Opinión

La creencia y la fe

En el pensar, se duda hasta la verificación o demostración. En la creencia, se cree hasta la prueba en contrario. En la fe, se cree sin admitir prueba en contrario.

Martes 01 de Septiembre de 2020

En el pensar, se duda hasta la verificación o demostración. En la creencia, se cree hasta la prueba en contrario. En la fe, se cree sin admitir prueba en contrario

Y es recién la evidencia la que confiere certeza, o garantía de verdad, a una proposición; sea verdad formal, como en un axioma lógico o matemático; o material, basada en los hechos.

Porque aunque intuyamos algo como verdadero, se requiere de esa evidencia. Es que muchas veces se tiene por indudable lo que procede de ideología, dogma, tradición o revelación. Habida cuenta que interviene también un contexto social con su herencia cultural.

Y atento a que hoy, lo que científicamente se conoce de los hechos —independientemente de la aplicación tecnológica—, es más su posibilidad que su efectividad misma. Se procura así precisar esa posibilidad mediante la experimentación y el cálculo. Lo que no significa conocer menos que antes: no apresurada universalización metafísica, sino el preciso grado de la probabilidad que tenga esa posibilidad.

Que no siempre fue así. Lo fue desde Descartes, quien haciendo explícito su método partió de la duda para alcanzar la evidencia, pero derivó ésta de supuestas ideas innatas que fueran negadas por los empiristas; éstos, solo admitieron como fuente del conocimiento a la experiencia. Kant intentó una síntesis entre ellos, sosteniendo que si bien el conocimiento tiene un contenido material y fáctico, lo ordenan formas (y categorías) que preceden a toda experiencia. Así: primero fue solo la razón, después solo la experiencia y con Kant fueron ambas, por conjugación de la forma y el contenido. La evidencia requerida, pues, tanto en sentido lógico como empírico.

Husserl y Heidegger hicieron notar más tarde que la conciencia que conoce está en el mundo; debiéndose, pues, tomar en cuenta también a éste; y Cassirer precisó que esta realidad tiene para el hombre una dimensión que es social y cultural, con un lenguaje que cumple tanto una función expresiva en los mitos como representativa y significativa en las ciencias.

Si me atengo a una escala individual y concreta: dudo de la realización de un proyecto hasta que lo intento. Creo en la amistad de alguien hasta que la defrauda. Deposito mi fe en alguna deidad como referencia suprema de mi vida consciente, como respuesta final a mi búsqueda de sentido, como alivio a mi temor a morir; como esperanza que despierta en mí su promesa… que es como quiero interpretar su silencio eterno. Mi fe, mediadora pues, entre tal divinidad y los dos abismos de nada en que se halla mi vida, entre el antes de nacer y el después de haber vivido… el vacío mismo que soy fuera de la materialidad de mi cuerpo, que me hace preguntar sobre el sentido…

El mismo Tomás de Aquino lo dijo: la criatura es mediadora entre Dios y la nada. Pero entonces, si aplicamos a esto la duda racional: ¿sin la criatura Dios existiría o se identificaría con la nada?, ¿el Dios cristiano, existiría sin una experiencia como la de Jesús?... Dudas (entre otras) que asaltan a la fe y hacen que la religión desconfíe de la razón.

En verdad se da, objetivamente considerado, una dialéctica trascendencia/inmanencia entre Dios, inmanente a una dimensión cultural de la vida social pero que es colocado en la trascendencia, y el hombre, que se trasciende a sí mismo en su obrar pero no puede separarse de su vida orgánica… si cuando pretende desprenderse de ésta, no hace sino imaginar otra vida.

Y la fe misma, en su defensa, no ha podido menos que atender a la razón. Diciendo que no hace falta justificar a la deidad porque hacerlo es poner al fundamento por sobre ella. Pero entonces, ¿no estamos ya presuponiendo su existencia? Diciendo que se trata de experiencia, no tanto de un objeto, sino más bien en el sentido de que hay "algo más", un "vacío". Pero que un vacío nos demuestre algo más, parece contradictorio Diciendo que porque la razón no la alcanza, es que se tiene fe sin razones: Credo quia absurdum.

En particular en el cristianismo, desde una perspectiva estrictamente racional y por el testimonio de la historia, puede sí creerse en Jesús: el hombre que creó todo un ámbito de lo sagrado con sus ideas y supo morir por ellas, humillado como fue cargando la cruz, con la humildad dolorosa de quien al final se siente abandonado… Claro que no todo es razón; también interviene el sentimiento. Pascal así lo expresó: la fe es Dios sensible al corazón.

Históricamente considerada, la experiencia cristiana tuvo dos orígenes (semita y griego) y un desarrollo en la cultura occidental. De ahí, un ámbito de lo sagrado en esa cultura. Que también nos incluye y de la cual no reneguemos: hay un Cristo como valor que no ha muerto —antes que haber resucitado— en nuestra vida moral.

Y del estricto monoteísmo judío se desprendió el cristianismo: porque trinidad no es que haya tres dioses sino mediación de Cristo en nuestra experiencia de Dios; solo que en esta experiencia debió haberse desplegado el Espíritu como su realización y dudo que lo hayamos cumplido. Puesto en términos gramaticales, que el Ser sea sustantivo (el Ser, aparte de los entes), también verbo (ser esto o aquello) pero sobre todo gerundio; porque se es, siendo… en la vida moral. De lo contrario para qué la religión, si Dios no debiera tener que testimoniarse en la conducta humana.

Es que todo hombre teme una muerte que ninguna religión le evita. Algunas, le prometen otra vida en la que le piden tenga fe. Que todas ellas sirvan para consagrar la vida y la libertad del hombre en este mundo, como bienes en sí mismos. Que deben ser respetados en todas sus manifestaciones expresivas. Tal, ese ámbito de lo sagrado.

Sí, que se han dado distintas doctrinas religiosas con indudable vigencia histórica. Pero que ellas hoy coexistan pacíficamente por respeto a las recíprocas culturas porque de lo contrario estarían negando aquello en lo que dicen creer: la existencia de un Dios universal.

Siento que mi fe se tambalea, se lamentaba Discépolo en un tango, ¿pero acaso no es más sincero —y mucho menos peligroso— un escéptico que un dogmático? Y ni hablar del fanático que arremete sin límites y con fe ciega…

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario