Opinión

Gaia y el peligro del calentamiento global

El huracán Dorian comenzó a convertirse en una nube gigante el 24 de agosto del 2019.

Lunes 14 de Octubre de 2019

El huracán Dorian comenzó a convertirse en una nube gigante el 24 de agosto del 2019, mediante una combinación de altas temperaturas y humedad en el mar del Caribe. Cuando impactó en las Bahamas el 1º de setiembre, el ciclón tropical llevaba vientos de hasta 290 kilómetros por hora, por lo que ocasionó el peor desastre natural registrado en la historia del país caribeño. Las dos principales islas de las casi setecientos que componen este archipiélago, los Ábacos y la Gran Bahama, quedaron totalmente destruidas. La recuperación va a costar unos siete mil millones de dólares; la mitad del PBI del país.

Las Bahamas forman parte del grupo de Pequeños Estados Insulares en Desarrollo (Sids, por sus siglas en inglés) compuesto por ciudades-isla que, aunque solo producen el uno por ciento de los gases de efecto invernadero, son las más vulnerables ante el aumento del nivel del mar a sufrir huracanes, tormentas y tsunamis. En los Sids, casi un tercio de la población vive a solo cinco metros por encima del nivel de mar y, si no hay reducción en la temperatura global, muchos islotes y ciudades costeras desaparecerán en las próximas décadas.

El desastre que asoló el Caribe ocurrió a unas semanas de la Asamblea General de la ONU, que se inició con la cumbre del clima en Nueva York. Aunque todavía hay quienes dudan del calentamiento global, los datos son innegables. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de la ONU, formado por dos mil científicos, reveló en su último informe sus pronósticos para el 2100: el Ártico podría deshelarse completamente, el mar podría aumentar casi un metro afectando a seiscientos millones de personas que habitan en zonas costeras, y las tormentas y tsunamis serían acontecimientos comunes cada año a partir del 2050.

Los efectos del cambio climático son urgentes, pero no afectan a todos con la misma intensidad. Para los pobladores del Caribe, el sureste de Estados Unidos, el sur de Asia o las islas del Pacífico, el tema es imperativo. Para el resto, la psicología del futuro se vuelve remota cuando el horizonte supera las tres décadas, y pensar en el 2100 es, para muchos, un ejercicio especulativo.

Las principales formas de luchar contra el cambio climático son (1) la mitigación, reducir las emisiones de gas de efecto invernadero mediante el uso de energías renovables, mayor eficiencia en el uso de energía, implementación de impuestos al carbono, o (2) la adaptación, reducir la vulnerabilidad al cambio climático mediante construcciones más seguras e infraestructura apropiada, restauración de bosques y medidas de prevención ante desastres. El tema es que la mitigación requiere de grandes inversiones y acuerdos multilaterales, y la relación de costo-beneficio no es muy clara, mientras que la adaptación es más visible y directa, pero adaptar es un paliativo temporal, mientras que mitigar es necesario para solucionar el problema en el largo plazo.

Las ciudades son el principal desafío porque producen el 70 por ciento de los gases de efecto invernadero; unos 25.000 millones de toneladas anuales. Las emisiones de CO2 (dióxido de carbono) provienen de fuentes de energía, industria, transporte y edificios. Es allí, entonces, donde están las soluciones. Algunos ejemplos: Beijing planea reemplazar toda su flota de transporte público con vehículos eléctricos para el 2022; Hanói, Estocolmo y Seúl, por su parte, están aumentando las vías para bicicletas; Singapur, Bélgica, Alemania, Austria y otros cuentan con modernos sistemas de procesamiento de desechos; mientras que California y la Ciudad de México están refinando sus regulaciones para el uso de refrigeradoras y aire acondicionado.

Las ciudades también pueden controlar las emisiones a través de los códigos de construcción y requisitos en eficiencia de energía. Dos de las principales fuentes de emisiones están relacionadas con la expansión urbana de muy baja densidad, o con la densificación descontrolada a partir de construcciones masivas sin consideración energética. Según el IPCC y otros estudios, la ciudad genera emisiones en energía (25 por ciento), mayormente por el carbón y el gas natural que se utiliza, transporte (15 por ciento) por coches, barcos, y aviones, construcción (8 por ciento) e industria (38 por ciento), donde la fabricación de cemento y la generación de desechos son grandes contaminantes.

Las políticas para proteger el medio ambiente deben incorporar los incentivos necesarios para la acción colectiva diseñando impuestos, subsidios, permisos negociables y otros que la gente y las empresas consideren transparentes y válidas. El desafío existencial que implica el cambio climático cruza hoy todas nuestras actividades, desde nuestro pequeño vecindario hasta Gaia, el nombre que los griegos dieron al estoico planeta Tierra.

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