Opinión

Hace falta revivir a los aliados

Rusia y el escenario internacional. El autor de la nota propone reconstruir una añeja alianza para enfrentar la delicada coyuntura del presente, signada por un nuevo y peligroso enemigo de las democracias: el fundamentalismo islámico.

Lunes 20 de Abril de 2015

La violencia en Ucrania no cesa. Cada vez más las dos superpotencias de la Guerra Fría parecen involucrarse en un conflicto que podría derivar en un enfrentamiento bélico entre ellas, porque ambas siguen liderando grupos de países con sistemas políticos distintos. Estados Unidos representa a las democracias y Rusia a los autoritarios.
No es que veamos en esto un resurgir del comunismo, sino más bien del nacionalismo ruso, deseoso de volver a influir en los Balcanes y en el Este de Europa, y de esa manera volver a colocar a Rusia como una de las grandes potencias mundiales. Como decía Brzezinski, Rusia es por su voluntad nacional y su historia un jugador geoestratégico activo. Y queremos advertir que reacciona con creciente violencia ante los distintos acontecimientos que han ido mermando su influencia.
Con ser esto grave y poner en peligro los derechos humanos de millones de seres, nos parece que hay hoy un mal mucho mayor que Rusia. Se trata del incontrolable terrorismo y fundamentalismo islámico, que se corporiza en el Estado Islámico (EI) y tantas otras nefastas organizaciones criminales.
Entre los siglos IX y XII, la mayor parte de la Ucrania contemporánea pertenecía a la Rus de Kiev. La guerra del pueblo ucraniano (1648-1654) contra Polonia y Lituania finalizó con la unificación de Ucrania y Rusia. En marzo de 1654 se ratificó la autonomía ucraniana dentro del Imperio Ruso, pero a fines del siglo XVIII la misma fue abolida. En el siglo XIX tuvo lugar la llamada Guerra de Crimea (1854-56). Se dice que fue “la última guerra antigua y la primera moderna”. Las tácticas de combate eran como en el siglo XVIII, pero se usaron nuevas armas mucho más mortíferas. El resultado fue, como en la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865), un número de muertos y lesionados inusitado.
Esto nos muestra de qué manera, en la memoria colectiva de Rusia, Ucrania toda, y en especial Crimea, están asociadas a su historia nacional. Más aún, a mediados del siglo XIX, el país eslavo estaba inclinándose a favor de la integración cultural a Occidente. Creyó que, por eso y por la raíz cristiana común, Occidente lo apoyaría, o por lo menos no se le opondría, en su enfrentamiento contra el Imperio Otomano musulmán. Pero no fue así, y la Guerra de Crimea quedó en la memoria como una dolorosa e injusta amputación territorial y como una traición de un Occidente al cual ya jamás quiso integrarse con el ímpetu con que lo pretendió alguna vez.
Desde entonces, la política exterior rusa ha sido regida en mayor o menor medida por un nacionalismo que busca un lugar propio en el mundo para defender su propia civilización original. Este es un dato que hay que tener en cuenta a la hora de interactuar con el extenso país asiático.
En diciembre de 1922, como no podía ser de otra forma, Ucrania participó del Primer Congreso de los Soviets de toda Rusia, en Moscú, donde se aprobó la fundación de la URSS. Si Ucrania, junto con Bielorrusia, figuró como miembro originario de la ONU en la Conferencia de San Francisco de 1945, fue precisamente porque la URSS chantajeó al resto de los países, pretendiendo que se le asignase más de un voto en la Asamblea General. Al no conseguirlo, buscó fabricar los votos artificialmente, a través de una falsa independencia. Se trató de una mentira más del comunismo.
Visto lo anterior, sin que esto implique negar la independencia de Ucrania, no sería descabellado respetar la influencia rusa en la región. Claro que esta propuesta no es tan sencilla ahora que Ucrania está en proceso de integrarse a la Unión Europea, pero por lo menos la situación debería servir como lección sobre la mesura y prudencia que deberían regir los procesos de integración. Hasta incluso podría decirse que empezar el proceso de incorporación de Ucrania a Europa sin antes resolver el conflicto con Rusia podría significar un mal precedente para el Viejo Mundo, disparador de un secesionismo que sin dudas jamás imaginaron los fundadores de la Unión Europea.
Pero hay una solución, que no es sencilla pero es factible. Se trata de negociar con Rusia y revivir a los Aliados que triunfaron en la Segunda Guerra Mundial, claro que quizás hoy en día con Europa participando como un solo gran actor, incluyendo por tanto a Alemania, y quizás también aceptando como un aliado más a Japón. Los Aliados podrían volver a sentarse a la mesa y lograr un entendimiento, con una declaración conjunta contundente contra el inadmisible nazi-islamismo que hoy desata el más inhumano terror a lo largo y ancho del planeta.
Este retorno de los cinco grandes de la Segunda Guerra Mundial no sería un retroceso histórico, sino un apaciguamiento de las tensiones políticas que hoy en día crecen en el mundo. Todo esto, siempre, bajo la premisa de que la paz es una condición necesaria para que, lenta pero firmemente, la democracia y la justicia vayan ganando terreno, como lo han hecho claramente en la historia reciente de la humanidad.
 Pacificar la política mundial y concentrarse en Estado Islámico (y el islamismo fundamentalista en general) no sería sacrificar a los ucranianos. Se trataría más bien de apuntar a una política sustentable y a largo plazo de promoción pacífica de la estabilidad y la democracia en Rusia, país de gran influencia regional sin cuya democratización difícilmente podamos disfrutar de un paisaje político esperanzador en Ucrania, ni en Bielorrusia, Kazajstán y todos los Estados de su órbita.

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