La cola en el cajero

Martes 20 de Diciembre de 2016

La gente siempre está apurada cuando va al cajero, a los cajeros automáticos de los bancos. Y cuanto más le urge retirar algunos pesos para ir a comprar o pagar algo, más rápidamente y con mayor frecuencia, se desencadena una serie de hechos fortuitos que atentan en contra de sus más caros deseos.
Apenas traspone la puerta, lo espera una cola de doce personas. Aprieta la tarjeta hasta que se da cuenta que tramitar otra le va a llevar mucho tiempo. Resignado, empieza a mirar la geografía de los rostros de los que están adelante. Se va uno, quedan once. Vuelve, se detiene en una piba con pantalones de gasa estampada de vivos colores (como dicen las presentadoras de los desfiles de moda) y una camisola color natural; muy jipona ella, seguro que trajo la bici dada vuelta en la vereda.
Le queda una hora para retirar los planos que mandó a imprimir, y la impresora láser está a diez cuadras. No llega; ahoga un extemporáneo y ominoso bufido, seguro que lo mirarán mal. No le importa, pero tampoco arregla nada. Sale otro, quedan menos. Al lado de la piba jipona hay un muchacho con pinta de albañil, después una señora grande con un bolso más grande todavía y, ella sí, se da el lujo de soplar y exclamar ¡cuánto tardan! buscando en los ojos de los demás una aprobación prolijamente negada. Dos o tres hombres y cuatro chicas que charlan animadas. En una de ésas sacó mal la cuenta porque vienen juntas y una sola va a hacer una extracción, o pedir un resumen. Le toca a la piba de los pantalones de gasa, es linda, agraciada; de pronto ella se da vuelta con cara de desconsuelo y desaparece de sus ojos, la reemplaza la pantalla del cajero que titila impiadosamente "Máquina fuera de servicio".