Opinión

La deliberación que no espera

La semana que pasó el Consejo del Salario fijó el haber mínimo para abril en 23.544 pesos, casi 36 mil pesos por debajo de la línea de pobreza. El sufrimiento de la miseria tensiona las formas usuales de pensar la política.

Domingo 02 de Mayo de 2021

Pasaron apenas 50 días aunque parecen más, como ocurre con los eventos predestinados a olvidarse. La desaparición de una nena de siete años llamada Maia se estableció alto en la agenda de la prensa porteña que arrastra a la de todo el país. Durante tres días nada se supo de ella hasta que una mujer en Luján llamó al 911 para reportar que la había visto. Así la encontraron. Hubo expresiones de celebración y alivio en los medios. Se la había llevado un hombre con algún desequilibrio que no la maltrató.

La restituyeron a su familia, compuesta por su madre y su abuela. Ambas viven entre Villa Lugano y el Bajo Flores, debajo de los pilotes de la autopista Dellepiane, en esa ciudad que también es Buenos Aires. Públicamente la historia cerró ahí. Pero en el ámbito privado de esas mujeres, ambas desocupadas e indigentes, la historia sigue. Sólo que no sabemos cómo.

En un coloquio en la Universidad Nacional del Litoral hace dos años, el sociólogo Ricardo Sidicaro se refirió a la poderosa naturalización que rodea a la miseria. “Las personas que tienen incorporada la vida de los indigentes como algo normal de repente si hay una inundación que los afecta se conmueven. No se conmueven porque estén todo el tiempo en condiciones miserables. Se conmueven en la excepcionalidad de la inundación o ante cualquier otro fenómeno que visibilice, por motivos ajenos a la miseria, a los que viven en ella”.

Sidicaro se detuvo en los motivos de ese estremecimiento. “¿Qué pasó para que se conmovieran? Pasó que hubo una cierta deliberación sobre el sufrimiento de los inundados. Y con eso brota lo que en Sociología llamamos acontecimientos de efervescencia, que sacan de su lugar natural esas cosas que están ahí, pero que no se ven. Y que cuestionan las ideas viejas y fomentan nuevas formas de pensar”.

Los procesos de naturalización, decía el sociólogo, no son irreversibles. “¿Cómo se revierten? Con la deliberación en la sociedad. Si los propios perjudicados asumen la discusión, incluso si lo hacen quienes se interesan por ellos, hay alta probabilidad de desnaturalizar lo que teníamos aceptado”.

Hay cuestiones que son demoledoras para el sentido común pero sin embargo están ahí, concretas y erguidas como una montaña. La semana pasada el Consejo Nacional del Salario actualizó el haber mínimo que se irá a 29.160 pesos en febrero del año que viene, dentro de nueve meses, cuando se termine de concretar el aumento del 35% pautado en siete cuotas. La primera actualización que será del 9% en abril lo deja en lo inmediato en 23.544 pesos. El jefe de la Sección Economía de este diario apunta que la línea de indigencia, que implica lo que hay que tener para garantizar solamente comer lo elemental, en marzo pasado fue de $ 25.685.

Estamos hablando de un salario de la economía formal. El salario formal, exceptuadas cargas de familia, debería asegurar alimentación adecuada, vivienda digna, educación, vestuario, salud, transporte, esparcimiento, vacaciones y previsión. La canasta básica para no caer en la pobreza, que tiene en cuenta todos esos ítems, arrojó en la última medición del Indec un total de 60.862 pesos. Es decir que un salario mínimo está hoy 36 mil pesos por debajo del umbral de pobreza. Una pareja que obtiene dos salarios mínimos en un mismo hogar queda, con sus dos sueldos, bajo la línea de pobreza.

Esa es la montaña. En términos del Indec la pobreza en Argentina alcanza al 42% de la población. Esto es 19,2 millones de pobres y 4,5 millones de indigentes. En Rosario al segundo semestre de 2020 son 506.419 pobres y 98.008 indigentes. El problema de las cifras es que convierten a todo en una abstracción. Salvo que se delibere sobre ellas, lo que permite traspasar los números para ver en ellos la sustancia del sufrimiento creciente.

A quién enojar

Un parlamentario inglés dijo una vez que hacer política implica la elección de administrar a qué cantidad de personas hacer enojar de modo de seguir gobernando. Lo que admite de arranque que en política no se obtienen resultados sin que alguien se enoje. El miércoles lo dejó clarísimo, desde la mayor tribuna del mundo, el presidente norteamericano, al lanzar su programa de Rescate por la pandemia, que desembolsará la monstruosa suma de 1.8 billones de dólares.

Lo singular del planteo de Joe Biden fue justamente elegir a quienes hacer enojar a la hora de pagar ese plan. Decidió que no será a la masa de desempleados, sin vivienda y trabajadores empobrecidos que se multiplican en su país con la pandemia. Sostuvo que no aumentará impuestos a nadie que gane menos de 400 mil dólares al mes pero sí al 1% más rico. Rechazó explícitamente la teoría que indica que menos tributos en la cúspide económica supone más empleo y derrame hacia abajo.

“Recuerden el recorte de impuestos de 2017. Se suponía que «se pagaría a sí mismo» y generaría un vasto crecimiento económico. En cambio, agregó U$S 2.000 millones al déficit. Resultó en enormes ganancias para las corporaciones y quienes están encima de la pirámide. En vez de invertir en aumentar salarios o en investigación y desarrollo, puso miles de millones de dólares en el bolsillo de los CEOs. La brecha entre los CEOs y sus trabajadores es la más grande de la historia. Ganan 320 veces más que un trabajador promedio. Supo ser menos de 100. No tengo ningún problema con los millonarios. Pero que paguen”, dijo Biden.

Cierto que se trata de un país que tiene una inflación del 2% anual y la máquina de hacer dólares. Pero también tiene, como acá, una pobreza arrasadora. Y su presidente decide en un contexto de megarrecesión impulsar la economía desde la inversión estatal, ayudando a la clase media a recomponer su capacidad de consumo para recuperar casi 9 millones de empleos perdidos en la crisis sanitaria. Habrá que ver cómo resulta, pero la variante previa fue ruinosa. En EE.UU. hay además 590 mil muertes por Covid. Al miércoles eran 1.720 decesos por millón de habitantes. En Argentina son 1.360 por millón. Y la pérdida de empleos solo en pandemia fue de un millón.

Un informe del Registro Nacional de Barrios Populares (ReNaBaP) publicado la semana pasada en este diario indica que en Rosario hay 40 mil familias viviendo en asentamientos precarios. Con un reportero gráfico nos detuvimos un rato a contemplar ayer la vastedad de uno de ellos, en Sorrento entre Casiano Casas hacia Circunvalación. Esa inmensa ciudadela de miseria, llena de niños, tiene en la calle intendente Lamas su borde al este que enlaza con la avenida Travesía. Impresión que hace poca justicia a Luis Lamas, un dirigente que al gobernar Rosario en 1902 concibió para sus habitantes una ciudad ecuánime, para lo que organizó el primer censo municipal, inauguró la Asistencia Pública y creó el parque Independencia.

Hoy la integración social y urbana en nuestras sociedades partidas no vendrá sin un esfuerzo colosal del Estado. ¿Quién lo financiará? Responder eso hará enojar a alguien. Difícilmente puedan hacerlo las 40 mil familias que viven en villas en Rosario. O los 19 millones de pobres del país. O como dijo el diputado Carlos del Frade ayer, en el Día del Trabajador, los que tienen problemas de ocupación. En el Gran Rosario según la Encuesta Permanente de Hogares hay entre la población económicamente activa 84 mil desocupados, 89 mil que requieren otro empleo y 76 mil subocupadas. Un cuarto de millón de personas con problemas de empleo.

A todo ese aluvión de cifras, como a Maia durante su breve desaparición, se la ve solamente un instante. La mayor parte del tiempo, como Maia ahora, están congeladas fuera de foco en su aparente naturaleza. Pero un buen día, observó Sidicaro en la UNL, se puede dar un cambio. ¿Leerá la política que no se hará con parches ni aportes esporádicos ese cambio? “La guerra de Malvinas fue la excepcionalidad que permitió que algo naturalizado como el poder militar, que en los 70 tenía consenso como factor de intervención política, cayera. Eso que era la normalidad terminó", dijo el sociólogo. El feminismo surgió como un movimiento potente a partir del reconocimiento de desigualdades. Sus líderes son pocas pero la deliberación de esa demanda en un momento se establece y produce cambios”.

¿Cuándo inflexiona aquello que hace dejar de pensar de la vieja manera? En el momento en que algún acontecimiento, sigue Sidicaro, genera deliberaciones. Allí las ideas viejas se tensionan y fomentan la aparición de nuevos modos de pensar.

“Los sectores de la pobreza prácticamente no tienen reclamos de integración sino a través de algunos jefes que organizan a la gente sin voz y los expresan. Si hubiera diez millones de personas reclamando estaríamos al borde de la guerra civil. Por eso esto requiere deliberación”, dijo Sidicaro. Porque lo que no podrá ocurrir es que estas personas empujadas a la miseria no se piensen algunas vez como lo que son, como víctimas de una sociedad que las proclama iguales pero esconde su sufrimiento. Y accionen para mostrarlo.

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