Opinión

La paradoja del socialismo

Después del vendaval. La dura derrota electoral del oficialismo santafesino abre demasiados interrogantes en torno de su futuro. ¿Se aproxima el fin de un ciclo histórico? Un intento de respuesta

Lunes 21 de Agosto de 2017

Es comprensible que los socialistas estén devastados. Por más que el resultado no se presentaba halagüeño y que difícilmente desconocieran que había sondeos que los ubicaban terceros y hasta cuartos, es evidente que la sorpresa fue genuina. No se esperaban este resultado. ¿Qué les pasó?

Quizás como nunca comprobaron que sin los radicales no van lejos. Hablamos del grueso que acompañó a ese partido a Cambiemos y no de los radicales que se quedaron con los socialistas que poco aportaron fuera del triunfo de Felipe Michlig en el departamento San Cristóbal que, paradójicamente, para todos los que viven en sus pueblos y ciudades no fue un triunfo de la UCR sino del propio senador. Está claro que los socialistas allí no pueden sopar ni una miguita. Es decir, el resultado para el oficialismo es que por mérito propio perdió en todos los departamentos de la provincia y en todas las seccionales de Rosario, por escándalo.

Es más, un memorioso cristobalense me recordó un reportaje que le hice a Michlig allá por el comienzo de 2007 cuando él presidía el comité provincial de la UCR y se manifestaba un férreo opositor a la constitución de una alianza entre la UCR y el PS que, por entonces, impulsaba fuertemente Mario Barletta, quien lo sucedería en la conducción partidaria. Michlig no quería que la UCR fuera furgón de cola de los socialistas. En una cosa no estaba equivocado: "Sin nuestra expansión territorial los socialistas no pueden ganar por más que tengan a la figura del momento". Entonces advertía que temía a posibles actitudes estalinistas que pudieran ejercer los socialistas hacia adentro de la coalición. No puse esa frase en el reportaje porque me pareció muy fuerte entonces pese a que hubiera condimentado la nota como ninguna otra.

La figura del momento que Michlig (todavía no colonizado por el PS) señalaba era Hermes Binner. Un líder que se instaló en el imaginario colectivo como el político a quien le había llegado su turno o, al decir de algunos, el que mucho antes de votar los santafesinos habían elegido para clausurar casi un cuarto de siglo de gobiernos peronistas. El desgaste peronista o el cansancio social frente a las administraciones de ese signo era proporcional al crecimiento de la figura y el potencial de Binner. "Lo que me enfurece que es que este lánguido vaya a ser nuestro enterrador", me dijo una noche el gobernador Jorge Obeid. Estábamos en la inauguración del diario Uno en Santa Fe y ambos, que ya no se hablaban por el enojo recíproco que les dejó la campaña, se saludaron con la estricta formalidad de darse las manos sin cruzar palabra.

"Viste con qué frialdad lo traté. Lo que me enfurece es que este lánguido vaya a ser nuestro enterrador", me dijo Obeid en susurro. Minutos después el propio Binner me comentaría: "Obeid casi ni me saluda, sabe que esta vez —sin la ley de lemas (ya derogada porque había sido una promesa electoral del Turco)— les gano".

Como era previsible, el 3 de septiembre de 2007 Binner arrasó en las urnas convirtiéndose en el primer gobernador socialista del país. Y desde esa misma noche, entre otras razones porque generaba la irrupción en el escenario ejecutivo de un partido que si bien no tenía nada de nuevo no era más que testimonial hasta que llegó a la Intendencia de Rosario, en una figura nacional. Claro que sin la presencia territorial del radicalismo no se puede afirmar que ese triunfo se hubiese dado o al menos con la contundencia que tuvo: 48,6 por ciento de los votos. Casi 10 puntos por encima de Rafael Bielsa, el postulante peronista.

El ministro de Gobierno de Obeid, Roberto Rosúa, que había tomado los recaudos del caso y que si mal no recuerdo incluyeron hasta algún incentivo de tipo salarial, debió asumir que los uniformados que dependían de él votaran de modo apabullante al candidato del recién estrenado (pese a la oposición de Michlig y por empecinamiento de Barletta) Frente Progresista. Como a Rosúa, al otrora ampuloso ministro de Seguridad, Maximiliano Pullaro, uno de los referentes de los radicales que integran el Frente Progresista, las Paso del domingo le hicieron probar el mismo trago amargo: al voto policial se lo llevó de modo más que significativa el precandidato de Cambiemos, Albor Cantard. A la policía santafesina no le gustó la postulación del radical ministro de la Producción, Luis Contigiani, o bien la Casa Gris deberá leer más en entrelíneas qué sucede en la relación entre el Ejecutivo y su fuerza armada.

Lifschitz viene cometiendo el mismo error que sus antecesores. Subestimar el temor ciudadano ante la inseguridad de las calles. Pasado el show de las fuerzas de Gendarmería, y éstas de paseo nada más, el gobierno parece haberse olvidado de la situación. Pero quien pasa por el trauma de un arrebato callejero, la invasión de ladrones a su hogar o la irrupción en su comercio, no votó —está claro- pensando en el neoliberalismo ni en la derecha. En todo caso si queremos entrar en ese terreno dialéctico, suelen ser personas a las que mientras le dura la impresión reclaman contra lo que se pueden identificar como posiciones de izquierda en la materia. Como se verá ni entramos en el tema de los muertos o la droga.

Todas estas cuestiones el socialismo las está revisando para ver qué les sucedió el domingo pasado y encontrar resquicios para afrontar la campaña hacia las generales de octubre. Y con un condicionante que no es menor: junto a toda esa inmensa tarea debe encontrar el modo de sostener anímicamente a su tropa que, si trabaja tan poco como para las Paso, habrá contribuido al fin.

De lo que no estoy seguro es de que el camino elegido sea el correcto. Ni siquiera estoy seguro de que sea el camino elegido. Pienso que en breve habrá una aclaración que despeje cualquier duda sobre una bajada de línea, al antiguo decir de Michlig, que suena a orden imposible de desoír.

En la edición del viernes de este diario se reprodujo (sin que nadie del gobierno hubiere objetado ni aclarado un ápice hasta ahora) la carta que el gobernador envió a "las compañeras y compañeros del gobierno". Primera sorpresa: ¿No debería haberse mencionado a los militantes también? O, ¿se trata de una admisión de una de las acusaciones que más frecuentemente se le hacen al gobierno y es que toda su fuerza operativa está a sueldo?

La carta del gobernador tiene arriba una forma ya prevista para que quien la difunda sea algún responsable de área en el gobierno y que configura la segunda y desagradable sorpresa: "Quiero transmitirles este mensaje del Sr. gobernador que hago propio y que ustedes deben transmitir a sus respectivos equipos políticos y también aquellos/as de confianza de planta y contratados". De confianza o no, a un empleado de planta en la administración pública se le hace muy difícil no acatar una orden de esta naturaleza sin temer represalias pero a un contratado se le hace imposible pues su permanencia mes a mes depende, precisamente, de la firma de ese funcionario que le pide se salga a la calle a trabajar por la candidatura de Contigiani. Ninguno de los gremios estatales, hasta donde sé, ha preguntado siquiera de qué se trata esto.

¿Explica esto por qué —a diferencia del peronismo o el radicalismo— el socialismo no ha podido generar fuera de Rosario masa crítica de afiliados, dirigentes y eventualmente durante todos estos años figuras potenciales candidateables de cantera propia? Ya hemos señalado el origen extrapartidario de quienes encabezaron las listas de precandidatos en la provincia y las ciudades de Rosario y Santa Fe; toda una paradoja.

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