Opinión

La maldita enfermedad

Reconocimiento: John William Cooke, para excitar a los analistas y politólogos, rotulaba al peronismo "el hecho maldito", inscribiéndose dentro. La palabra clave es ésta: pensamiento. El punto esencial es la inscripción.

Sábado 31 de Enero de 2009

Reconocimiento: John William Cooke, para excitar a los analistas y politólogos, rotulaba al peronismo "el hecho maldito", inscribiéndose dentro. La palabra clave es ésta: pensamiento. El punto esencial es la inscripción. No se puede, en Argentina, sin traicionar la propia existencia, pensar el país e inscribirse fuera del peronismo para analizarlo. Hay cierto escozor en la confesión: pertenezco. Se soslaya. En Argentina el que participa pertenece. Acción u omisión. Estamos. Somos.

Historiadores, analistas, politólogos, redactores y vivillos de fuera han intentado su análisis. Quien haya estado en mitad de una tribuna gritando un gol sabe que ningún relator podrá contar, así quisiera, ese momento intransferible y lo dicho: indescriptible. El peronismo carece de pensamiento lógico.

Desde su origen el peronismo transformó la sociedad. Su eje, la justicia social, se inscribe como un mandamiento laico formidable. Perentorio. Irrenunciable. Eso duele en la pelvis de la familia K. Están en falta histórica. Con su presencia (1945) la sociedad se alteró, requirió otro punto de equilibrio. Solo agitado se mezclan los componente coloidales, en descanso se separan. En su ruta al poder el peronismo es coloidal. El peronismo es un sujeto histórico sólo en la lucha.

En el comienzo del año dos notas periodísticas, una de Beatriz Sarlo sobre el actual gobierno, otra de Fernández Díaz sobre el peronismo, han sacudido a los que todavía leemos. El resto no lee, no sabe, no quiere o no le interesa. La distancia del hastío a la ignorancia y la esclavitud social son términos en los que se debate la sociedad, ignorante, hastiada y sin mañana. Los métodos de información de este siglo no son los de Fernández Díaz, de la Sarlo, míos. Somos inmigrantes fastidiados. El idioma ahora es binario. Nos molesta. Desde el mismo sitio: diario La Nación, sus autores pretenden contar el peronismo, sus desavenencias, sus contradicciones, los papelones K y su perniciosidad para el tejido social. Se quejan de esa insana pasión "montonerista" por el pasado y la reinterpretación, que lo cambia y que, por tanto, quiere cambiar el presente e imaginar otro futuro. Avanzan sobre cuestiones de alcoba y prevaricatos. Sus autores manifiestan conocimiento del sitio, de su historia, escribiendo típicas crónicas de viajeros. No son cronistas. Así lo pretendan. Escriben sobre el peronismo para sostener su posición: cronistas en un país que los lleva como polizontes al puerto al que vamos. El que sea. No quieren ser tripulantes, esta realidad no es la propia. Eso dicen. Eso reclaman. Piden la extrañeza.Yo no fui, es el clamor emboscado en los escritos. Digresión: podrían decir: "No me hicieron caso" pero, ay, sería la vergüenza de haber sido

Estos argentinos: Sarlo y Fernández Díaz, traen al presente a Cooke y su sonriente calificación. El hecho maldito, el peronismo, pone en situación de emergencia a la clase pensante en este antipático 2009. Se manifiestan al menos por dos razones.

La primera porque el peronismo avanza sin piedad, sin pudores, sobre cualquier pensamiento. Así nació. No tener otra matriz que el hecho solidario supera la ignorancia filosófica, pecado original del peronismo. La compulsión por actuar, cualquiera sea la realidad, lo identifica. Para el peronismo son buenas las palabras de los otros, usadas de modo distinto. Esto asusta. A los que viven de la interpretación y la constante reinterpretación de la palabra los inquieta. ¿Usarán palabras nuestras mañana? No es nuevo. También los inquieta el tumulto. El griterío, la muchedumbre.

La segunda razón es porque ellos participan de la decepción, iniciado el siglo XXI, del neoperonismo hipócritamente humanitario de la familia K, que concluyó en retorno al vertedero original: el propio peronismo, zafio, abyecto. Sarlo y Fernández Díaz son partícipes necesarios de la decepción. Quieren cruzar algún río que los limpie.

Se agrega, en su honor, que no pertenecen a la lujosa y execrable cofradía de los escribidores del peronismo K, que lucra y se divierte desvariándolo. No si eso es bueno o malo para ellos. No lo sé. No son travestis.

Quien esto escribe, que nunca bailó la polca de los K sabía, sabe que el peronismo es irredimible, se reconoce, pertenece a él y se sabe pecador hasta el final, tan divertido bailarín en el pecado que se puede reír de los otros pecadores. No hay peronismo sin pecado, no con las leyes burguesas que aceptaron sin despanzurrarlas cuando se podía.

Los cronistas (extranjeros en su tierra) nunca podrán bailar en mitad de la pista, meterse en la fiesta. Pan dulce, sidra, cerveza, agua florida, pomos de carnaval, caretas de papel macché y ése olor de la pista de tierra regada al atardecer. Dentro, pero fuera, desesperan. No les gusta el olor a sobacos.

La desesperación es eso: desesperante. El peronismo es el hecho maldito de la burguesía argentina (aquí nunca hubo nobleza, de aquella que viene de la realeza, hubo inmigrantes enriquecidos, que es otra cosa). Cada tanto asusta la "teleología" del peronismo. Decaimiento. Un poco más cada día. Con matices, pero siempre prepotente, inculto, berreta, vengativo, una idea filosófica/folclórica tan de choripán, de tetrabrik y colectivo alquilado, tan decadente…

Asusta, intimida y salen para advertirnos que ellos, los cronistas, están asustados. Tienen razón. Todos compartimos el miedo, la angustia. El susto. La familia K asusta.

Argentina no tiene rumbo cierto, no tiene programa económico, no es previsible, es hoy montonera, mañana gorila, siempre torturadora, abusiva, injusta, coimera, aprovechada, burladora. Argentina es barbarie.

El sueño es a repetición. Ayer, hoy, mañana vienen cronistas a contarnos que un día llegaron los cabecitas negras, los sudorosos, sin dientes y sin camisa a invadirnos y podés creer, che, nos invadieron, se misturaron, nos metieron sus genes y ahora somos como ellos. Ellos son los que pidieron vacaciones, sueldos, salario familiar, educación, salud, trabajo, reconocimiento, dignidad. Imposible de creer, pero cierto. Aún lo piden. Viven prometiéndose justicia social. Se engañan entre ellos. Menos mal, dirán esos cronistas, que mañana nos vamos, nos volvemos al país del no me acuerdo, ventaja que da la doble ciudadanía acotarán, sonrientes. Pobres ángeles caídos. Su buque es como la nostalgia, no tiene puerto donde recalar.

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