Opinión

Este fin de año no es tiempo de balances

Nada puede ser medido con la misma vara que en años anteriores. La pandemia de coronavirus impuso cambios muy profundos en grandes y pequeñas cosas. Las personas están más sensibles, angustiadas y vulnerables

Viernes 01 de Enero de 2021

Llegamos al final de este 2020. Un año en el que nuestra fragilidad y vulnerabilidad como seres humanos quedaron expuestas en su máxima potencia. Nos sentimos indefensos frente a un “enemigo invisible” al que aún no sabemos como "derrotar". Fue un año muy duro y de muchas pérdidas que nos atravesó a todos de diferentes maneras. La incertidumbre y la idea de la muerte nos acompañaron a cada paso. El 2020 nos interpeló en muchas cuestiones que las creíamos claras. Todo cambió, hasta los mínimos detalles, y con un asombro casi espeluznante tuvimos que adaptarnos a una nueva vida, sin saber que va a suceder. La pandemia, en muchos casos arrasó con nuestra subjetividad y nos quedamos casi sin proyectos ni futuro.

A pesar de este contexto, surge, en estos días la idea de hacer en mayor o menor medida un balance personal. Examinamos temas que quedaron pendientes y qué proyectos se renuevan para seguir adelante.

Se vislumbra en estas horas cierto apuro por concluir, cerrar como sea, situaciones, planes, que necesitan un tiempo de resolución que no es el tiempo cronológico. En función de tanta presión se realizan muchas promesas, planificaciones, que, a veces, no son genuinas, es decir, no están en relación con nuestro deseo sino que nos son impuestas desde el exterior.

La manera de vivir de las personas no tiene que estar regulada por el calendario. Éste momento es el menos oportuno para hacer un análisis sobre nuestro desempeño en el año. Esta época nos sensibiliza de manera especial, estamos más angustiados, aparecen las pérdidas personales más marcadas, se potencian los sentimientos: tristeza, melancolía, depresión. En esta situación que estamos transitando todas las emociones se agigantan y parecen ser incontrolables. Así, los profesionales, vemos sujetos en situación de pánico, ya que lo tan temido aparece como real. Otros, como mecanismo de defensa, niegan la realidad haciendo de cuenta que no existe lo que nos ha impactado.

Vivimos en la cultura de la inmediatez, el tiempo es sólo el presente y esto trae aparejados sentimientos de inquietud por el vértigo de lo cotidiano que se presenta tan cambiante. El tiempo ha virado en disruptivo, cambiamos nuestra percepción del sentido del tiempo.

Nuestro error es forzar el análisis de este contexto tan extraordinario e impensable con el mismo modelo de antes. Hay un cambio de paradigma, una nueva normalidad que no se puede comparar a la cotidianeidad a la que estábamos acostumbrados.

Si hoy pretendemos "negar" la pandemia y cuestionarnos qué nos faltó hacer y apostar a una renovación de metas imposibles de llevar a acabo en esta situación, vamos a tener una sensación inevitablemente de fracaso. Es fundamental, sobre todo, no desconocer este contexto en el estamos inmersos, no ser tan exigentes ni rígidos con nosotros mismos.

Los mandatos, tan pesados

En cuanto a los preparativos para las fiestas, que tienen una carga simbólica importante, se abren muchos interrogantes, especialmente familiares. Ciertas reuniones, rituales y repetición de costumbres que no nos dan ni bienestar ni alegría, se nos aparecen sin posibilidad de modificarlas.

Creo que hay tradiciones e ideales que vamos a tener que deconstruir simplemente porque el coronavirus nos impone ciertos cuidados y restricciones. Entonces, invito a plantearse escenarios posibles, en este momento tan cambiante. Disfrutar de lo que tenemos, que suele ser más de lo que advertimos.

¿Pero, qué hacer con los sentimientos, angustias, y sensaciones que parecen a fin de año? Un posibilidad sana, en relación a las emociones que se intensifican en esta etapa del año, es no taparlas ni negarlas sino tomarlas como lo que son: parte de nuestra persona. Esas emociones hablan de nosotros, de lo que nos ocurre subjetivamente.

Tal vez pudimos descubrir la importancia de las pequeñas cosas. Lo que tiene que ver con los afectos, el registro del otro que nos acompaña de manera virtual o presencial, pero que está, y sabemos que nos necesitamos. Poder recuperar nuestra capacidad de empatía, comprensión, compromiso emocional, estar más en sintonía con nuestros semejantes.

Es importante poder sacudirse tantos mandatos familiares y sociales, que nos influyen, a veces de manera fuerte, y que hacen que como sujetos quedemos confundidos y complicados, sin poder distinguir lo propio de lo ajeno. Poder diferenciar los deseos propios de los impuestos por el otro. Tomarse “el tiempo” para reflexionar sobre uno mismo, en un viaje interior para conocerse y pensar qué queremos, qué buscamos, qué sentimos. Poner en palabras lo que nos pasa. Al poder preguntarnos, interpelarnos, la respuesta se hace presente, aunque tarde en aparecer.

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