Opinión

España y Europa funcionan bien juntas

Contra el pesimismo. Pese a las ideas de Ortega y Gasset, la península le está dando al Viejo Continente una lección de civismo en épocas de crisis política y económica.

Lunes 29 de Octubre de 2018

Hace un siglo, el filósofo José Ortega y Gasset dijo que España era el problema y Europa, la solución. Esta frase condensa el pesimismo que ha caracterizado al país, pero también su enorme esfuerzo de modernización.


En el transcurso de una generación, España pasó de ser un país en dictadura a una democracia plena, se integró al continente y se ha mantenido al margen de las tentaciones autocráticas o aislacionistas que han resonado en electorados de otros países europeos, como Hungría, Polonia e incluso Alemania, Francia e Italia. España ha seguido una ruta que ha sido exitosa: la vía europeísta.

El primer paso fue el intenso desarrollo económico del último periodo del régimen de Franco; el siguiente fue la transición política a la democracia; posteriormente, la construcción del Estado del bienestar, y, finalmente, la entrada a la Unión Europea y el abrazo a los valores democráticos. Este recorrido del último medio siglo no ha sido sencillo, ha tenido episodios inesperados que habrían podido alejar a España de la Unión Europea: una grave crisis económica, el fin del bipartidismo tradicional y un precipitado cambio de gobierno por corrupción.

Entre 2009 y 2013, España sufrió un descalabro económico. El ajuste llevó a que el sistema financiero español pidiera un rescate de sus socios europeos, quienes expidieron una línea de liquidez de 100.000 millones de euros. Sin embargo, a una década de que la economía global estuviera al borde del colapso, España tuvo una tasa de crecimiento superior al 3 por ciento.

Pese a esa debacle —que dejó una de las mayores tasas de desempleo del mundo— el país vivió una madurez política y social extraordinaria. España es uno de los pocos países de Europa que ha logrado contener la erupción de partidos políticos populistas euroescépticos o con posturas nativistas; la reciente sobreexposición mediática de Vox, un partido ultranacionalista, no se ajusta a la intención de voto: apenas llegaría al 1,5 por ciento. En otras palabras, la resaca de la crisis económica no ha provocado monstruos políticos, sino una saludable evolución de su sistema bipartidista: el gobierno ya no es un consenso entre el conservador Partido Popular (PP) y el socialdemócrata Partido Socialista Obrero Español (Psoe).

Dos nuevos partidos, el izquierdista Podemos y el liberal Ciudadanos, irrumpieron en la escena política: fundados recientemente, hoy son la tercera y cuarta fuerza política en el Congreso de los Diputados. Ambos movimientos han canalizado parte de las reivindicaciones que se fraguaron en el caldo del movimiento de los indignados, movilización ciudadana que surgió en 2011 para pedir, entre otras cosas, el fin de la corrupción y una mayor consolidación democrática.

El juego político en España ya no se parece a un partido de tenis entre dos con alternancia periódica en el poder, sino a una competición entre más actores donde la negociación y las coaliciones deben ir abriéndose paso.

En contra de las voces de alarma, ni Podemos ni Ciudadanos se parecen a los movimientos populistas y autoritarios de Europa. Ninguno niega el pluralismo político que existe en España, condición necesaria —a decir del catedrático Jan-Werner Müller— para ser catalogados como populistas. Aunque Podemos ha defendido ideas sobre las que habría que tener reservas —como la nacionalización del sector eléctrico—, en la actualidad gobierna Madrid y Barcelona, donde se están llevando a cabo políticas más parecidas a una renovada socialdemocracia que a los delirios del socialismo del siglo XXI. Por su parte, Ciudadanos ha conseguido introducir con acierto el pensamiento liberal, a pesar de que ha llegado a recurrir a una retórica que resuena a nacionalismo centrípeto de otra época.

El 1º de junio, mientras se consolidaba este tablero político inédito, España experimentó su primer cambio de gobierno a través de una moción de censura. Lo que pudo haber sido un traslado de poderes atropellado —como sucedió después de la destitución de Dilma Rousseff en Brasil— fue un proceso que resultó de un debate político donde los mecanismos constitucionales funcionaron de manera impecable y, en menos de una semana, el gobierno de Rajoy dio paso a un gabinete socialdemócrata liderado por Pedro Sánchez.

El movimiento civil que surgió en España tras la tormenta económica de 2008 no solo sirvió de fermento para la renovación política, sino que también sentó las bases para la reivindicación de los derechos civiles. Las manifestaciones del Día de la Mujer para exigir una mayor igualdad de género fueron un referente en Europa y han desembocado en que, por ejemplo, el gabinete de Sánchez incluya a nueve mujeres.

Sin duda no todo el panorama es luminoso y la incipiente "primavera española" tiene riesgo de diluirse. La crisis económica generó una fractura social y laboral que ha hecho de España un país más desigual que la media europea y la tensión territorial sin precedentes entre Cataluña y el resto del país ha generalizado la sensación de que se trata de un conflicto irresoluble. Además, el gobierno conservador de Rajoy aprobó en 2015 una ley conocida como Ley Mordaza que restringe peligrosamente la libertad de expresión. Estos problemas podrían ser el escenario idóneo para que el lenguaje nativista empiece a borbotear en el país. Sin embargo, no ha pasado.

La ecuación europea de paz, el respeto a los derechos de las minorías y la consolidación de un Estado de bienestar sigue dando resultados en España, pero es necesario proteger el espíritu europeísta que le ha dado al país sus grandes conquistas recientes.

Para ello es esencial que España mantenga y consolide su pluralidad de partidos y que los nuevos líderes no caigan en la trampa del discurso aislacionista, que podría aportar votos, pero es radicalmente opuesto a los valores de integración y unidad con los que se creó la Unión Europea. La tensión independentista debe ser abordada con un diálogo más abierto.

España tiene una lista de retos de difícil solución pero, para una sociedad que lleva décadas reinventándose, es posible pensar que se podrán resolver. Para ello debe sacudirse el pesimismo de Ortega y Gasset. España, hasta ahora inmune del populismo aislacionista y aferrada a la idea de Europa, le ha mostrado a la UE que la integración es la mejor alternativa. Más que el problema, España se está convirtiendo en la solución de la Unión Europea, en donde —desde Alemania hasta Italia— han ganado tracción los cantos de sirena del euroescepticismo.


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