Viernes 23 de Abril de 2021
Los vendían por todas partes, en las marquerías, que pululaban aquí y allá, como hongos después de la tormenta en el campo, en las disquerías, en las pilcherías, que vendían jeans de marca de dudosa procedencia, igual que hoy en la Saladita y en los puestos callejeros que dejan sin espacio para caminar en calle San Luis y en San Martín al fondo también, y en las disquerías, que eran donde más vendían porque si eras joven y moderno, pelo largo, pantalones pata de elefante, camisa entallada, tenías que pasar sí o sí al menos una vez al día a revolver las bateas y, cuando aparecía la aguja en el pajar, ponerte los auriculares y escuchar el long play que tanto habías buscado y finalmente tenías en las manos.
Estaban en los cuartos de todos los adolescentes que soñaban con ser independientes, irse a vivir solos, hacer su camino lejos de la tutela de los padres, del Gran Hermano que en la casa familiar eran la madre, que todo lo veía, que todo lo sabía, y el padre, que al volver del trabajo, sin fuerzas para nada más que comer y dormir, se enteraba de todo lo que había pasado en su ausencia, lo malo, las travesuras, las rebeldías, difícilmente del 10 en la prueba de matemáticas, y tenía que aplicar correctivos, que eran severos, pero jamás crueles, porque era un buen hombre, un héroe de la clase trabajadora, y a esa hora no le quedaban energías más que para un par de gritos y un estridente “¡andá a tu habitación!”.
Eran láminas simples, impresas en papel satinado, una foto de un paisaje bucólico o de una pareja tomada de la mano, un atardecer en una playa o un bosque de pinos en los Alpes suizos, nunca en los Arrayanes, eran demasiado argentos, y sobreimpresa en una esmerada letra cursiva la frase que, a todas luces, era la llave de la felicidad: “Amar es nunca tener que pedir perdón”, con Ryan O’Neal y Ali MacGraw abrazados, jóvenes para siempre, como en la película, “Love Story”, o el otro clásico de aquellos tiempos, el otro “best-seller”, “Lo esencial es invisible a los ojos”, con el Principito, parado sobre un planeta que le quedaba chico, mirando al infinito y más allá, con cara de “qué hago yo acá”, más que de “vení que te canto la posta”, la acuarela original de Saint-Exupery, la de la primera edición de Salamandra, y no la de la película animada, que parece de plástico como el Bombero Loco y las hamburguesas de McDonalds.
Estaban pegadas a la pared con cinta Scotch y, de tanto en tanto, había que renovarla porque la humedad rosarigasina, acaso lo único de la ciudad que no cambia con los años, hacía que se despegaran y los pósters se cayeran inexorablemente atrás de la cama, como si no quisieran estar donde estaban, como si quisieran irse, rebeldes, como sus dueños. Convivían a duras penas, codeándose para hacerse espacio, con los otros, los desplegables del Gráfico, el Central campeón del 71, con Aldo Pedro, el Cai Aimar y Gramajo, que no era del famoso revuelto, pero podría haber sido, porque le metía cabeza y corazón a los partidos, y el del Newell´s de Marito Zanabria, el de la zurda milagrosa que batió a Biasutto en el viejo estadio de Arroyito. Todos tarde o temprano se venían abajo y había que ir a buscarlos ahí abajo, en esa boca de lobo, donde, cuando éramos chicos, se escondía el Viejo de la Bolsa, y la escoba de la Vieja pasaba cada muerte de obispo.
Hoy las leyendas son otras, claro, los tiempos cambian, las modas también. Nadie pega ya pósters con cinta scotch en las paredes, todo es más cuidado, minimalista, cuadritos en blanco y negro, fotos de New York o Londres, jamás el Monumento a la Bandera o el Obelisco, citas famosas, en tipografías cuidadas y, en riguroso inglés, “Good things take timee”, “Live, laugh, love”, “Live a life of adventure”, que vaya uno a saber qué quieren decir, pero quedan lindos. Como las letras de los Beatles, que se cantan a coro y de memoria y pocos saben a ciencia cierta de qué van, pero suenan lindas. Hay otras, claro, que también se venden bien y que, aún en castellano, también cuesta entender, no por lo que dicen, que es clarito, sino por cuándo y dónde lo dicen, por el contexto.
Para muestra basta un botón, repetía la abuela María, y estaba en lo cierto. Está colgado en una columna en una cafetería de moda del centro, fondo blanco, letras negras sin serif, elegantes, seductoras, y reproduce la definición de la Real Academia de la palabrita de moda, empatía: “f. Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. Es sensible, solidario, puro corazón, el problema es el contexto, está justo al lado de la caja, de la máquina infernal que cuenta las monedas, sí, monedas, no gruesos billetes, porque eso es lo que queda hoy en los bolsillos, con suerte, después de tomar un café en un bar del centro. ¿Con quién invita a identificarse el cartel, con el cajero, con el mozo que va y viene y no consigue una mísera propina, con el dueño del local, que después de cerrar hace la caja y se lleva la recaudación, también monedas, no gruesos billetes? ¿Qué sentimientos son los que hay que compartir? Difícil decirlo. Pero ahí está la graciosa empatía, para todos y para todas, en la boca del comentarista de fútbol, cuando critica al DT que cambia a su futbolista favorito, de la panelista del programa de chimentos, que se fastidia porque la estrellita de turno no sabe la tabla del dos, y del político que no se pone de acuerdo con él mismo y le echa la culpa al “fracaso de Estado” por los sufrimientos de la gente, como si él fuera un marciano que hubiera bajado ayer de un plato volador y se sorprende al ver de las desgracias cotidianas de Rosario, como si no fueran cosa suya. El ABC del psicópata, la culpa es siempre del otro. Empatía cero.