bienestar, ¿qué clase de Estado y sociedad podríamos forjar a la sombra del coronavirus?

Si una de las promesas de la globalización para sus ganadores era la del “movimiento” y la de la libre elección de ciudadanía –los pobres, en cambio, ya estaban “confinados” o pertenecían a la bruma migrante que cruzaba a pie los desiertos o en bote los mares– ésta parece haberse frenado. El coronavirus también nacionalizó a los más ricos. La micropolítica también desaparece de la agenda; la pandemia “unificó” a la humanidad, como suele hacerlo una amenaza percibida como “externa”. Las particularidades caen, las sagradas diversidades se mimetizan; ahora lo universal es político: no hay Identity Politics frente al coronavirus.

“Quien dice Humanidad quiere engañar”, sostenía Carl Schmidt refiriéndose a la imposibilidad de politizar un concepto tan abstracto; y la coyuntura, con su retorno de las fronteras duras y de las potestades del Estado-nación parecerían darle la diestra. Y sin embargo, hay algo más: la crisis del coronavirus se traduce en binomios que son todavía para nosotros paradojales y excluyentes (la casa y la red, la comunidad nacional y el mundo) que tal vez sea nuestra misión alquimizar y replantear de otra manera en una nueva relación que no esté basada en el libre mercado. Hoy las fronteras de los Estados están tan cerradas como la de nuestras casas: cada individuo o familia es un país con su propio régimen. El espectáculo del “retorno animal” a las ciudades desiertas nos despierta nuestro sentido atávico de especie y nos recuerda nuestra pertenencia a un ecosistema más amplio que la humanidad. Y es probable que, cuando aparezca, el logro de la vacuna sea construido colaborativamente a nivel mundial como una suerte de Wikipedia biológica. Aparece tal vez, y muy en ciernes, la posibilidad de un nuevo sujeto político global, construido a fuerza de pandemia y tragedia.

En 2019 la política argentina tomó una decisión que la sociedad acompañó y cuya hondura estratégica recién puede apreciarse hoy: empezar a terminar con “la década perdida de la Grieta”. Una etapa estéril en lo político y en lo económico, la expresión política de 10 años de estancamiento y crisis larvada, que Cristina Kirchner empezó a liquidar de facto cuando eligió como candidato a Fernández. La nominación no era “obvia”: implicaba desafiar el sentido común de la comunicación política hegemonizada por el credo duranbarbiano. Fernández aparecía como un “moderado”, racional, hombre de corbata ancha y política de círculo rojo, todo lo opuesto al prototipo de político de la era de la polarización y las redes sociales.

Así, el nuevo presidente ocupó excluyentemente sus primeros meses en el tema de la renegociación de la deuda, en torno al cual logróque rotase todo el resto de la agenda de gobierno (más allá de una política selectiva de compensación social, la Tarjeta alimentaria). Sin embargo, las dificultades de la micro gestión de la coalición peronista y el parate económico parecían desgastarlo prematuramente: “el anestesista” lo llamó el editorialista Ignacio Fidanza, en una semblanza gráfica de aquellos primeros meses. El Frente de Todos pareció trocar su nombre al Frente de los Últimos, y el juego de equilibrio macroeconómico prefiguró el deseo presidencial: salir de la crisis sin defaultear. Un sendero demasiado fino.

La pandemia rompió el equilibrio precario del eterno “gradualismo” argentino de golpe. Cuando irrumpió no solo reseteó por completo la vida del país: también explicó retrospectivamente la misión histórica de Fernández, que pasó de ser el manager de la unidad peronista al presidente de la República. El país necesitaba una figura de síntesis y la encontró en Alberto Fernández, una que jamás podría haber encontrado en Mauricio Macri o Cristina Kirchner. Esta “síntesis” es, sencillamente, la condición de sustentabilidad política de la “guerra contra el coronavirus”. La foto de Fernández y Horacio Rodríguez Larreta. Este aspecto político de la respuesta argentina frente a la pandemia es muchas veces soslayado, una curiosidad analítica siendo que en muchos países el tema del cómo y el por qué de la respuesta estatal frente a la crisis es motivo casi de secesión interna y federal. Veamos las noticias que llegan de Brasil.

En definitiva, en Argentina se cumplieron los ritos de sus Moncloas anfibias: cuando peor es la economía, mejor es la política. Como aquel pacto opaco de Duhalde y Alfonsín, que construyó un puente de salida de la peor crisis. Hoy, este consenso casi implícito es el principal activo estratégico en relación a la mayor parte de sus vecinos en América Latina. Un logro a conservar y no dilapidar. Este “unanimismo” concentró un poder en las manos de Fernández, que logra hasta ahora sin embargo el raro equilibrio entre mantener la decisión centralizada y la consulta política con la oposición.

Al respecto, y más allá del período de cuarentena, cabe la pregunta de si no sería interesante y necesario sumar de manera más orgánica a la sociedad civil –y, en particular, a su amplio espectro comunitario con movimientos sociales, sindicatos, iglesias, ONG’s, clubes– tanto para el “esfuerzo de guerra” como para la reconstrucción posterior. Inventar tal vez un modelo “tercerista” que se aleje tanto del estatismo vertical chino como del darwinismo social libertario de la “supervivencia del más sano”.

Lo que China logra con leninismo político, economía de punta y algoritmos de vigilancia total, Argentina tiene que lograrlo con democracia, economía al borde del default y un Estado (y un sistema de salud) dañados. Y una sociedad que, crisis tras crisis, se empeña siempre en vender cara la piel del oso. Y que, casi seguro, lo hará otra vez. Es la que tocó.

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