Opinión

Fantoche

Las estratégicas cámaras mostraban que algunos aplaudían, otros dudaban y ponían cara de qué sé yo o de yo no fui.

Domingo 02 de Diciembre de 2018

Las estratégicas cámaras mostraban que algunos aplaudían, otros dudaban y ponían cara de qué sé yo o de yo no fui. La obra de títeres exhibida en la plaza tenía su público. Ni mucho ni poco. Por curiosidad y porque era gratis. Los que se atrevieron llevaron algo para comer durante la función porque los precios del puesto de panchos y choripanes eran ajenos al bolsillo. La mayoría los observaba masticar cuando de vez en cuando descansaban la vista de la carpa hecha de lonas gastadas con vestigios de color amarillo. El personaje principal era un articulado Arlequín, popular personaje parecido al comodín de los juegos de cartas y al siniestro enemigo del hombre murciélago. Como en un truco con espejos, era manejado por un Fantoche, figurón y mamarracho de crecida nariz que hacía gestos como si hablara. Lo curioso era que de sus hombros y espalda también surgían hilos invisibles que lo movían como un objeto viviente a quien un ventrílocuo pone en su boca las palabras apropiadas, que a su vez son previamente aprobadas por un consejo de objetores y censores que sonreían dejando entrever blancos dientes globalizados. Hacia el final, nada de fuegos artificiales. Apenas una larga, interminable fila de fichas de dominó que al caer formaban atractivas formas en un falso silencio roto por el roce del simulado marfil. "Dios mío", dice un viejo de barba entrecana horadando el cielo con su súplica donde nubes de tono rosado prometen un rojo amanecer. Y procura recordar cuándo y dónde escuchó antes la frase final de la obrita en la que el Arlequín parecía extrañar a la bella colombina: "Síganme que no los voy a defraudar, aunque digan que soy aburrido". Una joven parejita pasa a su lado. Ella comenta que no hay que amargarse tanto, que como dijo Galeano, "si votar sirviera de algo, ya estaría prohibido". Y le explica que así es mejor. "Sin campañas no hay promesas. Y sin promesas no hay mentiras. Puede que así el resultado final sea el mismo o parecido, pero se sufre menos". En eso los rodean tipos con uniformes que parecen venidos de estrellas lejanas. Piden calma a la gente que observa con miedo y desconfianza y explican que se trata de pacientes escapados del manicomio. "La casa está en orden, aquí no pasó nada". El final estaba cantado. El viejo ya había leído algo sobre el arribo al país de una misión científica internacional. Sobresalía un especialista en psicocirugía que dudaba entre el uso del opio y la controvertida lobotomía. No pudo evitar sentir esa sensación de asco que nace en el cerebro por su cobardía. Y un explicable, intenso dolor de cabeza.

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