Opinión

¿No hace falta otra cosa?

Por Carlos Duclos. Por fin, y aunque de manera confusa e incompleta, comenzó a producirse en el seno del gobierno nacional ese recambio que puede hacer abrigar alguna esperanza a la sociedad argentina.

Domingo 27 de Julio de 2008

Por fin, y aunque de manera confusa e incompleta, comenzó a producirse en el seno del gobierno nacional ese recambio que puede hacer abrigar alguna esperanza a la sociedad argentina. La verdad sea dicha, el cambio del jefe de Gabinete, como se sabe, no obedeció a una orden impartida por la presidenta (ni sugerencia del ex presidente), sino que fue el propio Alberto Fernández el que dio un portazo y se fue. Como el mismo lo dijo, cansado de tener que defender actitudes con las que no estaba de acuerdo y no ser escuchado. Por dar apenas un ejemplo: altas fuente gremiales señalaron que el renunciante jefe de gabinete se oponía al inapropiado y fallido acto pergeñado por Néstor Kirchner frente al Congreso. Tan disparatada fue la idea de realizarlo, que horas previas al mismo el delfín gremialista del gobierno, Hugo Moyano, en una reunión del consejo directivo de la CGT dijo: "Muchachos ya están los pases para el palco, pasen a retirarlos". Sólo tres de los más conspicuos gremialistas argentinos (algunos de poco peso) cumplieron con el pedido del camionero.

¿Quién es Massa? Y como punto culminante del alejamiento de Fernández, que dejó mascullando bronca al matrimonio presidencial, llegó Sergio Massa. Una designación acertada, un hombre joven, talentoso y hábil que dejó su impronta cuando estuvo al frente del Ansés y que mostró dotes de político de raza y estadista cuando en la Intendencia del Tigre llevó a efecto un acto, hace poco tiempo, que tal vez no sea debidamente recordado y al que algunos no lo dimensionaron debidamente: invitó al Museo de Arte de Tigre a todos los embajadores de países destacados en Argentina y a personalidades del mundo empresarial y de la economía. En esa oportunidad, agasajándolos, Massa expresó algo a los diplomáticos extranjeros que debe ser reflexionado, porque a partir del acto y de sus palabras se puede saber quien es el nuevo jefe de Gabinete: "Con este primer encuentro –dijo- queremos fortalecer el vinculo de Tigre con los países y sus representantes en Argentina, para que encuentren en nuestro distrito un lugar para invertir, hacer turismo y estrechar lazos comerciales. Sepan que a sólo 15 minutos de la Capital somos una alternativa turística integral para todos los que deseen invertir".

Esta actitud, que no tiene precedentes en los últimos años en la vida argentina, por cuanto no fue adoptada siquiera por gobernadores de provincias importantes, marcan el perfil de Massa quien, indudablemente, no llega a la Jefatura de Gabinete con ánimos de andar trastabillando ni desempeñarse mediocremente. Y tanto es así que con buen criterio e interpretando el sentir de la gente, lo primero e importante que ha dicho el flamante superministro, y que en rigor tiene una relevancia no bien advertida, es que el Indec tiene que volver a ser aquel Indec. "Hay que trabajar muy fuerte para reconstruir la confianza del ciudadano" dijo el flamante funcionario y añadió: "Me preocupa que no tengamos la capacidad de transmitir confiabilidad a la sociedad sobre cómo está funcionando cada una de las instituciones". Este es Massa.

Más cambios. Con todo, el gobierno para poder navegar un poco más tranquilo deberá sacarse de encima a verdaderos lastres políticos, uno de los cuales está representado en la figura del poderoso secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, quien fue el autor material (acaso el intelectual deba buscarse en la presidencia del PJ) del conflicto con el campo.

Desde el mismo momento en que se produjo el problema por la aparición de la resolución 125, algunos dirigentes del justicialismo del orden nacional comenzaron a defender al malogrado ministro de Economía Martín Lousteau. "Martín atemperó las cosas, las críticas que llueven contra el no son justas", dijo por entonces un conspicuo dirigente peronista de la Capital Federal a quien esto escribe. Claro, ahora comienzan a entenderse un poco más las palabras de antaño; es que según todo lo indica, Moreno quería llevar las retenciones al 60 por ciento y fue Lousteau el que propuso a la presidenta la alternativa por todos conocida. Y es allí donde se encuentra la explicación del porqué tras la renuncia del joven ministro la resolución no fuera derogada. "Ya Moreno debió soportar haber cedido en la puja con el ministro y era demasiado que además derribaran la resolución", dijo una fuente.

La partida del gobierno de Guillemo Moreno, un funcionario que flaco favor le ha hecho a la presidenta y a la sociedad argentina con su particular forma de hacer política (hasta se peleó en la mesa de un restaurante con un grupo de parroquianos) es sólo cuestión de tiempo (si es que el gobierno quiere hacer verdaderos cambios).

De todos modos, a nadie escapa que se trata de un hombre con poder. Tanto poder que a la hora de hacer saltar fusibles la emprendieron con el secretario de Agricultura, Javier de Urquiza, de cuya participación decisiva en el marco del conflicto con el campo poco y nada se sabe.

Pero al menos se pueden sacar conclusiones a partir de lo que dijo un dirigente rural: "Hablamos con los que saben de campo pero que no tienen poder o con los que teniendo poder no saben nada". ¿Se encontrarán aquí las figuras de de Urquiza y Moreno?

La ausencia de políticas de Estado en argentina es un mal de vieja data. Un ejemplo lo constituye la política inmigratoria ante la altísima tasa de desocupación existente. Y en esto es menester comparar: mientras en nuestro país se sigue aplicando la voluntad del Preámbulo (válida para otros tiempos), y se permite el ingreso al país de oleadas de extranjeros que vienen a ser explotados en tanto millones de argentinos no tienen trabajo; mientras se permite el arribo irrestricto de burgueses que subvencionados por otros Estados vienen a competir con los pequeños comerciantes argentinos en superioridad de condiciones, en Europa la política es otra y a veces muy dura para los inmigrantes: cárcel para los ilegales en Italia, y trabas para cualquiera que no haya nacido en tierra española para encontrar trabajo aun con la ciudadanía. Dice una argentina con carta española hace unas horas al autor de esta reflexión: "Me quedé sin trabajo, y se me están cerrando las puertas. Aquí ahora la prioridad la tienen los españoles de pura cepa". ¿Por qué? Porque el Estado y el empresariado peninsular no se permiten, ante un alarmante crecimiento del desempleo (que se sitúa en realidad en un 8 por ciento, un paraíso si se lo compara con el verdadero índice argentino) que sus ciudadanos de origen queden relegados. En Argentina, ¿no estará haciendo falta otra cosa, como políticas serias y responsables?

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