"Los peces muertos no son el inicio del problema. Son su evidencia"
06:30 hs - Jueves 26 de Febrero de 2026
La reciente mortandad masiva de peces en el río Carcarañá, ocurrida inmediatamente después de intensas precipitaciones en la región, no constituye un evento aislado ni un fenómeno inexplicable. Es la manifestación visible de un proceso bien conocido en ecotoxicología: el Pulso Tóxico post-lluvia, un mecanismo mediante el cual contaminantes acumulados en el territorio son movilizados súbitamente hacia los sistemas acuáticos.
La cuenca media del rio Carcarañá drena una extensa llanura agrícola dominada por cultivos extensivos de soja, maíz y trigo, sostenidos por el uso intensivo y sistemático de herbicidas, insecticidas, fungicidas y fertilizantes. En este tramo, el río recibe el aporte directo y difuso de escorrentías provenientes de cientos de miles de hectáreas de producción intensiva, así como descargas de origen urbano y agroindustrial vinculadas a localidades como Cruz Alta, Arteaga, San José de la Esquina, Casilda y Carcarañá, entre otras. Esta región forma parte del núcleo central del sistema agroexportador argentino y se caracteriza por una alta densidad de canales de drenaje, caminos rurales y cursos tributarios menores que actúan como vectores de transporte de contaminantes hacia el cauce principal.
En términos espaciales, la cuenca media abarca aproximadamente entre 0,9 y 1,3 millones de hectáreas, y cumple un rol crítico como corredor de transferencia de agua, sedimentos, nutrientes y contaminantes desde las áreas agrícolas hacia los tramos inferiores del sistema. Como resultado, el río en este sector funciona como un verdadero integrador ambiental, donde convergen los aportes acumulados de toda la cuenca superior. En este contexto, las mortandades de peces observada en San José de la Esquina y Casilda no deben interpretarse como un fenómeno aislado o estrictamente local, sino como la manifestación visible de procesos que operan a escala de cuenca, incluyendo pulsos de contaminación difusa, aportes orgánicos y químicos asociados a escorrentías pluviales, y descargas provenientes del entramado urbano-industrial regional. No se trata de un fenómeno aleatorio, sino de la consecuencia directa del funcionamiento hidrológico de sistemas sometidos a presión ambiental y un mal manejo crónico.
La presencia de espuma persistente observada en el río constituye una señal inequívoca de alteración ambiental. Estas formaciones se originan por la presencia de compuestos que modifican la tensión superficial del agua, incluyendo, entre otros, materia orgánica, detergentes, surfactantes provenientes de agroquímicos, efluentes industriales o cloacales, etc.
En condiciones naturales, estas espumas son escasas y transitorias. Su persistencia y extensión indican cambios en la composición química del agua y constituyen un indicador de ingreso reciente de contaminantes.
Desde el punto de vista fisiológico, la muerte masiva de los peces ocurre por hipoxia, es decir, por la disminución del oxígeno disuelto en el agua. Sin embargo, esta disminución no es un evento espontáneo. Es la consecuencia del ingreso masivo de materia orgánica y contaminantes, que estimulan la actividad bacteriana y consumen rápidamente el oxígeno disponible.
Desconocer el proceso
Explicar estos episodios únicamente como resultado de la falta de oxígeno implica describir el mecanismo final sin considerar el proceso que lo provoca. El Pulso Tóxico constituye la causa ambiental subyacente, mientras que la hipoxia es su consecuencia fisiológica.
Atribuir la mortandad únicamente a la falta de oxígeno es equivalente a lo que ocurre en muchas actas de defunción humanas, donde la causa consignada es “paro cardiorrespiratorio”. Esta afirmación es fisiológicamente correcta, pero no explica el origen real del problema. El paro cardiorrespiratorio es el mecanismo final de la muerte, pero la causa subyacente puede ser, por ejemplo, una intoxicación, una enfermedad producida por una exposición ambiental crónica, etc.
Investigaciones realizadas en cuencas productivas similares de Santa Fe en el rio Salado, han demostrado que estos pulsos transportan mezclas complejas de plaguicidas capaces de provocar mortalidad, daño genético y alteraciones fisiológicas en organismos acuáticos. En peces del río Salado se detectaron residuos múltiples de plaguicidas en tejidos, alguna de ellas, por ejemplo, de glifosato, como las más altas reportadas en el mundo, confirmando que estos sistemas funcionan como receptores e integradores de contaminantes derivados de la actividad agroindustrial.
Los peces muertos representan la manifestación más evidente de una alteración ambiental. Pero los peces que sobreviven también pueden haber estado expuestos a contaminantes e incorporarlos en sus tejidos mediante procesos de bioacumulación. Esto implica que el impacto del Pulso Tóxico no termina cuando desaparecen los signos visibles de mortalidad.
No hay aún análisis publicados del Carcarañá. Pero esperar a tenerlos no es una estrategia preventiva; es tardía. Esta afirmación refleja una realidad fundamental de la gestión ambiental: los análisis permiten confirmar el problema, pero no previenen la exposición inicial. Cuando los resultados están disponibles, el proceso ya ocurrió. Estos contaminantes pueden persistir en los tejidos mediante procesos de bioacumulación y representar un riesgo potencial para la salud. En estudios realizados en sistemas fluviales comparables como la cuenca baja del rio Salado en Santa Fe, los análisis de los índices de riesgo alimentario muestran que el consumo de estos peces contaminados podía superar los umbrales considerados seguros, particularmente en poblaciones ribereñas que dependen del pescado como parte frecuente de su dieta.
La lluvia no mata peces por sí sola. Actúa como el detonante que moviliza contaminantes previamente acumulados en suelos, sedimentos y redes de drenaje. El Pulso Tóxico constituye el mecanismo que conecta el territorio con el río, y explica por qué estos eventos ocurren en forma súbita, especialmente después de precipitaciones intensas.
Comprender este proceso es fundamental para interpretar correctamente lo ocurrido. No se trata de un evento natural inevitable ni de una anomalía aislada, sino de una consecuencia previsible del funcionamiento de sistemas sometidos a presión ambiental sostenida. La lluvia no es la causa del problema, sino el factor que lo vuelve evidente. Por ello, estos episodios deben ser entendidos no como hechos excepcionales, sino como señales claras del estado ambiental de la cuenca y de las condiciones que continúan operando en el territorio.
Los análisis puntuales de agua y de peces muertos o moribundos, realizados en estos casos inevitablemente días después del evento, tienen un valor explicativo limitado para comprender un fenómeno ambiental de esta complejidad. Los Pulsos Tóxicos asociados a lluvias intensas son procesos transitorios, en los que las concentraciones más elevadas de contaminantes pueden ocurrir durante pocas horas y luego diluirse o transformarse rápidamente, dejando escasa evidencia detectable en muestreos tardíos. Por ello, estos análisis pueden confirmar que hubo exposición, pero difícilmente permiten explicar el proceso que la provocó. De todos modos, en este contexto, resulta imprescindible la publicación completa y transparente de los datos, incluyendo las metodologías empleadas, los límites de detección, el listado de analitos evaluados, los tiempos de muestreo y los resultados obtenidos. Esto no constituye un detalle técnico menor, sino una condición esencial para garantizar una evaluación científica independiente y el derecho de acceso a la información ambiental consagrado en el Acuerdo de Escazú, permitiendo comprender con rigor qué ocurrió realmente en el sistema.
El verdadero desafío no es únicamente explicar por qué ocurrió este episodio, sino reconocer por qué las condiciones que lo hacen posible siguen existiendo.