Opinión

Fidel no comía camarones

Cuba. Tras seis décadas de comunismo, la vida en la isla sigue marcada por las restricciones. A través de la libreta de abastecimiento, la gente accede mensualmente a una canasta básica de alimentos, pero esta alcanza para sólo dos semanas.

Martes 10 de Abril de 2018

Estamos sentados en la vereda de un bar, hablando de cuán difícil se ha vuelto evitar esa fórmula que se impuso en casi todos los locales que frecuentamos: birra tirada, papas con cheddar y hamburguesa casera. "Acá lo que falta es un lugar tranquilo, donde puedas abrirte un buen vino, te pides un jamoncito, un queso, algún pincho... y basta de tantas papas fritas". El que habla es Gonzalo y se le nota España en la voz. Hace catorce años dejó Rosario y se instaló junto con sus padres en Sant Cugat, un municipio a las afueras de Barcelona. Ahora está de visita por algunas semanas. En nuestra mesa se congregan viejos amigos que le quedaron de su infancia en la ciudad.

Gonzalo se gana la vida como chef, así que su opinión en asuntos gastronómicos es palabra autorizada para el grupo. Su profesión lo llevó a trabajar en bares de mala muerte en Zarautz en el País Vasco, hoteles de lujo en Ibiza y prestigiosos pubs londinenses. Actualmente es jefe de cocina en un restaurante gourmet en Roses en la Costa Brava catalana. Se jacta de que su cocina fue reconocida con una estrella Michelin y se exaspera cuando detecta que no sabemos de qué nos está hablando: "¡La guía Michelin! ¡La que premia a los mejores restaurantes de Europa!".

Antes de venir a Rosario, y aprovechando sus vacaciones, Gonzalo viajó a Cuba con dos de los amigos que están en nuestra mesa. Mientras sale otra ronda de cervezas, cuentan las decenas de anécdotas que trajeron de la isla. Me quedo con el incidente de los mariscos.

En la ciudad de Trinidad los tres viajeros se alojaron en la casa de Urbano y Maris, una pareja de cubanos que, como complemento de sus trabajos, alquilaban su hogar a turistas. La idea era salirse del espejismo de los all inclusive para impregnarse de la cotidianidad cubana. Urbano y Maris resultaron ser anfitriones ideales y se encargaron de que los amigos le sacaran el máximo provecho a su viaje.

Una noche, Maris los deleitó cocinando arroz con mariscos frescos. El problema ocurrió a la mañana siguiente cuando Gonzalo amaneció con el cuerpo cubierto de pequeñas ronchas. Al principio los viajeros no le dieron demasiada importancia al asunto, pero empezaron a inquietarse en cuanto vieron la cara de consternación de Urbano al enterarse del padecimiento de su huésped. Al instante se puso a preparar un remedio casero a base de hierbas, hizo que su esposa lavara las sábanas de las camas y le pidió a Gonzalo que se aplicara un crema sobre la piel irritada. La pareja estuvo todo el día pendiente de la salud de Gonzalo. Tanta preocupación hizo que los amigos sospecharan que Urbano y Maris les ocultaban algo. Tal vez ellos sabían que esas ronchas eran el síntoma de alguna enfermedad grave y no querían reconocerlo.

Por suerte, a la mañana siguiente, tan repentinamente como habían aparecido, las ronchas ya no estaban más; el cuerpo del viajero estaba completamente sano y todo volvió a la normalidad. En su última noche en Trinidad, Urbano les reveló cuál había sido el verdadero motivo de su preocupación. Lo de Gonzalo probablemente no hubiera sido más que una reacción alérgica; la catástrofe habría sucedido si a los amigos se les ocurría ir a un hospital y allí revelaban lo que habían comido. Inmediatamente la policía económica se habría presentado en la casa de Urbano y Maris. Puede parecer una paradoja, pero en la isla los mariscos son un bien de lujo y su comercialización está estrictamente controlada por el Estado. Urbano los había conseguido en el mercado informal. La reacción alérgica de Gonzalo podría haberles costado una altísima multa o incluso que les quitasen su hogar.

Tras seis décadas de comunismo, la vida en la isla sigue marcada por las restricciones. A través de la libreta de abastecimiento, los cubanos acceden mensualmente a una canasta básica de alimentos a precios subsidiados, que incluye porciones ínfimas de arroz, azúcar, aceite, huevos, frijoles, café, pan, pollo y, sólo en algunos casos, leche. Con lo que el Estado provee apenas alcanza para cubrir las necesidades de dos semanas; por ejemplo, la ración de pollo es de 460 gramos para todo un mes. Para comprar el resto de los alimentos, los cubanos tienen que ingeniárselas con un salario promedio de 740 pesos mensuales (aproximadamente 29 dólares).

Se trata de un régimen que hace culto de la pobreza y que se vale de la escasez como instrumento de control social. El gobierno aprovecha que la mayoría de los cubanos se ven obligados a recurrir a la clandestinidad, el contrabando o el mercado negro para conseguir lo indispensable para sobrevivir. Entre la población sobrevuela constantemente el temor a ser descubiertos en esa forzada ilegalidad. Cualquiera sabe que lo mejor es pasar desapercibido, evitar llamar la atención; manifestarse públicamente contra el régimen es una invitación a que las autoridades investiguen hasta encontrar algún motivo para realizar una acusación criminal.

De vuelta en nuestra mesa del bar, con la comida ya servida, los amigos le preguntan a Gonzalo si planea volver a instalarse en Rosario alguna vez. Tratan de tentarlo diciéndole que en ningún lugar del mundo va a sentirse como en su verdadero hogar; caen en todos los clichés: que acá las amistades son más sinceras, que allá la gente es más fría, que la familia, que el fútbol, que el asado, ¡pero si hasta Messi piensa volver algún día!

Gonzalo intenta no herir susceptibilidades, hace pequeñas concesiones, busca dejar a todos conformes, pero tampoco quiere alimentar falsas esperanzas. Sabe que no es que sus amigos hayan tenido un brote de nacionalismo, simplemente quieren recordarle que acá siempre va a ser bien recibido. Pero lo cierto es que no hay forma de aferrar a Gonzalo. Es de esas personas que han perdido el arraigo y tiene la suerte de que su vocación puede llevarlo a cualquier extremo del planeta.

Pensándolo bien, tal vez la verdadera suerte de Gonzalo sea otra. Quizás su fortuna sea que la única precaución que tiene que tomar cuando necesita comprar camarones para sus platos es cerciorarse de que no se los vendan congelados.

Agustín Genera


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