Elecciones 2019

La "excepcionalidad argentina"

Elecciones 2019. El resultado de las Paso y muchas de las reacciones posteriores pueden verse desde una perspectiva internacional.

Miércoles 14 de Agosto de 2019

El resultado electoral y muchas de las reacciones posteriores pueden verse desde una perspectiva internacional. A los argentinos muchas veces les falta esa perspectiva y se sorprenden por las reacciones externas a sus decisiones. Pasó el lunes con la esperable reacción de los mercados: muchos votantes K se mostraban indignados por la previsible estampida de activos argentinos. Bastaba recorrer los portales financieros internacionales y los medios generalistas extranjeros para registrar el desastre que eran en ese momento los valores argentinos, incluida la moneda, y la clara y directa explicación electoral que daban todos esos medios (un ejemplo entre muchos: la agencia AP, que está en las antípodas de Trump y los medios conservadores, se preguntaba: "¿Qué generó temor en los mercados? Cristina Fernández y el populismo de izquierda que representa", se contestaba). Desde el domingo a la noche era descontada la pérdida, pero muchas personas que habían votado al ganador se indignaban. Un signo del nivel de desconocimiento o aislamiento en el que viven.

Detrás de este drama nacional hay un armazón de ideas y referencias anticuado. Argentina sufre de un complejo. Se lo puede llamar el mito de la "excepcionalidad argentina", o el mito de país rico, como tituló un libro de historia económica nacional Jorge Todesca.

La excepcionalidad argentina es puramente imaginaria. Puro voluntarismo. Así le va al país cuando reclama un trato diferente al que reciben los países emergentes promedio, que eso es la Argentina y nada más, y desde hace mucho tiempo. De hecho, su membresía en el G-20 ha sido cuestionada más de una vez y es reclamada por otras naciones mucho más calificadas para estar en ese grupo selecto. La Argentina tenía la economía número 30 en 2018. Pero además existen aspectos cualitativos, que son todos negativos en el caso argentino. Las naciones asiáticas que por tamaño y calidad de su economía superan holgadamente a la Argentina son muchas. Cada vez más. Se suman no pocas latinoamericanas y pronto, algunas africanas, que están creciendo a un ritmo pasmoso. Pero la Argentina insiste: no somos uno más, queremos un trato diferente. Pese a que se vive en plena Globalización II, la que suma a las tendencias económicas internacionales de los 90 las que traen las redes y empresas surgidas con internet.

Pero todas las naciones en desarrollo o emergentes, virtuosas o calamitosas, tienen un déficit: les falta capital. Por eso son países "emergentes o en desarrollo", eufemismos para no decir subdesarrollados. Este bien precioso que es el capital debe atraerse, está afuera. Las naciones emergentes ordenadas ofrecen a ese capital un alto nivel ahorro interno, fuerte tasa de inversión, baja o nula inflación. Todo lo que no ofrece la caótica Argentina. Esas naciones compiten con éxito por esos flujos de inversiones extranjeras. Argentina, en cambio, parece empecinada en espantar esos flujos inversores. Y por eso no crece desde hace más de una década.

Una parte mayoritaria de la sociedad argentina quedó fijada en aquel mito de la excepcionalidad nacional, surgido en tiempos muy remotos: primero, con la república conservadora de la Generación del 80, que llevó al país a tener uno de los PBI per cápita entre los primeros del mundo; continuó luego, con rasgos populistas, con el peronismo, y siguió con el desarrollismo. Pero eran tiempos en que Argentina rankeaba mucho más alto que hoy, tanto en tamaño de su PBI como en imagen internacional. Era, de lejos, la primera nación latinoamericana.

Pero eso fue hace 60 años, hoy Argentina es un país emergente más entre 40 ó 50, y, como se dijo, casi todos ellos son mucho más atractivos: no tienen inflación, exhiben números "macro" envidiables, una administración ordenada y seria, condiciones estables para el inversor y el ahorrista. Estos emergentes son competitivos porque se esmeran, y mucho, por tener buenos "números". Los de la Argentina, en cambio, son muy malos, horribles. El país es la oveja negra de la economía internacional, tristemente famoso por su alocada inflación. El inicio de este desastre puede rastrearse: en 2006 la inflación superó el 10 por ciento anual y el Indec fue anulado en enero de 2007; empeoró en 2011, cuando se impuso el control de cambios y el comercio interno y externo fueron brutalmente intervenidos. La inflación de dos dígitos ya era crónica. Nada de eso se puede permitir un país emergente competitivo. La moneda se protege de otra forma, ante todo con fundamentos económicos sanos y altos niveles de reservas. El gasto público, en un país en desarrollo serio, no supera el 25-27 por ciento del PBI, y el déficit fiscal es un episodio ocasional, nunca sistemático (Argentina no registra superávit fiscal desde hace 11 años). El déficit fiscal permanente es un lujo que solo pueden permitirse los países desarrollados, que pagan, por ejemplo, 0,23 por ciento de intereses (España) pese a su crónica crisis política. Algunas naciones desarrolladas incluso cobran por sus bonos de deuda, como es el caso de Alemania (sus bonos ofrecen una tasa negativa, de -0,6 por ciento) y Japón (-0,24 por ciento). Noticias de otro mundo.

Argentina terminó la era K con un gasto que rozaba el 48 por ciento del PBI y un 7 por ciento de déficit. En sus dos presidencias, Cristina (y las provincias) casi duplicaron el gasto público. Macri no solo no mejoró esto sino que en el bienio 2016/17 aumentó aún más el gasto y lo financió, como se sabe, con deuda externa. Hasta que en abril de 2018 los mercados de deuda se negaron a financiar esa locura y se debió recurrir al FMI para no caer nuevamente en default. Entonces se comenzó a reducir el déficit por mandato del Fondo. Pero se lo hizo en gran medida por medio del aumento de la presión fiscal, que fue récord en 50 años y por licuación del gasto por una altísima inflación. El déficit total que cuenta los intereses, terminó 2018 en un 5,2 por ciento del PBI. Fue una baja mínima y pírrica: la recesión creada es espantosa, se destruyó empleo a gran escala y se cerraron empresas.

El que venga en diciembre deberá hacer un ajuste fiscal estructural, porque ya no hay margen para más maquillaje "gradualista". Es la única forma que Argentina vuelva a estar entre las naciones emergentes competitivas. Pero no parece que esto vaya a lograrse con un cuarto gobierno K, cuyo candidato prometió repetidamente devaluar (cosa que ya "logró") y defaultear las Letras del Banco Central (Leliq). Nada menos. Si ese es el anticipo del programa económico del "moderado" de los dos Fernández, es lógica la pésima reacción de los mercados. Por más que los votantes K se indignen con los mercados. Le están gritando a la Luna. La argentinidad al palo, diría alguien.

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