El virus que espera la oportunidad
Los que perpetraron los ataques vandálicos en sitios emblemáticos para Newell's y Central son delincuentes que deben ser castigados con todo el peso de la ley.

Miércoles 17 de Noviembre de 2021

Sin dudas los que perpetraron los ataques vandálicos en sitios emblemáticos para Newell’s y Central no pueden sino ser calificados como delincuentes que merecen ser castigados con todo el peso de la ley. Aún más grave lo ocurrido en la sede auriazul, porque corrió peligro una vida humana y de hecho sufrió en el cuerpo las consecuencias. Hay quienes se animaron a cruzar la raya, los que cortaron la cabeza del busto de Isaac Newell el domingo a la madrugada y los que arrojaron bombas incendiarias, pero hay un germen que los alimenta y que anida en la sociedad rosarina toda: ese virus nefasto que hace creer que el amor por los colores de una camiseta está por encima de todo, de las relaciones humanas, del respeto por el otro, de la convivencia. Está ahí, dispuesto a atacar la mente del más cuerdo, sabe esperar el momento de mayor apasionamiento e incita a traspasar los límites. Y hasta puede camuflarse en ese fanatismo para perseguir otros intereses. Hay quienes se preguntaron si no fue extraño el primer atentado, que empezó la saga.

La respuesta a esa pregunta indicaría pensar a quién o a quiénes les conviene el escándalo. Pero el virus está. Anida en muchas sociedades donde el fútbol es pasión popular y en ciudades sobre todo divididas por dos clubes. Rosario debe estar entre las top del mundo en ese sentido y por eso si a alguien se le debe pedir la máxima cordura, el máximo raciocinio, es a quienes conducen sus destinos. Y ese germen del que se habla, que puede vulnerar al más centrado, afloró en cierta medida el domingo mismo entre los responsables de las instituciones. Fue un llamado de atención, saldado por fortuna en el apretón de manos y las declaraciones de ayer de los presidentes. Porque si ahí se propagaba, el daño podía ser inconmensurable.

Es que en medio del dolor genuino por lo ocurrido en el Parque el domingo, el presidente Ignacio Astore se descargó contra el ministro de Seguridad de la provincia, Jorge Lagna, acusándolo de tener favoritismo por la institución vecina. Las posibles simpatías del funcionario por un club (que pueden ser legítimas por cierto, sea del que sea) no pueden ser causa del vandalismo contra el busto de Newell. Ni siquiera era oportuno reclamarle el mismo día el esclarecimiento. Entonces, sólo agregó leña al fuego. De la otra vereda, el club auriazul no debió dudar ni un minuto en emitir un comunicado oficial repudiando lo ocurrido. Valió mucho el tuit personal del vicepresidente Ricardo Carloni por la tarde de ese día. Pero un mensaje institucional más directo hubiera sido más contundente.

Lagna y el presidente leproso ya limaron esa aspereza de acuerdo a los dichos del ministro. El presidente auriazul Rodolfo Di Pollina y de nuevo Carloni volvieron a condenar la violencia de ambos lados y, aún en medio de la tristeza e indignación por lo ocurrido en la sede, ya hablaban de mandar un mensaje de paz antes del cónclave del miércoles por la tarde en Gobernación. Lo mismo Astore, que repudió lo ocurrido en las sedes canallas y el club condenó oficialmente el hecho desde temprano. Eso es lo que contó, lo demás era jugar con fuego. Por eso, más allá del mensaje equivocado inicial, dieron ahora el correcto: el de que Newell’s y Central son capaces en conjunto de aislar a los violentos, postura que deben abrazar (y seguro abrazan) las mayorías de los simpatizantes de uno y otro, respaldando a la dirigencia que la lleva adelante y que muchas veces está presionada por los insensatos. Esa es la vacuna de aplicación constante para anular este virus que cada tanto se hace notar y que si no se lo controla puede expandir rápidamente el odio. La convivencia, el cuidado por la ciudad que cobija a canallas y leprosos (y de otras expresiones, por supuesto) está por encima de cualquier camiseta. Esa construcción, difícil, llena de obstáculos, para valientes, es la que impone la hora. Dieron un primer paso enorme.