Opinión

La brevedad de un cuento

Charlando el día del periodista, evocamos con un amigo una simpática y no menos emotiva anécdota referida a un joven aprendiz de escriba que había sido rechazado un par de veces en un pequeño diario estadounidense y cuyo nombre no recordábamos.

Domingo 23 de Julio de 2017

Charlando el día del periodista, evocamos con un amigo una simpática y no menos emotiva anécdota referida a un joven aprendiz de escriba que había sido rechazado un par de veces en un pequeño diario estadounidense y cuyo nombre no recordábamos. Le decían que no estaba lo suficientemente formado. Que le faltaba fluidez, mejorar su lenguaje. Lo superó a fuerza de constancia. Compró libros usados del gran escritor Ernest Hemingway y los fue copiando a máquina. Palabra por palabra. Puso especial énfasis en los cuentos. Eran magníficos. Sobre todo, cortos. Se detenía, procuraba ponerse en la piel de ese periodista, corresponsal de guerra, viajero incansable, cazador y pescador de piezas mayores, boxeador y ... ganador del Nobel de Literatura. Finalmente le abrieron las puertas de la sala de redacción por su evidente progreso. No tuvo promesas de un futuro venturoso. Y económicamente, menos aún. No importaba, él tocaba entonces el cielo con sus manos de uñas mordisqueadas. Era su primer triunfo. Ya convertido en periodista logró contactar al escritor que residía en Cuba para mostrarle algunos de sus trabajos y buscar consejo. El consejo nada menos que de uno de los mejores escritores estadounidenses del siglo XX. El autor de "El viejo y el mar" se sentía asombrado y no menos agradecido por el método que se había impuesto aquel muchacho para aprender a escribir: inspirarse en él. Los contactos se fueron haciendo más fluidos. La amistad entre los dos tipos rudos era sólida, sincera. El más joven, que escribiría varios años después un libro sobre las largas y placenteras conversaciones mantenidas en la isla de los daiquiris, contó que en una ocasión mencionó lo difícil que podía resultarle esbozar un cuento breve. Hemingway, casi como en un juego, lo desafió a escribir uno de apenas seis palabras. El se quedó un tanto azorado, y el maestro recitó con voz grave: "Vendo cuna de bebé sin uso". Fue una lección brevísima. Jamás la olvidaría.

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