Opinión

La experiencia del no saber

Lucía Álvarez

Sábado 06 de Junio de 2020

El tiempo de una pandemia no es un tiempo de optimismo ni de certezas. Imaginar saldos y, más aún, saldos positivos, parece un camino un tanto espinoso si de lo que se trata es de realizar conjeturas o pronósticos; necesario, en cambio —casi imprescindible— si lo que se busca es trazar un rumbo para la acción política. Las fórmulas "ya nada será igual", "el mundo cambió" o la espera de una "nueva normalidad" suponen, todas ellas, que al salir de esta experiencia, de la pandemia y el confinamiento, nos encontraremos frente a un destino inexorable, un destino que parece estar macerándose en algún lugar desconocido, lejos de las cuatro paredes en las que estamos encerrados. Nos ponen, otra vez, frente a un signo de la época que el virus parece no haber puesto en crisis todavía: la aceptación de las cosas como son (plasmada con enorme eficacia en la frase "es más difícil imaginar el fin de la humanidad que el fin del capitalismo") y de lo que nos depara el porvenir.

Eso explica porqué, casi desde los inicios de este suceso histórico y universal (este hecho social total), muchos hayan intentado convertirlo en una oportunidad: de replantearnos las capacidades estatales frente a la hegemonía del mercado, de tomarnos más en serio el problema de la sustentabilidad ecológica o de construir nuevas soluciones a las desigualdades ya conocidas y a aquellas que el virus vino a reflejar (por ejemplo, la separación entre trabajadores que necesitan exponer el cuerpo para sobrevivir y los que no). Nos aferramos a esas "ventanas de oportunidad" para proyectar un horizonte y para sortear el desasosiego. Pero también podríamos decir que, honestamente, no conocemos ni lo que nos está sucediendo ni lo que vendrá.

Y ese es, si no un saldo positivo, un elemento de este tiempo que podríamos significar positivamente: la experiencia del no saber. Durante muchos años, décadas, vivimos con el malestar de no encontrarnos frente a nada nuevo, o nada que no pueda ser finalmente encapsulado, entendido, ordenado por categorías previas. Para tomar nuevamente a Mark Fisher, vivimos en un realismo capitalista capaz de subsumirlo y consumirlo todo, lo previo y lo emergente. Para quienes pertenecemos a la generación poscaída del Muro de Berlín, ésta sea quizá la primera vez que nos enfrentamos a un fenómeno que no cuaja en ningún molde. Es paradójico que ese desconcierto se deba a un virus. Pero bienvenido sea si eso nos hace suponer que no todas las cartas ya están echadas y, todavía mejor, que estamos ante la oportunidad de crear nuevas reglas de juego para la vida en común.

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