Opinión

Habla el Gimlet

Domingo 03 de Marzo de 2019

Las barras de bar me atraen como la arena al mar. Es un vicio que se remonta a tiempos de bebedor social licenciado en nocturnidad. Cuando transcurro mucho tiempo sin ver una, del material y la forma que sea, no puedo dejar de canturrear "siento que te extraño", aunque me conforme con Indian Tonic con cáscara de limón. Obviamente, las barras son una costumbre compartida. Por ejemplo, cuando Paco Tío cerró sus puertas y su vieja barra salpicada de nobles alcoholes quedó aguardando el renacimiento, los habitués no le dijeron adiós a Pepe, el mostachudo bartender. Apenas un sentido hasta la vista. Y se desparramaron por ahí buscando rincones cercanos donde apurar un trago y charlar. Arreglar el mundo, sólo posible de madrugada. Los temas: política y economía, turf y fútbol, algún caso difícil que inquieta a unos abogados cargados siempre con expedientes, poetas ignotos y algún periodista desvelado. Chismes de toda índole donde no puede faltar el dato posta surgido de la usina del diario de la ciudad que está a unos pasos. Y claro, mujeres. Capítulo infaltable. Las inasibles, las lejanas, las que esperan, las que se fueron hartas de esperar. Las capaces de conducirte directo a la locura. Pelirrojas inestables, rubias calculadoras, morenas sanguíneas. Días pasados uno de los sobrevivientes con piel más gruesa que un hipopótamo conmocionó el refugio. Su paladar descubrió tibio como beso adolescente y fresco como el primer trago de cerveza una mezcla, según él, sublime. Un cóctel exótico con whiskey irlandés, cordial de manzanilla, gotas de amargo de angostura y jugo de maracuyá, la fruta de la pasión. Ideal para acompañar con unos buñuelitos de acelga como los que hacía Laurita. Tiempos pasados, aunque siempre pueden volver. Quién lo sabe. Se supone, diría el Negro Fontanarrosa calmadamente. El intercambio de opiniones sobre bebidas y mezclas se estiró hasta convertirse en discusión. Y alguien recuerda al probablemente mejor escritor de policiales, Raymond Chandler, que a mi criterio no logró emular John Banville al resucitar por encargo al mítico detective Philip Marlowe. Y eso que el irlandés hace tiempo coquetea con el Nobel de Literatura. Cuestión de melancolía tal vez. El tema se instaló por un Gimlet, el trago estrella de "El largo adiós". Según Chandler-Marlowe es un explosivo que resulta de mezclar medio vaso de gin con medio de jugo de lima "Roses", que tiene ese toque astringente propio de la caña de azúcar. Esa noche, los que se atrevieron a probarlo aún recuerdan el gusto salvaje de las bayas que los mantuvo fuera de la galaxia toda la velada. Hasta que un dipsómano prosaico la arruinó metiendo la política de por medio: "A propósito de literatura, este gobierno me recuerda el título de una buena novela: El Ruido de las Cosas al Caer. Mi opinión es absolutamente compatible aún con la embriaguez. Y no me caben dudas; este neoesclavismo que nos desangra es incompatible con la vida misma. Salud."

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