Opinión

La información, ¿es realmente cultura?

La política pensada desde la filosofía. El autor de esta nota exhibe su preocupación ante el hecho de que los candidatos solo proponen desde "un artificial producto publicitario".

Lunes 05 de Agosto de 2019

La información, ¿es cultura? ¿Es decir lo mismo? Sin embargo, decimos estar informados y decimos ser cultos. No a la inversa. El estar se reduce a la situación y al tener que responder a ella; en tanto que el ser la trasciende. ¿Y estar, dónde? Socioculturalmente, en una realidad compleja y dinámica. Que es decir: en recurrentes situaciones, variadas y variables, diversas y cambiantes. Estar en ellas y a la vez librados a nosotros mismos; teniendo que tomar decisiones en ellas, menos equivocadas cuanto mayor y mejor sea la información disponible para el caso. Quiere decir que tenemos que estar informados, que estamos compelidos a ello. Y no más que para estados variados y variables, a los cuales sobrevivir. No lo es para abrirnos a un mundo entendido como significado de nuestra realidad y de nuestra vida, básica y esencialmente compartido por la sociedad. Que esto es su cultura; en la que sus integrantes se identifican y puedan así ellos mismos verse y ser por tanto, en ella. Unidos además, a un futuro común.

¿La tiene nuestro pueblo? ¿Se nos provee al menos de información útil… o se nos depara el espectáculo televisivo del debate estéril… donde algunos se ponen a la venta con el engaño de ofrecer un bienestar inmediato que oculte el inevitable fracaso consecuente… o con la oferta de volver a estar bien cuando en verdad no queda qué dilapidar?

Desde el principio de nuestro mundo occidental, el pensamiento buscó la unidad del todo. Ya en cada respuesta a cada qué ("esto es tal cosa", "aquello es tal otra") está implicado el ser. ¿Y el ser mismo? No más que en la unidad de los seres particulares. ¿Y cómo hallarlo? Se buscó un primer elemento (el agua, el aire, el fuego,…). Pero entonces, ¿y los otros? ¿Acaso no existen? Se contestó que es el uno que se transforma en los otros (por rarefacción, condensación…). Explicación del cambio era ya, además, por consiguiente: es el ser y es el devenir del ser; es una determinada representación de la realidad y es la realización (cultural) de esa representación en un mundo (unitario), que se unen en el sentido de ese proceso. Sin que dejara de ser la búsqueda de la unidad (que la razón demandaba) de lo que se presentaba como diverso. Y que, ante una realidad crecientemente compleja, pasó a hallarse en la unidad del sistema, en su consistencia, en el principio (lógico) de no contradicción.

Misma búsqueda que, en su origen, elevó la vista al cielo en procura de lo sobrenatural. Con la esperanza de lo universal y eterno. Pero lo universal es abstracto y lo eterno, mineral. Sumerjámonos hoy en cambio en las raíces de nuestro propio ser. En las tres eses según nuestro idioma: nuestra sensorialidad, sensualidad y sensibilidad. Del cuerpo las dos primeras y del espíritu (objetivado en la cultura social, cultivado en la intelectual) la tercera. Que sigue siendo unidad de lo existente según aquella misma exigencia racional. Para conocernos y no perdernos en las cosas. Según aquel consejo de uno de los Siete Sabios de Grecia, en los orígenes mismos de nuestra razón occidental, que ya daba cuenta de la utilidad final de ésta: "Conócete a ti mismo". He aquí la sabiduría del animal cultural y del ser pensante que es el hombre: significar un mundo para significarse.

De manera que cultura social (la de un pueblo, no necesariamente de masas) no equivale a información: visión de la realidad compartida y valorada como propia la primera, a la que corresponde el signo, el significado, el valor, para un mundo significativo que dé sentido a la vida. Orientada a lo emergente la segunda, función de las decisiones a adoptar ante el abanico de posibilidades que se abre al agente moderno, guiado por la pauta de la orientación práctica por razones circunstanciales y para el interés inmediato. Ni equivale información —menos aún— a cultura intelectual. Porque el ser y el devenir se encuentran en el sentido, que es la razón que se vive. Y se vive como comprensión de un mundo correlato de todo hombre, no reducido a creencias y prácticas del pueblo a que éste pertenezca.

En el mundo griego antiguo no se separaban religión, arte y filosofía; no eran diferentes la fe, la sensibilidad y el pensamiento. Que el despliegue ulterior, pues, no destruya la unidad que da sentido. Que hace que la razón se sienta. O lo que es peor, no quede subordinado al mero cálculo económico. Además que la sola orientación a este cálculo —está comprobado— nos está conduciendo a la autodestrucción.

Reaccionemos pues antes de eso, volviendo a la unidad de la vida y que sea sin pérdida de lo adquirido. Para ello, se requiere de un orden armónico que proporciona la educación, tanto en el plano social como en el individual.

Acceso por tanto a una cultura intelectual que administren quienes la cultivan. Que aunque ella no tenga a veces aplicación inmediata brinda siempre una visión integral de la realidad y una integración de quien la posee.

Y preguntémonos por fin si en las últimas tres décadas, en que ni los mecanismos formales de la democracia se han cumplido siquiera, se ha mejorado la educación. Si a quienes detentan los privilegios del sistema (y un privilegio así obtenido no es un derecho subjetivo que deba ser garantizado por un derecho legítimo) o a quienes se enriquecen por su cercanía al poder les conviene tal mejora, que forme al hombre ilustrado y al ciudadano responsable… Y sabemos con Montesquieu que no hay democracia sin educación.

Vemos en cambio que nuestros candidatos no proponen ya modos de vida, ni siquiera ideologías, sino apenas un artificial producto publicitario que consiste en hacernos creer que obtener el poder por ellos coincide con alcanzar nuestras metas por nosotros. De modo que el resultado no será que estemos mejor nosotros sino que lo estarán ellos, al obtener ventajas que el poder facilita y que vemos después no se derogan (por interés de una clase política que sigue siendo la misma).

Y lo más triste es comprobar que nuestro pueblo parece muchas veces preferir el engaño en lugar de asumir esfuerzo alguno. Y seguir festejando la infracción de un gol con la mano… mientras sea en su beneficio. Aplíquese esto a lo demás y piénsese qué futuro colectivo puede aguardarnos.

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