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Imaginar el futuro

Estos son tiempos interesantes para aquellos que nos dedicamos a estudiar los aspectos sociales de la memoria. Por un lado, el coronavirus nos lanza hacia el futuro.

Sábado 22 de Agosto de 2020

Estos son tiempos interesantes para aquellos que nos dedicamos a estudiar los aspectos sociales de la memoria. Por un lado, el coronavirus nos lanza hacia el futuro. Es decir, no nos hace preguntarnos por el pasado, un "¿qué fue lo que pasó?", sino que trae la pregunta por el futuro, un "¿qué pasará?". De hecho, aquel pasado en el cual nos podemos apoyar en estos momentos es un pasado distante, el de la peste española, o en todo caso uno más reciente, pero ajeno a la vez, ya que el Sars y el Ébola siguen siendo algo que les pasó a los "otros", a los asiáticos y los africanos. También podemos apoyarnos en los recuerdos de la gripe A. Hace poco más de diez años, la gripe A H1N1 hizo más real el peligro de la pandemia en el continente, pero su diferencia con el Covid-19 radica en la magnitud de las consecuencias, siendo la más significativa que su tasa de letalidad fue significativamente menor. Si bien 61 millones de estadounidenses se habían contagiado de H1N1 en abril de 2010, un año después de que los primeros casos se habían registrado, el total de fallecidos en Estados Unidos fue de aproximadamente 12.500 personas, mientras que hasta la fecha se cuentan más de 167.000 fallecidos de Covid-19 en ese país. Algunas razones para explicar esta diferencia con el Covid-19 es que el periodo de incubación de la gripe A H1N1 fue más corto, lo cual limitaba el contagio de enfermos asintomáticos, y fundamentalmente que enfermos con esta gripe respondieron satisfactoriamente al tratamiento con medicamentos antivirales que ya existían en el mercado para tratar, justamente, la gripe. De allí que la memoria que podemos tener de la gripe A tampoco funcione como marco de referencia donde apoyarnos para actuar en este presente.

Esto da lugar a un segundo punto importante. En el estudio de la memoria colectiva, aquellos recuerdos que son relevantes son aquellos que cumplen un doble criterio: son compartidos con otros y son importantes para la conformación de un sentido de identidad, un "nosotros". Esa conciencia de mismidad se produce a partir de una síntesis entre identidad y tiempo que tiene lugar en la memoria. Así, la pregunta por aquello que pasó, aconteció o tuvo lugar en el pasado es relevante en tanto permita algún efecto en el presente sobre la identidad del grupo, comunidad o nación. Por eso, el presente es tan importante como el pasado en esa conformación de identidad, ya que volvemos al pasado a partir de preguntas relevantes al presente. Es decir, respondemos las preguntas presentes a partir de una vuelta al pasado, apoyándonos en la memoria, y afianzando un sentido de identidad con las respuestas. Pero en tiempos de Covid-19, como decíamos, las preguntas que circulan en el presente son por el futuro, y lo que se produce es un movimiento en donde la centralidad de la memoria como lugar de síntesis entre identidad y tiempo queda desplazada. La pandemia pone en evidencia que, en ciertas ocasiones, cuando el pasado es insuficiente o poco relevante para responder a las preguntas del presente, nos volcamos hacia el futuro, desplazando el asunto —algo que no es novedad para el campo de la filosofía— desde la memoria a la imaginación. El Covid-19 nos viene a mostrar que la imaginación es tan importante como la memoria en la conformación de alguna forma de identidad colectiva.

Monumentos que hablan y actúan

La imaginación pertenece a ese territorio de lo que aún no sucedió, haciendo presente un futuro posible, anticipando escenarios donde las preguntas por el "nosotros" y los acontecimientos futuros reciben también alguna forma de respuesta en el presente. La memoria, en cambio, actualiza un pasado, y lo hace por medio de dos vías principales. Por un lado, los eventos acontecidos se transmiten mediante las conversaciones entre miembros de grupos. Se trata de recuerdos no formalizados, no atravesados por la elaboración institucional y profesional, y por lo tanto inestables, ya que no cuentan con las fijaciones que proveen esos soportes simbólicos institucionalizados. La segunda vía es aquella donde el pasado se actualiza por medio de las objetivaciones producidas en todo un conjunto de artefactos culturales, como los monumentos, las estatuas, los manuales de historia, las películas y documentales, y ahora sobre todo, las redes sociales y sitios web como Wikipedia.

La particularidad de los monumentos y las estatuas como artefactos culturales radica en su persistencia, que se mantiene casi inalterada a lo largo del tiempo. Se trata de objetos que no tienen una memoria, pero que están construidos para producir ciertos recuerdos, evocar ciertas imágenes, acarrear o transportar ciertas representaciones del pasado al presente, haciendo presentes ciertos símbolos pasados. Sin embargo, en tiempos de Covid-19 también algo de su materialidad rígida y de naturaleza atemporal se ha puesto en duda. A partir del asesinato racial por las fuerzas policiales del ciudadano estadounidense George Floyd, las estatuas y monumentos de cierto pasado han sido objeto de ataques y debates en distintas ciudades del mundo, a tal punto que parecen convertirse en un eje importante de la campaña electoral en Estados Unidos. Allí hemos visto cómo aquellas producciones culturales puestas al servicio de una política de la memoria, como son los monumentos al general Lee y a Cristóbal Colón, son rechazadas, siendo atacadas y destruidas en muchos casos, o desplazadas y objeto de debates en otros. Pero, sobre todo, lo que se pone de manifiesto es que estos objetos mudos y rígidos parecen hablar y actuar, ya que hacen presente un pasado relacionado con las causas de la perpetuación del racismo y con una política de colonización, matanza y opresión de pueblos originarios. El pasado que esos monumentos conmemoran es un pasado de esclavitud y colonización, de una supremacía blanca sobre la de otras razas, que ahora es rechazada en el acto. De esta manera nosotros, los estudiosos de la memoria, habríamos intentando explicar los ataques a estatuas y monumentos en otro momento.

Pero en el contexto del Covid-19 surge otra pregunta: ¿por qué estos ataques se producen ahora? Lo de George Floyd fue terrible, pero no fue una novedad. The New York Times ha contado setenta casos de asesinatos por policías donde se formulan casi las tres mismas palabras finales que enuncia George Floyd antes de morir: "I can't breathe". Los ataques contra estatuas y monumentos extendidos también a las figuras de George Washington, Albert Pike, Junipero Serra, Ulises Grant, Francis Scott Key y Edward Colston no pueden pensarse solo teniendo en cuenta el eje pasado-presente que venimos utilizando al estudiar la memoria colectiva, ya que ocurren en medio de una pandemia, donde lo que aparece con mayor incertidumbre es el futuro. Filósofos, sociólogos, economistas, educadores, y todo el conjunto de pensadores contemporáneos se vuelcan a ofrecer las pistas de cómo será el futuro pospandemia. Es el momento de la imaginación y, al mismo tiempo, es el momento en el que se destruyen estos objetos de la memoria. En este presente, el virus hace visible que no se puede dejar de estudiar la imaginación y el futuro si queremos entender algo de la memoria y el pasado.

Sin referencias

Para una parte importante de la población, el horizonte futuro aparecía ya, en tiempos pre Covid-19, poco esperanzador. Su sueño de movilidad ascendente era trastocado por alguna forma de pesadilla, producto de economías cada vez menos productivas y cada vez más financieras. Un futuro donde las condiciones laborales se visualizaban cada vez más precarias, con empleos que tienden a desaparecer por el avance de la inteligencia artificial y la robótica. Y todo este escenario futuro acompañado por un creciente sentido de injusticia social, de desigualdad cada vez más acentuada, en donde el 1 por ciento de la población mundial, cada año que pasa, es cada vez más dueña del mundo. El marco general, con algunas alternancias distributivas, es el de una ideología neoliberal que promueve formas de desamparo social cada vez mayores. En este escenario pre Covid-19, la irrupción del virus hace del futuro algo cada vez más incierto. Y a mayor incertidumbre en el eje presente-futuro, mayor prevalencia toma el eje pasado-presente. Es decir, cuando la imaginación se proyecta hacia el futuro y este se hace presente sin lugar para uno, o con ese lugar cada vez más amenazado, lo que se observa es que se hace necesario afirmar el presente apoyándose en el pasado. En ese contexto recrudecen las luchas por la memoria, se amplía el campo de batalla hacia el pasado, en busca de darle alguna forma de consistencia, de cierta cohesión imaginaria, a un presente que se resquebraja ante un futuro cada vez más incierto.

De allí nuestra necesidad de profundizar esa relación entre memoria e imaginación en el estudio de los grupos, las comunidades y las naciones. Hasta ahora se sabe que nuestras experiencias personales, emociones primarias como el miedo, y secundarias como el orgullo, nuestro conocimiento adquirido y aprendido a lo largo de la vida, los valores y normas sociales y culturales de nuestros grupos de pertenencia, nos permiten crear y reconfigurar modelos mentales corporizados para darle sentido al pasado, actuar en el presente de forma coherente para nosotros mismos y los miembros de nuestra comunidad, y anticipar un futuro posible a partir de la imaginación.

A nivel individual, estudios en neurociencias muestran que, desde lo anatómico, el hipocampo está involucrado tanto en la memoria como la imaginación del futuro, y que ambas actividades cognitivas podrían depender de procesos neurales compartidos. En un estudio experimental del año 2003, en el cual a los participantes se les realizaba una tomografía del cerebro mientras se les requería hablar del pasado cercano y lejano, como también del futuro, se observó que en ambas tareas el hipocampo y el giro parahipocampal tenían similares patrones de actividad. Cuatro años más tarde, un estudio realizado mediante resonancias magnéticas funcionales exhibió similares patrones de activación en tareas de memoria e imaginación en el cerebro de los participantes. La novedad de este trabajo fue que dichos patrones solo aparecían cuando los sujetos construían eventos relacionados a ellos mismos, y no cuando lo hacían en relación a personas públicamente conocidas (por ejemplo, ex presidentes). En la última década numerosos estudios en neurociencias han confirmado estos resultados. A nivel cerebral, la memoria y la imaginación acerca de uno mismo van de la mano, apoyándose en las mismas estructuras cerebrales, y son procesos mentales más parecidos de lo que hasta ahora habíamos asumido. La delimitación funcional queda cuestionada. Es posible que al recordar imaginemos un pasado, y cuando imaginamos, recordemos un futuro.

Difícil imaginarnos situaciones futuras que hagan poca referencia a lo anterior, a lo que ya pasó. Los últimos 150 días nos dejaron sin referencias y sin la posibilidad del contacto físico tan universal y necesario en tiempos de crisis, con angustia e incertidumbre. Nuestros modelos mentales corporizados se tornaron obsoletos porque dejaron de servir para imaginar un futuro colectivo. Pero rápidamente parece que encontramos lugares donde apoyarnos. La ideología parecería ser un factor presente a la hora de imaginar los futuros posibles. Es decir, una estructura central a la identidad grupal nos organiza hoy la imaginación del futuro, y nos liga con el pasado. Los discursos de las distintas posiciones con respecto a la cuarentena muestran algo de esto. Pero seguramente la experiencia del Covid-19 nos lleve a construir otros modelos, basados en las memorias, emociones y en todo lo que aprendimos desde mediados de marzo.

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