Opinión

La libertad de nuestra conciencia

Pensamiento y realización. Sin autoconciencia no habría razón, inteligencia, espíritu ni libertad. Interrogantes en torno de nuestra propia sociedad nacional planteados desde lo más hondo de la filosofía.

Martes 24 de Octubre de 2017

¿Llegamos a ser conscientes de nosotros mismos, en este mundo de intromisión de mensajes y de invasión mediática? ¿Podemos realizarnos según esa conciencia, dado ese contexto?

Pero retrocedamos a principios que nos proporcionen algún fundamento:¿es posible, siquiera, ser consciente de sí? ¿Cómo explicarlo, en tal caso?

Que cuando somos conscientes de algo no podemos estar ignorando a nuestra propia conciencia, parece evidente; ¿y de nosotros mismos? ¿Cuál sería el objeto de conciencia en este caso? ¿Cómo puede un sujeto ser objeto de sí mismo?

No dudó Fichte: "Toda conciencia es únicamente autoconciencia". Quiso decir: no la hay, sin a la vez serlo de sí misma. Comenzó diciendo: el yo pone como no-yo, a la realidad exterior. Lo que podemos decir a la inversa: el yo se afirma, negando lo que él no es. No es que diga que la realidad no existe; dice que ella no es el yo desde la perspectiva de éste. Y es desde esta perspectiva que aquélla puede ser tenida por racional. Negación que es pues, principio de nuestro saber.

Hay pues autoconciencia. De un sujeto-objeto. Es acción libre y espontánea de auto-posición (por contraposición, dadas, posición y contraposición, conjuntamente); captado a la vez por intuición intelectual. Es intuición, es inmediata, pero inteligente: que si quiere saber es que se sabe inteligente.

¿Y a qué se aplica esa inteligencia? A proponerse fines (se = a sí); fines a realizar "en el elemento pasivo del mundo". El yo sabe de su actividad (y de sí) por su inteligencia del fin: autoconciencia, inteligente y libre.

Kant definió al fin asociándolo con el objeto: es "el objeto de un concepto en la medida en que el concepto es considerado como la causa del objeto". Es decir: el objeto es un fin cuando el concepto es su causa; lo hace ser. Conceptos identificados en Fichte; porque el yo no tendría conciencia de sí sin esa actividad; que se manifiesta en el acto de proyectar un concepto de fin que se ve en su objeto. Y con ello, introduce al espacio y tiempo de la objetividad y se capta como fuerza sensible unida a un cuerpo.

Identidad por eso, entre sujeto y objeto: la relación de pensamiento se concibe como distinguiendo a sujeto y objeto; pero la actividad misma en que consiste, es a la vez consciente y autoconsciente, sujeto y objeto, intuición y concepto.

Tampoco Hegel dudó de la posibilidad de la autoconciencia. No habría sin ella ni razón, ni inteligencia, ni espíritu. Ni habría libertad. Autoconciencia que "…sólo alcanza su satisfacción en otra autoconciencia"; vale decir, en la interacción. Sólo que volviendo siempre a sí y mediada (dialécticamente) por una objetividad cultural e institucional.

Desde que el hombre sabe de sí, se da a sí mismo como espíritu, dice Hegel. Es espíritu subjetivo. Ese saber lo mediatiza de su propio organismo. Con mediación, objetiva, de las instancias éticas (familia, sociedad civil, Estado). Pero que no deja de consistir, subjetivamente, en el saberse libre el humano como tal (o espíritu), en sí.

¿A qué atribuir entonces, la calidad de libre? ¿Qué es, en concreto, tanto la "actividad" de Fichte como la "realización del espíritu" de Hegel como la "razón práctica" de Kant, sino esa capacidad de actuar conscientemente que denominamos voluntad? De modo que libre es la voluntad. Y su condición sociocultural de realización es el Estado de Derecho.

Porque el Derecho (en un Estado de Derecho) es la existencia de la voluntad libre. Un tal Derecho no limita la libertad sino que es su condición. Voluntad en relación con los otros en una comunidad. Y que las instituciones brinden el cauce para esa realización.

Despliegue de la voluntad que, una vez agotado su objeto, retorna a sí misma para un nuevo despliegue, en la producción incesante del hombre de sí mismo.

Dice Hegel: el querer es la forma más perfecta del conocer; aquélla que crea su objeto. Esa creación es la libertad. Pero ésta misma debe hacerse autoconsciente: la propia libertad debe quererse.

Voluntad que es, además, realización política. Es la voluntad general de Rousseau. Sólo que con mediación cultural e institucional, lo que Rousseau no aceptó por temor a un regreso al derecho divino que había dado fundamento a la monarquía absoluta así como a los privilegios estamentales de la sociedad feudal. Importaba a Rousseau, por eso, que no hubiera sociedades parciales en el Estado y que cada ciudadano opinara por él mismo.

Es lo que Hegel criticó: el fracaso de la revolución (francesa) obedeció según él, a esa inmediatez entre lo universal y lo singular que se pretendió. Libertad absoluta, intolerante de la diferencia, que condujo al Terror. Mostraba la necesidad de la mediación cultural e institucional.

Pero volvamos a la posibilidad de la autoconciencia: ¿la hay en definitiva, para Hegel?

Ya en su "Introducción a la fenomenología del espíritu", de 1807, lo dice, al definir al acto de conciencia como "el distinguir algo de sí, a lo que al mismo tiempo se refiere". Y saber de algo como diferente de sí, implica el saber de sí. En la conciencia de objetos, por tanto, hay ya conciencia de sí o autoconciencia.

De manera que dos de los principales pensadores de nuestra subjetividad no lo dudaron.

Subjetividad y autoconciencia que sólo podemos concebir a partir de la "vivencia" (como bien la denominara Husserl); como un ascenso desde la materia animada hasta la intuición (intelectual) de sí misma, que se objetiva como espíritu inmanente a lo real (no trascendente ni metafísico) y que en sus manifestaciones estudian hoy las ciencias de la cultura.

Que es subjetividad, precisamente, por ese movimiento de negación de toda objetividad: sólo así se entiende que pueda contrastar con la pasividad inerte, sin que su fundamento requiera derivación de alguna instancia metafísica.

Si no es otra cosa, en el individuo autoconsciente, que la vida misma. Que se desdobla y pone ante sí y para sí, en virtud de un sistema nervioso altamente evolucionado, centralizado y especializado alcanzado por su especie. Ni es otra cosa que individuo viviente el hombre, sólo que habiendo alcanzado la conciencia de sus vivencias. Ni es otra cosa que vida el espíritu, sólo que de nivel superior y que se objetiva, conserva y acumula en las formas culturales que la historia va registrando.

Cultura que a su vez revierte como formadora de la conciencia individual. En un proceso que debiera hacer posible, no sólo que el hombre llegue a reconocer su ser para sí, sino que pueda orientar sus relaciones interindividuales hacia un "mutuo reconocimiento intersubjetivo" (no ya de dominio). Ello por los cauces que deben brindar instituciones racionalmente fuertes y por referencia a significados culturales básicamente compartidos.

De modo que no es que gracias al espíritu el hombre accede a otra vida; pero sí que durante ésta, su vida orgánica (y aun después, por la permanencia del registro cultural), ha dejado de reducirse a ella. Siendo el movimiento de separación por negación de aquello a lo que niega reducirse, el que genera el espacio interior que le permita pensar y desarrollar un conocimiento en el cual se reconozca y alcance su dignidad. Ese movimiento es la libertad.

Y termino como empecé, habida cuenta de los conceptos que intenté esclarecer en lo que antecede: ¿somos —me refiero a los argentinos— conscientes de nosotros mismos? ¿Hemos ejercido nuestra voluntad de un modo conjunto y continuado como para poder reconocernos en nuestra obra, con un trabajo común y para el bien común que enriquezca nuestro mundo social y cultural? ¿Es él, en su contenido, un mundo digno de revertir en las nuevas generaciones, como formador de una conciencia moral? ¿Contamos en él, al menos, con instituciones suficientemente firmes que nos garanticen, tanto libertad de ejercicio de la voluntad (general e individual) como posibilidad de pasaje a un mundo de mejoramiento espiritual (colectivo e individual)?

Juan Alberto Madile

Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales

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