Opinión

¿La escuela bajo la lupa?

Educación. La escolarización es su función específica. Sin el imprescindible soporte de la familia, los niños se quedan sin los recursos necesarios para su desarrollo emocional y la generación de vínculos sanos.

Miércoles 09 de Mayo de 2018

"Por un lado, identificamos la educación como un proceso amplio por medio del cual el niño se humaniza, socializa y forma sus organizadores psíquicos y cognitivos y desarrolla su inteligencia emocional. Un proceso que se inicia con el nacimiento y alcanza sus fases más activas en la infancia y en la primera adolescencia. Por el otro lado, un proceso también educativo, al que denominamos escolarización, centrado en la transmisión y apropiación de saberes científicos, culturales, técnicos e instrumentales que la sociedad, por intermedio del Estado, considera necesario y obligatorio impartir y que debería culminar con la acreditación y titulación académica." (Lucía Garay. "Así, ¿quién quiere estar integrado?" Córdoba. Comunic-arte, 2015)

¿Cuál es la función específica de la Escuela? La escolarización, llevada adelante por docentes preparados para tal fin —y no para otro—. Sin embargo, observamos desde hace un largo tiempo que la familia le ha delegado tal responsabilidad, acusándola por no lograr con sus hijos lo que ellas mismas deberían realizar. Gran parte del fracaso que pesa sobre los hombros de la escuela es el resultado de las carencias en ese proceso básico de humanización y socialización que sólo la profunda condición de falta de hogar de nuestros tiempos pudo y puede permitir. Sin el imprescindible soporte de la familia, el niño queda sin los recursos necesarios para ese (adecuado) desarrollo emocional que permite la generación y sostenimiento de vínculos sanos —el inicio de un saludable proceso de socialización—. La falta de referentes sensibles, disponibles y consistentes es una realidad, por lo que muchas veces los niños crecen solos o, quizás peor aún, de la mano del mensaje de los medios masivos de comunicación: así aprenden los valores que refuerzan el individualismo y el consumo como pasos para alcanzar la felicidad, cuando no los muestran como la meta misma. Cuando mirar y reconocer al otro, comprender sus necesidades y ayudarlo a cancelarlas, no son experiencias vividas en casa, difícilmente se aprenden en otro sitio.

Con esta falta de hogar, sólo queda esperar que la Escuela pueda lograr el fortalecimiento de este tejido… aunque no sea su rol específico.

Inclusión y exclusión: de la escuela a la sociedad. Al mismo tiempo, hoy a la escuela EN_DASHaun inmersa en la más profunda de las crisis que haya vivido como instituciónEN_DASH se le demanda cada vez más funciones y servicios: a la ya expuesta se le suma otra, quizás la más crítica, la que le reclama ser una efectora de inclusión social.

La inclusión escolar promovida por la Asignación Universal por Hijo, vital en el presupuesto de muchas familias para posibilitar el acceso de los niños a la escuela, no es en lo más mínimo garantía de inclusión. El comedor escolar, si bien estimula el acceso de los chicos a la escuela, a la vez que favorece una mejor nutrición, tampoco cambia las cosas de manera justa y definitiva. La obligatoriedad hasta el final de la secundaria es una medida correcta, pero la sola estadía en una escuela que apenas sirve de contenedor para soltar luego a los adolescentes y jóvenes a un mundo que no tiene lugar para ellos, tampoco da una solución al problema de la exclusión.

En este contexto lo único que termina sucediendo es que las posibilidades reales de generar propuestas pedagógicas que garanticen trayectos y resultados educativos quedan sepultadas bajo el mandato, no siempre explícito, de la inclusión social. Las funciones sociales asistenciales parecen desplazar lo pedagógico, por lo que no se exploran nuevos recursos, no se advierten los intereses y motivaciones de los alumnos, no se observan sus particulares modos de aprender y no se desarrollan mejores modos de construir saberes que apunten a promover cambios reales en sus condiciones de vida presentes y futuras. Si la escuela no puede recuperar su misión primera, con la calidad que este ejercicio requiere, y si no existen redes que sigan trabajando luego en el mismo sentido, entonces no hay inclusión.

Si bien la realidad que nos toca vivir exige que la función social de la escuela sea repensada, no debe caer aquí la responsabilidad de la inclusión. A pesar de esto, mientras la trama familiar se deshace en harapos y las políticas sociales no salen del solo discurso, la escuela se presta a tapar los agujeros. Y así descuida su rol específico, el único por el que se le debería reclamar. Ni la educación es una función exclusiva de la escuela —la familia no puede ni debe delegar esta misión— ni la inclusión lo es —a pesar de que el Estado se haya corrido de su cometido de velar por el bien común—.

Aún cuando parece poco lo que cada uno de nosotros puede hacer para generar un cambio, es ineludible el llamado a empezar ya. Cuando una mamá o un papá abraza a su hijo, le enseña a amar. Cuando un abuelo muestra los valores elegibles haciéndolos carne, el nieto los observa y repite. Cuando un maestro abre sus ojos y corazón, el alumno despliega su innato potencial para el aprendizaje. Cuando el Estado aprende a leer —a fuerza de la voz de todos los ciudadanos— que la Educación es un valor supremo, un derecho universal y una herramienta de liberación, los chicos reciben lo que merecen. Y así, sólo así, cambia la historia. ¿La escuela bajo la lupa? No, todos y cada uno de nosotros bajo la lupa.

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